miércoles, 8 de abril de 2015

Michel Houellebecq: Soumission. Por Raúl González Fabre

Houellebecq, Michel: Soumission. Flammarion, París, 2015. 300 páginas. Comentario realizado por Raúl González Fabre.


Excepcionalmente comentaremos aquí un libro en lengua francesa, aparecido el 7 de enero pasado, esto es, exactamente el mismo día del salvaje atentado contra la sede de Charlie Hebdo. Hay una relación directa: la portada de Charlie Hebdo de esa semana era un dibujo sobre Houellebecq, y no hace mucho que Bernard Maris, una de las personas asesinadas en la redacción del semanario, publicó un libro titulado Houellebecq économiste (Flammarion, 2014). Después del atentado, Houellebecq abandonó sus compromisos editoriales en torno a Soumission, y prudentemente desapareció de la vista. 

Michel Houellebecq es uno de los escritores franceses del momento. Obtuvo el premio Goncourt en 2010 por La carte et le territoire (El mapa y el territorio, en Anagrama). En general sus novelas son seguidas atentamente, con tiradas iniciales de más de 100.000 ejemplares. Aquí no haremos ninguna forma de crítica literaria de Soumission, lo que requiriría una maestría considerable del idioma galo, sino que nos limitaremos a su contenido. A un lector perfectamente estándar del francés, sin embargo, le parecerá una novela clara, ágil e interesante, muy fácil de leer.

La novela de Houellebecq se desarrolla en dos planos que se complican de golpe en la vida del protagonista, bien que a su pesar. Por una parte, la existencia privada de un profesor universitario de Literatura, relativamente joven (44 años cumple en la novela) y que sin embargo siente que ha dejado atrás sus modestas cumbres en todos los aspectos: el profesional, el amoroso, el familiar... Lo que tiene por delante es la tranquila decadencia de un funcionario, soltero, profesor ya asentado en Paris III, con pocas clases, sin ningún proyecto intelectual que le emocione verdaderamente, y solo con la referencia del autor sobre el que escribió su tesis de doctorado, Joris-Karl Huysmans. Huysmans se convirtió al catolicismo en 1892, precisamente a los 44 años de edad; pero nuestro protagonista, un francés de 2022, no puede ya convertirse ni creer. Como tantos franceses de narración, no sólo ve decaer su vida sino que está tocado profundamente por el nihilismo de su cultura. Sin embargo, no se trata de un cínico, un narcisista o un estúpido: las personas concretas le importan no menos que él mismo (lo que quizás no sea mucho), y observa con gran lucidez los eventos que ocurren alrededor suyo. 

Por esos derroteros transcurre el plano personal de la novela, una introspección despiadada que vale la pena en sí. Y entonces irrumpe la política en la vida del protagonista: un partido musulmán (relativamente) moderado, la Fraternité Musulmane, pasa a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas, para competir con la candidata del Front National. Los socialistas y el centro-derecha de la UMP le dan su apoyo, a cambio de posiciones ministeriales en la política y la economía, y la Fraternité gana finalmente las elecciones en un clima de pre-guerra civil silenciado por los medios. 

La clave de la novela no es sin embargo ni personal ni política. Es cultural. Desde el punto de vista político, Houellebecq ha sostenido en diversas entrevistas que un partido político musulmán en Francia le parece inevitable, dado que los musulmanes son muy conservadores en materia familiar, lo que les impide ser recibidos en la izquierda o el centro republicanos, mientras que la derecha, donde tendrían quizás un habitáculo político más natural, los rechaza por extraños a las tradiciones francesas. 

El núcleo de la novela se encuentra en ese carácter cultural diferente que no se asimila a la Francia republicana, y si embargo demuestra su vitalidad teniendo y criando hijos. La Fraternité puede ceder ministerios de economía al PSF y la UMP porque no le importan realmente; lo esencial es la cultura y la educación. Y precisamente por eso, los partidos del sistema dejan a su vez a la Fraternité unos aspectos de la vida social sobre los que ya no tienen mucho que proponer. No sólo el protagonista de la novela no cree; es toda la Francia del bipartidismo, situada entre un Front National que quiere abandonar la Unión Europea (vencedor de las elecciones continentales de 2014 allí, no lo olvidemos) y la ficticia Fraternité, que se propone cambiar el país desde su misma cultura. Los franceses deben entonces, en la novela, elegir entre dos antisistema, mientras los partidos del sistema piensan que si siguen manejando la economía, siguen manejándolo todo. Por eso precisamente apoyan a la Fraternité y no al Front National: cortos de proyecto cultural, no pueden ver que la Fraternité emprenderá una transformación social mucho más profunda. 

Michel Houellebecq
Un pasaje memorable de la novela es la primera conversación del protagonista con Myriam, una joven judía que ha sido su alumna y su amante tiempo atrás. A partir de observaciones personales, Myriam le pregunta si está proponiendo el regreso al patriarcado. Él responde: «Yo no estoy a favor de nada, lo sabes, pero el patriarcado tiene el mínimo mérito de existir, quiero decir que en tanto sistema social perseveraba en su ser, había familias con niños que reproducían más o menos el mismo esquema; si no hay más niños, esto está acabado». Responde Myriam: «supongamos que tengas razón sobre el patriarcado, que sea la única fórmula viable. Ello no obsta para que yo haya hecho estudios, me haya habituado a considerarme como una persona individual, dotada de una capacidad de reflexión y decisión iguales a las del hombre. Entonces, ¿qué hacemos conmigo ahora?, ¿desecharme?». Y termina el protagonista pensando: «La respuesta sería probablemente “Sí”, pero me callé; a fin de cuentas, quizás no soy tan honesto como para decir eso». 

Houellebecq es considerado un enfant terrible de las letras francesas. Sin embargo, tiene una virtud grande que se pone de manifiesto en esta novela: incluso si uno no está de acuerdo con unas u otras soluciones (o con la falta de ellas, que también baraja); incluso si uno no considera probables tales o cuales devenires; sin duda apunta directamente a los problemas. El de la natalidad es uno; el de la carrera universitaria otro; el de la participación política de quienes no comparten las bases constitucionales vigentes, un tercero; el de las dificultades de integración cultural de las poblaciones musulmanas en Europa, otro; y así hay más en su novela. Muy diferente a los amigos del lenguaje políticamente correcto que prefieren silenciar las inviabilidades y hacer como si nada pasase, en el intento vano de que nada pase aunque las estructuras sociales se oigan crujir. 

Por cierto que no puede decirse que Houellebecq hable en esta novela solo de Francia y que los temas que toca, mutatis mutandis, no sean también nuestros temas.


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