lunes, 3 de junio de 2013

Andrés Torres Queiruga: ¿Qué queremos decir cuando decimos "infierno"? Por Javier Sánchez

Torres Queiruga, Andrés: ¿Qué queremos decir cuando decimos "infierno"? Sal Terrae, Santander, 1995. Colección "Alcance" 48. 106 páginas. Comentario realizado por Javier Sánchez.

No hay un solo curso en el que alguno de mis alumnos no me pregunte por el infierno. Veo que suscita interés y curiosidad. También algo de miedo. "¿Es verdad que si morimos en pecado nos vamos al infierno para siempre"? Bonita pregunta. Si esta cuestión se la planteáramos a una docena de católicos creyentes y "practicantes", nos quedaríamos sorprendidos por la variedad de sus respuestas. Nos encontraríamos con los que dirían que el infierno está aquí en la tierra y no en el más allá. Otros afirmarían que es posible que exista, pero que nadie tiene la certeza de que haya alguien allí. Por último, habría quienes dirían que, por supuesto, existe y está lleno de gente para toda la eternidad.
Otra pregunta curiosa sería la siguiente: "¿Cómo se imagina usted el infierno?". Aquí tendríamos respuestas para todos los gustos. Desde las calderas de Pepe Botero, con mucho olor a azufre, hasta una especie de fiestuqui a tope con todas las actrices, cantantes y mujeres de vida ligera y moral distraída, etc. De verdad, hay gente que se imagina el infierno más divertido que el cielo (al cielo van las beatas meapilas, todas serias y de negro, mientras que al infierno...). Al final, todos hechos un lío.
Para aclarar este tema, hoy os quiero presentar un libro corto (106 páginas) escrito hace ya algunos años por uno de los teólogos españoles más importantes e influyentes en la cultura religiosa de los últimos treinta años: Andrés Torres Queiruga. Pienso que es tan importante que no necesita presentación. Por si acaso, os hago una pequeña semblanza.
Andrés Torres Queiruga (Aguiño - Ribeira - A Coruña, 1940) es doctor en Filosofía y Teología, y profesor de Filosofía de la Religión en la Universidad de Santiago. Es miembro de la Real Academia Gallega desde 1980, miembro del Consejo de la Cultura Gallega, director de "Encrucillada", "Revista Galega de Pensamento Cristián" y miembro de los consejos de redacción de varias revistas más. Consiguió el Premio de la Crítica de Ensayo en 1977 y 1985, el Premio de Investigación Losada Diéguez en 1996 y el Premio Trasalba (Otero Pedrayo) en el año 2003. Además, fue nombrado “gallego egregio” en 1994. Autor prolífico (en Dialnet aparecen más de 60 obras), entre las más importantes podemos destacar: Recuperar la salvación (Sal Terrae, 1995), La revelación de Dios en la realización del hombre  (Cristiandad, 1987), Repensar la Cristología. Ensayos hacia un nuevo paradigma (Verbo Divino, 1996), Recuperar la creación. Por una religión humanizadora (Sal Terrae, 1997), El problema de Dios en la Modernidad (Verbo Divino, 1998), Repensar la resurrección. La diferencia cristiana en la continuidad de las religiones y la cultura (Trotta, 2003).

En la introducción a ¿Qué queremos decir cuando decimos "infierno"?, Torres Queiruga afirma que del infierno se habla poco. "Afortunadamente, pues bastantes estragos ha hecho. Apeló al miedo, casi siempre con buena intención, desde luego; pero la misma sabiduría popular sabe, hace ya mucho tiempo, que, en el terreno íntimo, el miedo es mal consejero. Y, por lo que toca a la eficacia pública, la historia ha demostrado inapelablemente que la pastoral del miedo conduce al fracaso seguro".
Sin embargo, callar sin más tampoco es muy sano. De hecho, no es bueno para la teología afrontar un tema incómodo mediante el recurso al simple silencio. Porque el silencio suele llenarse con lo que sea, que suele ser con frecuencia lo peor. Por este motivo, Queiruga comienza su obra planteándose unas cuestiones de método, es decir, centrándose en las afirmaciones en las que nuestros "antepasados en la fe" han ido plasmando sus tanteos y conclusiones. El tema central es la revelación en su significado profundo. No obstante, no entra en discusiones técnicas de sentido de palabras o expresiones (lo deja para otra ocasión, aunque reconoce su importancia).
El resto del librito se divide en tres partes:
1.- Lo intolerable en el tratamiento del infierno. No se puede hablar del infierno como castigo por parte de Dios ni, menos aún, como venganza. No existe ninguna predestinación al infierno. En este sentido, es importante no dejarse llevar por la lógica de los "fantasmas de la imaginación". Dios solo quiere que los hombres se salven.
2.- Lo que de verdad sabemos. El infierno es la no-salvación, es negatividad. El infierno es lo que Dios no quiere, lo que nunca debería ser, lo que desde la libertad humana frustra sus planes de salvación para todos y cada uno de los hombres. El infierno es la culminación del mal, y está contra Dios en la misma y precisa medida en que está contra el hombre. El origen del infierno, como consecuencia, no está en Dios sino en la impotencia y/o en la malicia de los hombres, en su condición de ser libres.
3.- Lo que cabe conjeturar. El infierno como "auto-condena". El infierno como "muerte definitiva". El infierno como "condenación" de lo malo que hay en cada uno.

"Estamos en el terreno de la conjetura, dice el autor (pág. 106). Hablamos de lo que, por definición, sobrepasa nuestra capacidad de certeza y que, por tanto, solo nos es lícito proponer con la modestia de una propuesta de diálogo. La seguridad está únicamente en lo fundamental, en lo que verdaderamente importa: que Dios es amor y que solo quiere y busca por todos los medios nuestra salvación; que lo hace en el respeto, exquisito y absoluto, a nuestra libertad, la cual, sí, puede resistirse a su salvación; que solo de esa resistencia procede la no-salvación o «infierno»; que, sea este lo que sea y consista en lo que consista, tiene siempre algo de terrible e irreparable para nosotros, pero que nunca es un castigo de Dios, sino, ante todo, un dolor y una «tragedia» para Él.
A partir de ahí, todo es conjetura que únicamente puede aspirar a la legitimidad en la medida en que trate de aclarar la seguridad de fondo; de tal manera que, por un lado, deje patente del mejor modo posible el amor incondicional de Dios y, por otro, preserve la frágil pero irrenunciable dignidad de la libertad humana".

Efectivamente, en el delicado asunto de las "postrimerías" conviene andar de puntillas. Hay seguridad de pocas cosas. Por tanto, caben las conjeturas. Fue Teresa de Lisieux la que dijo: "Creo en el infierno, pero pienso que está vacío". Esto mismo afirmó Juan Pablo II en las catequesis de las audiencias de los miércoles: "La Iglesia no puede negar la existencia del infierno, pero tampoco puede afirmar que en él haya ni una sola alma". Estando así las cosas, quedémonos más tranquilos. Lo que mueve a Dios es el amor, no la venganza. Me conmueven los actos de contricción, pero horrorizan los actos de atricción (arrepentirse de algo por miedo al infierno). En este sentido, recuerdo una oración que escuchaba de niño y que, alguna vez, la sigo escuchando hoy día. Era aquella de "Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero... también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno...". Ahora se me ponen los pelos de punta. Y si a esto añadimos todo el imaginario artístico sobre el infierno (pintura, escultura, literatura...) que ha habido a lo largo de la historia, el resultado es horrible. En fin, menos mal que creemos en un Dios que es amor. Y menos mal que este Dios nos ha concedido el mayor don que tenemos: la libertad. Espero que la lectura de este libro te ayude a aclarar y a purificar conceptos, y a caminar con una nueva luz por el camino de la vida.



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