lunes, 13 de febrero de 2017

Jorge Galán: Medianoche del mundo. Por Javier Sánchez

Galán, Jorge: Medianoche en el mundo. Visor, Madrid, 2016. 84 páginas. Comentario realizado por Javier Sánchez.

Si algo positivo tiene ser el administrador de un blog de crítica de libros "divinos y humanos", es el hecho de que te llegan comentarios extraordinarios de libros imprescindibles. Este es el caso de Noviembre, de Jorge Galán, comentario realizado por Jorge Sanz Barajas que se publicó en este blog el 19 de enero de 2017 (pincha aquí para leerlo). Quedé tan prendado del comentario y del contenido de esta novela, que rápidamente me hice con un ejemplar y me puse a leerlo como un loco, degustando cada palabra, cada escena..., con ese ritmo trepidante que tiene, que te absorbe y te cautiva hasta el final. Obviamente, el contenido me interesaba sobremanera, máxime cuando todavía recuerdo la noticia en el telediario que decía que habían asesinado a un grupo de jesuitas en la UCA y a dos mujeres (16 de noviembre de 1989). Recuerdo también la reacción de una amiga mía, prima hermana de uno de los jesuitas asesinados. No se me olvidará jamás.

Una compañera de trabajo, al ver que estaba leyendo Noviembre, de Jorge Galán, me comentó que era amigo suyo y me recomendó que leyera unos poemas de él relacionados con la novela. Yo reconozco que no soy muy amante de la poesía actual, pero acepté su recomendación. Me gustaron tanto los poemas, que me he lanzado a recomendar el libro en el que están recogidos (el cual, por otra parte, ha sido galardonado con el XVI Premio Casa de América de Poesía Americana). Creo que hablan por sí mismos. Por eso, no quiero decir nada más, pues lo estropearía. Solo añadir que Jorge Galán tuvo que abandonar El Salvador, pues fue amenazado de muerte. Desde aquí un saludo y mi apoyo. Con la esperanza de que algún día te pueda conocer. Gracias por tu novela y por tu poesía.

LA HUIDA

Yo no hablé de los asesinos. Yo hablé de los cuerpos
bajo la interminable noche de noviembre,
hablé de los seis hombres tendidos en la grama,
hablé de las mujeres, las dos, tiradas en el piso,
y las sombras alrededor, siluetas
que persisten bajo el graznido de los cuervos
cuyos picos rayan la inmensidad, todo bajo una luna
que era la barriga de un lechón sacrificado
con todas sus crías dentro. De eso hablé. Cada nombre
relucía como madera revestida de oro.

Giró la noria llena de niños muertos junto a mí.
Escuché el crujido de su mecanismo
y desperté al alba, siempre al alba, las manos dormidas
bajo el peso de mi propio cuerpo carente de santidad.
Y volví a hablar para contar la historia
de los seis hombres y las dos pequeñas mujeres
pero no de sus asesinos. Porque no hablé de sus asesinos
pero ellos sí me hablaron, formas de penumbra
siempre atrás, mientras andaba por la calle
y al dormir, donde los observé acercarse otra vez,
apuntarme a través de una puerta de cristal,
justo cuando mi cabeza cayó y esperé. Y esperé.

Y esperé pero nada pasó, salvo un amanecer
colmado por un ruido de pasos
que eran mis propios pasos,
porque huía sin comprender que huía.
La boca llena de centavos de azúcar,
fechas cercanas y lejanas escritas sobre el agua
que tragaba a pequeños sorbos: Sombra
diluida que bajaba por la garganta
como el cubo de un pozo, abajo, un dedo
del mar, tenso, severo, incapaz de no señalar.

Bajo sábanas del color de la pezuña del oso amaestrado,
me protejo de aquello que baja de las colinas:
la emancipada luz, el aliento que cae
del pelo de la oveja hasta el pasto y rueda
por las laderas y las calles
y los ventanales y la tibieza de las habitaciones.
Palomas de barro picotean las lámparas.
Aceite hirviendo es el centro del mediodía.
Nostalgia es la humanidad en la que pienso.

Me he marchado de todo lo que entendí por mío.
Temblor se hacen los días del pasado,
formas de la penumbra, las albas venideras.
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