viernes, 15 de mayo de 2015

Francis Spufford: Impenitente. Por José Fernando Juan Santos

Spufford, Francis: Impenitente. Una defensa emocional de la fe. Turner Noema, Madrid, 2014. 215 páginas. Traducción de Catalina Martínez Muñoz. Comentario realizado por José Fernando Juan Santos.


Esta pequeña apología sorprende a cualquier lector. El título es reflejo fiel de lo que encontrará quien se acerque a sus páginas: el intento de pensar la fe y hacerla comprensible dejándose llevar y conducir por la emoción ante las grandes cuestiones a las que se enfrenta un cristiano en su día a día; el afecto es el motor de la libertad de su exposición, capítulo a capítulo, y lo que hace que no se detenga en las respuestas ya elaboradas que otros han formulado.

Desde el primer capítulo, Spufford conecta rápidamente con el lector haciendo ver la rareza de ser cristiano en estos tiempos, en los que los modernos de Chesterton se han hecho con el control ideológico de la sociedad. Pero no se frena aquí, donde otros quizá se refugian en su interior o en la comunidad, sino que emprende, más allá de todo esto, un fuerte diálogo con ellos. El capítulo segundo le sirve para inciar ese camino, a partir de la experiencia del deseo de perfección que todos esperamos y de las grietas de nuestro mundo, lo que él llama propensión humana a cagar las cosas (PHaC), concepto que será fundamental en toda la obra. Nos hace descender así a la propia fragilidad, para hablar de culpabilidad a las claras. Una emoción que cualquiera puede vivir en propia carne y a la que tiene que dar una respuesta.

En los dos capítulos siguientes, donde se nota más incluso la fuerza de la emoción, se pregunta abiertamente por la cuestión de Dios y del mal del mundo. Se pueden ver en íntima relación el uno y el otro. Nos habla, con su lenguaje sencillo y directo, de la búsqueda de Dios y de cómo es esa relación, sin muchas fantasías espirituales, partiendo de lo concreto, de lo vivible por cualquiera en la iglesia. Y en el siguiente capítulo vuelve sobre el mundo, herido por el mal y, por tanto, cruel para interrogarnos sobre cómo es posible compaginar la afirmación de un Dios bueno frente a un mundo malo e injusto. ¿Los cristianos se han detenido a responder a este problema o se escabullen y protegen con fórmulas que no dicen nada? 

El capítulo quinto es una aproximación cristológica, plagada de referencias evangélicas sin citar, actualizando el mensaje del Reino. Pretende hablar de aquel que lo percibe todo y en todo momento desde la ternura frustrada del creador. Entrelaza así de forma ordenada hechos y palabras, para redescubrir al lector la imagen y sorprendente novedad de aquel hombre, llamado Cristo, desde su nacimiento hasta el anuncio de la resurrección. Y una y otra vez, dialogando con nuestro mundo, parece invitarnos a que nos cuestionemos con qué nos hemos quedado de todo aquello que se vivió, se dijo, se anunció, se regaló. Pregunta que aborda en el siguiente capítulo, titulado «Etcétera». Porque la interpretación que se ha hecho del hombre Jesús ha cambiado la historia. ¿Se trata de una mera añadidura y exaltación posterior? ¿Qué nos lleva a decir que es Hijo de Dios, que es Dios encarnado, verdaderamente Dios y verdaderamente hombre?

Para quien haya comprendido la lógica del libro, a estas alturas toca hablar efectivamente de la iglesia. Y a eso va dedicado el siguiente capítulo, bajo un título de lo más evocador: «La liga de los culpables». Se enfrenta entonces la visión que todos conocemos, a la visión nacida de lo peor de su historia, de los escándalos en los que se ve involucrada. Una historia marcada por la misma PHaC que se hace presente en toda la humanidad, y que sin embargo aporta aquello que puede, de algún modo, vencerla y no permitir que nos quedemos en ella: la vivencia de la culpa, la reconciliación, la segunda, tercera o cuarta oportunidad. La iglesia, en su visión tan particular y directa, encarna algo indestructible, «hace cuerpo» la vida, la esperanza, la libertad, la mirada tierna y amorosa de unos con otros, los mejores sentimientos y emociones en el seno de la humanidad, la sorpresa del perdón.

Francis Spufford
Y queda, después de todo este recorrido, un capítulo reservado a «Conclusiones», una vida nacida del recorrido que hemos hecho leyendo el libro y que F. Spufford inaugura de forma personal, hablando de su propia experiencia y de la emoción de sentirse perdonado: una vida de compromiso con lo imposible, que revela al hombre aquello tan grande de lo que es capaz.

A modo de conclusión diría que este libro supone una gran aportación espiritual y nos descubre las raíces del cristianismo en los tiempos modernos. Ciertamente las emociones están presentes durante todo el libro, las que cualquier cristiano vive en su día a día. Ciertamente son, además, el vehículo en el que no se frena el diálogo, sino que se intensifica la búsqueda de modos y caminos, con un lenguaje atractivo, con momentos que van directos a la esencia.


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