martes, 25 de abril de 2017

Juan Eduardo Cirlot: Nebiros. Por Fátima Uríbarri

Cirlot, Juan Eduardo: Nebiros. Siruela, Madrid, 2016. 186 páginas. Comentario realizado por Fátima Uríbarri (Periodista E-mail: fauribarri@gmail.com).

Un paseo nocturno desasosegante

A Juan Eduardo Cirlot lo llamaron raro. Fue un erudito de hambre insaciable: músico, poeta, crítico de arte... ¿Fue raro? Se puede decir que sí porque militó en las vanguardias, le fascinó la música dodecafónica, incluso creó, como señala la también poeta Clara Janés, “una particular escritura experimental, una notoria expresión fonética y fonovisual y culminó sus empeños con la poesía permutatoria”.

Como poeta ha sido rompedor y prestigioso, es autor del ciclo Bronwyn, de En la llama... Como experto en arte es autor de un imprescindible Diccionario de símbolos. ¿Y como novelista? Hemos sabido hace bien poco que lo fue. Nebiros es su única novela. Se ha descubierto el manuscrito de esta obra inédita en una feliz coincidencia con el centenario de su nacimiento. Su hija Victoria, eminente medievalista y una de las responsables de la publicación de Nebiros, cuenta que encontró el manuscrito regado de tachaduras y líneas rojas en un armario de casa de sus padres años después de la muerte de Cirlot, fallecido en 1973. Victoria se quedó perpleja: no sabía que su padre había escrito una novela y además Cirlot había destruido todos sus manuscritos anteriores a 1958. Nebiros se ha podido recuperar también porque había una copia en los archivos de la censura, autora de las líneas rojas que llamaron la atención de Victoria Cirlot.

La novela la escribió en 1950 del tirón durante solo dos meses, pero no pasó el filtro de la censura. Confiesa Victoria Cirlot que lo sorprendente es que el escritor y su editor José Janés pensaran que la novela pudiera ser aprobada por la censura franquista. El primer veredicto lo recibieron el 26 de marzo de 1951. Era un no rotundo. “Libro fatalista saturado de contradicciones y pesimismo, cuyo protagonista –un imaginativo sexual tímido y sin fe–, después de un largo paseo por los prostíbulos de su ciudad, en el que se le ocurren los más paradójicos y peregrinos comentarios, llega a la escéptica conclusión de que toda ansia de recuperación y mejora espiritual es inútil”.

Inasequible al desaliento, José Janés lo intenta de nuevo. Consigue que César González Ruano escriba a Juan Beneyto (con mando en plaza en la censura) y argumenta en favor del texto la calidad literaria del autor y su adhesión al régimen. Aceptan una segunda lectura. El no del segundo censor es más firme y explícito. El libro no se puede publicar, entre otras cosas, argumenta el “Lector número 20” porque contiene “turbia sexualidad servida de descripciones pornográficas”. El dictamen añade que se trata de una obra “de una moralidad grosera y repugnante. No se debe autorizar”, concluye.

Tiene razón Victoria Cirlot: ¿Cómo pudieron pensar su padre y José Janés que Nebiros contara con el beneplácito de la censura franquista? Vista con los ojos de hoy la novela no es ni pornográfica ni escandalosa, pero en la España franquista de los años 50 era una absoluta provocación. Ahora no parece tan rompedora. Pero en su momento lo fue. La obra cuenta el periplo nocturno de un tipo extraño, escéptico, misántropo, culto, torturado, antipático y pesimista. Es un oficinista gris que ha heredado una empresa pequeña de sus padres, que vive solo, no habla con nadie, no tiene amigos ni parece haberlos tenido nunca. Sale del trabajo y se va de ronda por una ciudad sin nombre (nadie lo tiene en la novela), una ciudad que transparenta la Barcelona de los años 40.

Él es gris; la ciudad es gris; las calles están sucias, las mujeres de los prostíbulos son feas... El pesimismo barre las páginas, densas, sin puntos y aparte, visitadas por las reflexiones y pensamientos del protagonista, por sus vaivenes emocionales y por sus sueños. Hay un halo surrealista en Nebiros. Se le nota a Cirlot su predilección por este movimiento vanguardista en el que participó. Juan Eduardo Cirlot conoció el surrealismo en la biblioteca de la casa de su amigo Alfonso Buñuel, hermano de Luis. Con los Buñuel leyó surrealismo, hizo collages y aporreó el piano al estilo dadá. Esto sucedió en Zaragoza. Luego Cirlot se mudó a Barcelona y se zambulló en el mundillo de los poetas. Conoció a Juan Ramón Masoliver y a César González Ruano que dijo de él: “Es el mejor representante español de un surrealismo mágico, cósmico casi”. Se alista en un grupo surrealista que se reúne en la taberna La leona. El grupo, al que Carlos Barral define como “los Cirlot variopintos” escribe textos automáticos. Cirlot ya destacaba. Él era, según Dionisio Ridruejo, “el más vibrante”.

Se comprende la expectación ante el descubrimiento de la única novela de un poeta tan sobresaliente, de un hombre erudito y polifacético que participó en la mítica revista Dau al Set donde también estuvieron Antoni Tàpies, Modest Cuixart, Joan Ponç, Joan Brossa, Joan Josep Tharrats... Y sin dejar de ser músico: también fue Cirlot miembro del Círculo Manuel de Falla entre 1948 y 1950, antes de escribir Nebiros.

En su novela volcó Juan Eduardo Cirlot sus inquietudes. Le atraían los temas enigmáticos, la cábala, la poesía, lo abstracto, Egipto, Cartago, la Edad Media y los ciclos artúricos, el erotismo, la muerte, la mujer. Muchas de estas obsesiones están en Nebiros. Ya el título de la novela es muy al estilo Cirlot: Nebiros es el nombre de un demonio, un “ser omnipotente que lo dirigía todo desde su trono de fuego flameante”, se dice en la novela.

La trama es ulisiana. El lector acompaña al protagonista desde que sale del trabajo una tarde hasta el amanecer del día siguiente en un periplo por el barrio chino de Barcelona (se adivina que ese es el escenario). El protagonista es un hombre amargado. Se quedó al frente de la arruinada empresa familiar, tiene un trauma con su infancia, con sus padres, con su trabajo. Pero no hace nada para cambiar nada. La nada le persigue. “La muerte constante de todo prueba la fantasmagoría de todo”, piensa. Es extraño. Contradictorio: odia “de la misma manera y por instinto la soledad y la compañía”. Y se ha propuesto vivir sin emoción ni ilusión. Su paseo se jalona de reflexiones filosóficas. Es denso. No hay puntos y aparte. Se respira desasosiego. No es una novela de fácil lectura. Las frases son largas, la narración hace requiebros: el tipo se va de prostitutas, entra en un local, elige una chica, pero de pronto decide marcharse. Los sueños se cuelan en su periplo, se entreveran de modo que al protagonista (y al lector) les cuesta discernirlos.

Recuerda las atrocidades de todos los tiempos. Esta es también una obra sobre el mal. Cita lecturas, rememora lo triste y solo que estuvo de niño. Hace propósitos de enmienda: intentará relacionarse con alguien, ser amable con sus dos empleados. Quizás debería casarse con una prostituta o con su asistenta. Cambia de opinión: jamás se relacionará con nadie, así evitará sufrir... No cae simpático el protagonista, pero da pena esa incapacidad suya de superar un dolor antiguo o de saber cómo relacionarse con los demás.

Así es Nebiros: de lectura densa. Dura. Se echa de menos un cebo que tire del lector, que lo impulse a continuar. Es fácil ahogarse en las largas disquisiciones. Le entran a uno ganas de salir a buscar aire. El autor logra transmitir el desasosiego, la crisis existencial del protagonista en esta novela de lectura exigente.
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