lunes, 30 de junio de 2014

Elie Wiesel: La noche, el alba, el día - Texto

Os quiero presentar un texto muy significativo para mí que me ayuda a entender uno de los problemas fundamentales a los que tiene que enfrentarse el ser humano en su día a día: el sufrimiento. Curso tras curso, este tema sale reiteradas veces en mis clases como un problema al que los alumnos no encuentran solución. Si Dios existe, ¿por qué tolera el sufrimiento? ¿Por qué no nos lo evita? Incluso hay quien habla del absurdo del sufrimiento, del mal en el mundo... y lo utiliza como argumento para concluir que Dios no existe. Yo no pretendo solucionarles el conflicto (el cual, por otra parte, reconozco que me supera muchas veces en lo concreto), simplemente les acompaño en la búsqueda de un sentido último.

"Un día, al volver del trabajo, vimos tres horcas levantadas en el recinto de llamada, tres cuervos negros. Llamada. Los SS, a nuestro alrededor, con las metralletas apuntándonos: la ceremonia tradicional. Tres condenados encadenados y, entre ellos, un pequeño, el ángel de ojos tristes. 
Los SS parecían más preocupados, más inquietos que de costumbre. Colgar a un chaval delante de miles de espectadores no era un asunto sin importancia. El jefe del campo leyó el veredicto. Todas las miradas estaban puestas en el niño. Estaba lívido, casi tranquilo, mordisqueándose los labios. La sombra de la horca le recubría.
El jefe del campo se negó en esta ocasión a hacer de verdugo. Le sustituyeron tres SS.
Los tres condenados subieron a la vez a sus sillas. Los tres cuellos fueron introducidos al mismo tiempo en los nudos corredizos.
- ¡Viva la libertad! -gritaron los adultos, mientras el niño permaneció callado.
- ¿Dónde está el buen Dios?, ¿dónde? -preguntó alguien detrás de mí.
A una señal del jefe del campo, las tres sillas cayeron.
Un silencio absoluto descendió sobre todo el campo. El sol se ponía en el horizonte.
- ¡Descubríos! -rugió el jefe del campo. Su voz sonó ronca.
Nosotros llorábamos.
- ¡Cubríos!
Después comenzó el desfile. Los dos adultos habían dejado de vivir. Su lengua pendía, hinchada, azulada. Pero la tercera cuerda no estaba inmóvil; de tan ligero que era, el niño seguía vivo...
Permaneció así más de media hora, luchando entre la vida y la muerte, agonizando bajo nuestra mirada. Y tuvimos que mirarle a la cara. Cuando pasé frente a él, seguía todavía vivo. Su lengua seguía roja, y su mirada no se había extinguido.
Escuché al mismo hombre detrás de mí.
- ¿Dónde está Dios?
Y en mi interior escuché una voz que respondía:
-¿Dónde está? Pues aquí, aquí colgado, en esta horca...".

(Elie Wiesel: La noche, el alba, el día. Muchnik Editores, Madrid, 1986, pp. 69-70)


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