miércoles, 26 de agosto de 2015

Vicente Cárcel Ortí: La II República y la Guerra Civil en el Archivo Secreto Vaticano. Por Rafael Sanz de Diego

Cárcel Ortí, Vicente (ed.): La II República y la Guerra Civil en el Archivo Secreto Vaticano. III: Documentos de los años 1933 y 1934. BAC, Madrid, 2014. XXXIII + 996 páginas. Comentario realizado por Rafael Sanz de Diego.

Paso a paso la obra ha llegado a su ecuador: el tomo III de los seis proyectados. Con la misma metodología de los tomos anteriores, se presentan, precedidos de introducciones y acompañados por notas, 431 documentos (del 995 al 1426), correspondientes a los años 1933-1934. Se trata de despachos del Nuncio Tedeschini al Secretario de Estado Pacelli, de apuntes de éste, de correspondencia del Nuncio con obispos españoles, con políticos (Azaña, Lerroux, Gil Robles), con personalidades de la Iglesia: Herrera Oria, Ledochowski, Fernández Regatillo… La documentación aportada ofrece un retrato de las personas relevantes en la relación Iglesia-Estado de este tiempo.

Los dos años analizados comprenden el final del primer bienio republicano y, desde noviembre de 1933, la mayor parte del bienio Lerroux-Gil Robles. La política respecto a la Iglesia cambió significativamente en estos meses, aunque no se pudieron enmendar las realizaciones anteriores.

Entre los asuntos que aclaran los documentos presentados, la mayoría son ya conocidos por su relieve. El primero, la sectaria Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas, que, más allá de lo aprobado en la Constitución, que pretendía desarrollar, contenía numerosas agresiones, anticonstitucionales, al derecho de la Iglesia respecto al culto, la propiedad de sus bienes, la enseñanza, la actividad eclesial. Era una ley persecutoria, aunque entonces (y después) se haya querido negar. A ella respondieron los obispos españoles y Pío XI (Dilectissima Nobis Hispania), que equiparaba el trato que se daba a la Iglesia en España con el que se le daba en Rusia y México, claramente persecutorio. Se aborda también la revolución de Asturias (1934) que causó los primeros mártires y el destrozo de bienes eclesiásticos, evidenciando el odio de parte de la población. Junto a esto se estudia también la inestabilidad política de estos años y las frecuentes intromisiones de los gobiernos en la vida de la Iglesia, a estilo de los «reyes sacristanes» de Estados católicos y absolutistas.

Menos conocida es la negociación de un Concordato que buscaba el Estado. Él y la Iglesia entendían de hecho, aunque no fue denunciado, que el de 1851 estaba caducado. El Ministro Pita Romero actuó como embajador sin dejar durante un tiempo el Ministerio. Pronto se comprobó que era imposible un Concordato. Se pretendió un modus vivendi, que tampoco llegó a consensuarse. La Santa Sede aspiraba a que se eliminasen artículos de la Constitución y de la legislación complementaria, pretensión imposible pues el gobierno no tenía la mayoría precisa en la Cámara para estos cambios. Eran también excesivas las demandas republicanas y el proyecto no pudo concluirse. 

Lerroux y Gil-Robles
En este ambiente tenso y difícil Tedeschini jugó un papel conciliador. Logró —el Ministro de Estado, Luis de Zulueta, lo consideraba como un milagro— que no se rompiesen las relaciones diplomáticas. Porque no se trataba solamente de un Estado laico —con ellos mantenía relaciones el Vaticano sin problemas— sino de una República que permitió incendios de iglesias y conventos, disolvió a la Compañía de Jesús confiscando sus bienes, recortó sin tasa la actividad de la Iglesia, se apropió de buena parte de sus propiedades, exigiéndole además impuestos sobre lo expropiado, prohibió en buena parte su enseñanza. Y lo que vino después: la no admisión del veredicto de las urnas por parte de los partidos de izquierdas y la violencia desatada contra personas y cosas en Asturias en 1934. Tedeschini se empeñó en dialogar incansablemente, consciente de que conseguiría muy poco, pero obediente a las consignas del Papa y su Secretario de Estado. Lógicamente su actitud no fue bien recibida por quienes pretendían una postura de ruptura. 

En una publicación con muchas páginas en italiano es meritoria y fruto de mucho trabajo la escasez de erratas. Desgraciadamente, en este tomo destacan dos al comienzo: en la portadilla y en la primera línea del Índice. Pero sigue siendo real la corrección tipográfica en general. 

Y continúa la trayectoria de los tomos anteriores: el rigor y la accesibilidad de datos esenciales. Se hace así posible un acercamiento a la verdad histórica, que desde otras perspectivas se tergiversa. Fue un acierto la Ley de Amnistía, pero no modifica lo que sucedió de hecho. Una vez más el autor nos permite acercarnos, sin ira, a una página de nuestra historia que deseamos que no se repita. El primer paso para ello es reconocer la verdad y los errores cometidos. Estos tomos son un servicio precioso a la historia pasada y también a la convivencia presente y futura.


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