martes, 21 de febrero de 2017

Régis Debray: Elogio de las fronteras. Por Daniel Izuzquiza

Debray, Régis: Elogio de las fronteras. Gedisa, Barcelona, 2016. 112 páginas. Traducción de Dylan Debris-Oliva. Comentario realizado por Daniel Izuzquiza (Director de la Revista Razón y Fe).

El conocido pensador y analista francés Régis Debray recoge en este libro el texto de una conferencia tenida en Tokio en el año 2010. Por ello, adereza su intervención con varias alusiones a la cultura e historia japonesa, empezando por el hecho de ser una isla, frente a la Francia continental.

El libro desarrolla una inteligente y original defensa de las fronteras, sabiendo que ello, en este momento, significa ir “a contrapelo” (título del primer capítulo). Para el autor, vivir sin fronteras no es solo «una idea tonta» (p. 13) sino un espejismo que «promete bocanadas de aire fresco pero nos garantiza una ratonera» (p. 15). No hay más que ver cómo se levantan nuevos muros e incluso se territorializa el mar, mientras se habla de desterritorialización. Frente a ello, reivindica que las fronteras son «algo tan absurdo como necesario» (p. 25) y recuerda que «en el principio era la piel» (cap. 2).

Defiende que las fronteras son como las membranas de los organismos vivos, «cuyo papel no es impedir sino regular el intercambio entre un adentro y un afuera» (p. 45). La frontera, a diferencia del muro, es un colador. El problema, para Debray, es que el cosmopolitanismo abstracto quiere practicar un lifting a la Tierra, olvidando las cicatrices de nuestra piel.

El tercer capítulo se titula “Nidos y nichos, el retorno” y ahí recuerda el autor que una cosa es «poner el mundo en red” y otra distinta “que podamos habitar esa red como un mundo» (p. 54): el riesgo ahí es la pérdida de identidad: «convertirse en un cualquiera, que equivale a decir convertirse en nadie» (p. 63).

El siguiente capítulo (“cierres y portales, el ascenso”) comienza diciendo que las fronteras sirven para formar bloques y en él afirma que «es tan provechoso pensar en los límites como equivocarse con el limes» (p. 73).

Finalmente, el quinto capítulo desarrolla «la ley de la separación» como principio de la laicidad. Critica el sinfronterismo (pp. 84-89) y reivindica la ética de las fronteras, admitiendo solo las que cumplen tres criterios: «bien a la vista, declaradas y de doble sentido» (p. 96).

En realidad, concluye el autor, «una frontera reconocida es la mejor vacuna posible contra la epidemia de los muros» (p. 96). Por ello, debemos mirarla no ya como un derecho, sino como un deber y como una urgencia. Como se ve, estamos ante una lectura sugerente, provechosa, provocadora, discutible y estimulante. Además, está bien escrita.

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