martes, 30 de mayo de 2017

Francisco Casavella: El día del Watusi. Por Jorge Sanz Barajas

Casavella, Francisco: El día del Watusi. Anagrama, Barcelona, 2016. 896 páginas. Comentario realizado por Jorge Sanz Barajas (Profesor de Literatura Española, Colegio “El Salvador” de Zaragoza. E-mail: jsanz@jesuitaszaragoza.es).

“La realidad es ese lugar donde uno puede comerse un filete”

Woody Allen



Estamos de enhorabuena. Quizá porque el novelista más brillante del fin de siglo, Francisco Casavella, acaba de ser reeditado por Anagrama. La trilogía correspondiente a El día del Watusi (Los juegos feroces [2002], Viento y joyas [2002] y El idioma imposible [2003] en la editorial Mondadori) había sido reeditada por Destino en 2009, pero desde hace tiempo era difícil encontrar ejemplares. Y es que no es fácil hallar mayor placer lector que abrir estas páginas de Casavella. Es cierto que el volumen de Anagrama, con sus casi novecientas páginas, puede asustar a más de uno, pero es que nadie trazó las líneas maestras de la Transición como él. Casavella decía –y tenía más razón que un santo– que la gente explicaba aquellos años tras la muerte de Franco según les había ido en la fiesta. Y da la casualidad de que solo han hablado de ella quienes han salido bien parados. Demasiado bien, quizá.

La trilogía El día del Watusi crece día a día; fermenta, como los buenos libros, y alimenta de buena literatura a otros que se confiesan herederos de la prosa brillante, borde y vitriólica de Casavella o bien lo rememoran sin citarlo. Da igual. Las huellas en los libros se notan a distancia, y quien echa mano de la “caja de herramientas Casavella” no podrá esconder esa tara indeleble en sus letras. Me confieso, de antemano, culpable.

Casavella es el gran pintor de la Barcelona de la Transición, cuyas líneas traveseras dibuja a trazo grueso, esperpéntico y con una prosa de elevado octanaje. Si la Transición tuvo, como él mismo dijo, un cómo, un qué, un porqué y un para qué, todo eso está en este libro. Hay que inferir entre líneas. No esperen un fresco histórico: nada más alejado de esta novela.

En la primera novela, El día del Watusi, dos niños, Fernando y el gitano Pepito el Yeyé, chabolistas de Montjuich y huérfanos ambos, presencian cómo sacan de una nave a medio construir el cadáver de Julia, la hija de Celso, un mafioso de medio pelo. Todo el mundo culpa al Watusi, un personaje misterioso cuya firma, una enigmática W aparece en cualquier pared de la ciudad. Al día siguiente, un 15 de agosto festivo en que a la madre del narrador le toca trabajar, los dos chicos vivirán “el día del Watusi”, recorriendo los bajos fondos de Barcelona en busca del enigmático ser. La versión oficial de lo que vieron en la nave industrial “El Molino” difiere por completo de la realidad, pero todos parecen preferir la conformidad con la “versión” policial. La caza del Watusi ha comenzado. Lo significativo es el modo en que los chabolistas “apañan” la realidad tal y como lo hacen los políticos unos escalones más arriba. Aunque no lo parezca, la vida es un fiel reflejo de sí misma y la explicación más sencilla sigue siendo la más probable.

La segunda novela, Viento y joyas, narra los años que siguen a ese fatídico 1971. Fernando y su madre han logrado salir del barrio y ahora él trabaja de conserje en el Banco Central y Ciudadano. Es hilarante el mundo de las grandes finanzas y los personajes grotescos que nadan en él como voraces cetáceos: sus nombres, sus manías, sus pasados, todo sirve para montar la estrafalaria (el término es elogioso) maquinaria narrativa de Casavella. El caso es que la W sigue proliferando por toda Cataluña, esta vez acompañada por un signo de socorro. Fernando comienza a trabajar como chófer de Ballesta, uno de los capitostes del banco que, junto a otros, han decidido entrar por fin en política fundando el Partido Liberal Ciudadano. Los empeños y desempeños políticos de los trapaleros de nuevo cuño resultan esperpénticos, fáusticos, grotescos. Pero sucede de ciento a viento que a la historia le da por rasgar sus velos y hace que lo que pareciera inconcebible acabe siendo desgarrador. Los retratos de Adolfo Suárez y Jordi Pujol, velados, palpitan demasiado como para pasar desapercibidos. El retrato de la ignorancia exhibicionista de la oligarquía (ese líder del Partido, don Carlos del Escudo, que confunde El Príncipe de Maquiavelo con El principito de Saint–Exupéry, por citar alguno) sorprendía hace unos años pero hoy se quedaría alicorta y sorprendida. La realidad siempre, repito y subrayo, siempre supera a la ficción. Como decía Woody Allen, “la realidad es ese lugar donde uno puede tomarse un filete”, porque gente tan poco seria que, paradoja paradójica, se toma a sí misma demasiado en serio, es el terreno más proclive para el esperpento. Casavella retrata de manera descarnada la financiación ilegal de los partidos, los tejemanejes de estos con los bancos, el acercamiento de unas fuerzas a otras en función de intereses espurios, la incapacidad intelectual de los que coronan los procesos “democráticos”, las zancadillas, la obsesión por acumular información que incrimine al compañero, el espionaje, las cajas B. No es que Casavella fuese un visionario en 2002, es que la ficción ve la realidad con ojos desacostumbrados, perplejos y curiosos: tres virtudes para la vida política. De la ética, ni hablamos. La novela acaba como siempre, con el titiritero entre las cuerdas: Fernando decide esconderse de la vida el 13 de abril de 1977, día en que se aprueba la Ley de Libertad de Expresión. La gran paradoja: se puede hablar cuando ya no hay nada que decir.

El idioma imposible comienza en abril del 77. Fernando trapichea con pastillas elaboradas según unas recetas que “se llevó” en su huida precipitada del Partido Liberal y Ciudadano. Uno a uno van pasando los pasaportes con que la cultura de la movida vendió en muchos casos poco más que humo: cantantes que no cantan, escritores que no escriben, pintores que nada pintan pasantes de arte que blanquean dinero del narcotráfico con su trabajo, arquitectos que no diseñan. Eso sí, todos parecen interconectados por vínculos familiares en unos casos; en otros, porque comparten los mismos traficantes u operan de manera más o menos indirecta para los grupos mafiosos que gobiernan la ciudad con guante blanco, lentejuelas, brillantina y esencias caras. Fernando desea comprobar cómo vive la gente que vive bien, entabla una relación con Victoria y, a la busca de su hermana Elena, acaba de nuevo en el Raval, como los personajes de Marsé, cara a cara con todos sus antiguos compañeros de viaje, fantasmas de lo que fueron, carne de muerte prematura, testimonio de una sociedad saturnal que devora a sus hijos y no escupe ni los huesos.

Casavella se documenta extraordinariamente bien. De hecho, la galería de personajes la llevaba ya en carne propia. Pero no esperen un episodio nacional, antes bien, se encarga de borrar todas las huellas el final de la tercera entrega. Los disparates acompañan a los hechos históricos como las máscaras se acoplan a los rostros. No hay segundas intenciones. Todo ese trabajo le queda al lector.

En un extenso artículo acerca de esta trilogía, Casavella se despachó a gusto contra el gran absurdo del final del siglo XX, el gran esperpento: la declaración universal del fin de la Historia. Decía Casavella que proclamar la victoria del capitalismo democrático por encima de cualquier otra actitud ante la vida, significaba elevar a los altares a la nueva trinidad: dinero, técnica y burocracia. Catorce años después vemos que no le faltaba razón. Y me viene a la mente esa última novela con la que ganó el Premio Nadal, once meses antes de su muerte temprana, demasiado prematura (esto último quizá sea una redundancia): Lo que sé de los vampiros (2008).

El protagonista, Martín de Viloalle, un joven jesuita expulsado de España en el siglo de las Luces, destapa primero en Roma, y luego en Alemania, las “cajas B” de la razón ilustrada. “La razón tiene siempre dos libros de contabilidad” y mientras algunos llenan el primero con “los garbanzos del alma” que decía Ignacio de Loyola, otros tapan el segundo con la púrpura de sus vestidos.

Al final, leer a Casavella es una experiencia que un buen lector no debe dejar pasar. Sus libros son aves de paso por lo que quien oye hablar de ellos a destiempo, no los encontrará fácilmente. En unos meses no quedará un gramo de esta edición. Sus textos correrán de boca en boca por quienes aún lo admiramos, pero parece que la dificultad de encontrar ediciones lo convierte en algo más valioso aún. Un consejo: salgan de pesca.

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