lunes, 10 de septiembre de 2012

José A. García: Ventanas que dan a Dios. Por Antonio Guillén

García, José A.: Ventanas que dan a Dios. Experiencia humana y experiencia espiritual. Sal Terrae, Santander, 2011. Colección «El Pozo de Siquem» 279. 269 págs. Comentario realizado por Antonio Guillén. 


Antonio Guillén es, a juicio de los que le conocen bien, y por este orden, buena persona, jesuita y valenciano. Teólogo y economista, actualmente es el Instructor de Tercera Probación ("segundo noviciado") de la Compañía de Jesús en España, y gran especialista en los Ejercicios Espirituales de san Ignacio. Desde aquí nuestro agradecimiento por su magnífica colaboración en este blog. (Nota del administrador.)


“¿Dónde está Dios?”, se preguntaban los antiguos, casi desde el inicio de su primera reflexión. “¿Dónde está Dios?”, se pregunta el hombre moderno, mucho más cansado que aquel de las preguntas de sentido, pero igualmente necesitado de respondérselas para poder ser feliz. ¿Cómo descubrir a Dios en medio de una realidad, a veces tan absurda y desapacible? ¿Cómo encontrarlo en el tiempo tan limitado de vida que a cada uno nos es dado? La pregunta no desaparece en ninguna cultura, a lo largo de los siglos, ni dejar de hacérsela aporta el más mínimo sentido a una existencia humana vivida con honestidad. ¿Dónde está, cómo está y cómo encontrar al que fundamenta el sentido de nuestras débiles existencias?

La historia de la espiritualidad humana conserva multitud de respuestas a esta inquietud. Pero no raras veces, el desgaste de las formulaciones antiguas y la consiguiente carga ideológica que aquellas entonces adquieren, hacen necesario que cada cultura, con sus planteamientos propios y con un nuevo lenguaje, aporte respuestas mejor formuladas a la misma cuestión. Esa tarea de formulación en la cultura actual, orada y pensada, es la que podemos y deseamos recibir de los maestros del espíritu.

Una de esas respuestas oradas constituye este libro. Su autor, José A. García –Toño–, jesuita, es uno de tales maestros y uno de los teólogos más creativos que tenemos hoy en España. El sustrato de su reflexión es la espiritualidad ignaciana (“en la que he vivido desde siempre y a la que le debo lo mejor y más querido de mi vida”, como afirma en el prólogo). A nadie le puede extrañar, por eso, que en cada uno de los capítulos de este libro se vislumbre con nitidez algún momento del proceso de los Ejercicios ignacianos.

¿Cómo perforar la realidad que nos rodea, hasta encontrar dentro de ella la Presencia real de Dios? ¿Cuál puede ser la lente especial para percibirla, más allá de la mirada plana que no supone accesible esa Presencia? Como san Ignacio, también Toño pone en el centro de la vida de fe la admiración y el agradecimiento. Porque la mirada que es capaz de verlo todo como un don consigue romper los cerrojos aprisionantes del Yo y se abre así a una sensibilidad nueva. Toda experiencia humana se hace entonces espiritual.

El autor, Toño García.
“Las experiencias humanas, todas ellas, pueden ser ventanas que dan a Dios”, es la síntesis de este libro. Porque se le puede ver a Él en nuestro compromiso humano, cuando este se vive inseparable del canto a Dios y evita así que la entrega a los demás se vuelva hosca o despiadada. Se le puede ver en la aparición de los grandes deseos que movilizan el corazón, y deja intuir en ellos los “sueños de día” con que nos sueña Dios. Se le puede ver incluso en el pecado, cuando la obsesión por la culpa no acalla ni hace opaca la incondicionalidad del que nos está salvando. Se le puede ver en el éxito y en el fracaso, porque ninguno de los dos son “nombres de Dios”, sino solo acontecimientos de la vida en los que podemos ganar, igualmente y sobre todo, humanidad. Se le puede ver hasta en el sufrimiento y en el dolor del mundo, porque Dios no ha creado el mal (este ha nacido ya dentro de la creación), pero, en cambio, sí nos enseña a vencerlo.       
 
El autor, como san Ignacio, encarece el uso ordenado de la memoria. Es decir, la conservación fiel de los recuerdos de lo bueno recibido (más allá de las experiencias negativas de la vida), para hacerlo fundamento de la síntesis confiada del creyente: “¡Pase lo que pase, que me pase contigo, Señor!” No por casualidad, “traer la memoria” es, en san Ignacio, el comienzo fundante y obligado de toda oración.

Estamos ante un gran libro, muy recomendable para todos. Es cierto que algunos desarrollos del mismo deben ser leídos sin prisas y detenidamente. Sus páginas parecen más adecuadas para una relectura con hambre que para ser leídas de una sola vez. No es un libro que hable de superficialidades o de trivialidades, sino de experiencias humanas hondas. De un modo complementario, el autor ofrece también, en un epílogo, la síntesis de vida espiritual de tres autores modernos, específicamente ignacianos: Teilhard, Rahner y von Balthasar. Ello hace al conjunto más iluminador todavía.


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