Dianich, Severino: La Iglesia. Comunión de hermanos. Sal Terrae, Santander, 2014. 102 páginas. Comentario realizado por Mª Dolores de Miguel Poyard.
El autor de este libro es un especialista en eclesiología y ha publicado numerosos estudios sobre este tema. En esta obra nos ofrece, de forma breve y sencilla, una síntesis de lo esencial del ser y la vida de la Iglesia. Y lo hace desde su triple condición de profesor, de creyente y de párroco. Une así la fundamentación teológica a su experiencia personal de fe y de pastor.
Se dirige básicamente a cuantos desconocen prácticamente todo sobre el cristianismo; y también a los católicos poco comprometidos con la Iglesia. El texto presenta lo esencial de la eclesiología de forma tan clara, sencilla, y lúcida que desborda el objetivo primero de su autor y sirve para la reflexión personal o comunitaria de todo cristiano. Y más aún en estos tiempos en los que la Iglesia puede estar especialmente contestada en los medios de comunicación.
El leitmotiv de toda la obra es la realidad de la Iglesia como misterio de gracia y comunión, desde donde los cristianos pueden vivir y compartir el tesoro de la fe en Jesús, recibido de los apóstoles y transmitido de generación en generación. Sin domingo, sin Eucaristía, sin comunión, no hay Iglesia, no hay cristiano. Esta es la clave de la vida eclesial y el eje que une y da sentido a los diversos capítulos.
El texto avanza desde lo más externo hasta las realidades más hondas del ser eclesial. Desde ahí, desde el despojo de lo accesorio para llegar a la esencia más primigenia de la Iglesia, adquieren su verdadero sentido cuestiones como la realidad sacerdotal de todo bautizado, su insustituible misión de mediador entre Dios y el mundo..., hasta el punto de subrayar que solo podrá comprenderse el ser de la Iglesia cuando se manifieste «el valor y la belleza del sacerdocio común de los fieles» (p. 65).
Consciente de que, en ocasiones, la vida en la comunidad eclesial se hace especialmente difícil, subraya el testimonio de don Lorenzo Milani, sacerdote y gran educador italiano, censurado por la Iglesia de su tiempo y realzado también recientemente por el papa Francisco. Como los grandes hombres de la Iglesia, supo amarla por encima de todo: «Nunca me rebelaré contra la Iglesia, porque necesito el perdón de mis pecados y no sabría a quién más dirigirme para obtenerlo» (p. 95).
Una Iglesia pecadora y muchas veces incoherente, pero que, en su debilidad, va haciendo posible en el mundo el reino de Dios, que, como decía de Lubac, «actúa en lo profundo y en lo oculto».
La unidad en la fe es lo que sustenta y hace posible su estructura de gobierno, impensable en la sociedad civil: la autoridad del papa y la del episcopado en mutua interdependencia.
Alimentada y sostenida por la fe en Cristo resucitado, su fuerza y su valor «radican en esa fe y esa caridad aplicadas a la vida práctica. No radican en el mero dominio exterior ejercido con medios puramente humanos» (Gaudium et spes, 42). Llamada a compartir los destinos de los desheredados de la tierra, al estilo de Cristo crucificado, será tanto más creíble cuanto más se despoje de seguridades humanas y viva confiada el riesgo de la fe.
Es un libro muy claro y oportuno. Escrito para divulgar de forma sencilla las verdades fundamentales de nuestra fe, sorprende por la profundidad que alcanza desde su sencillez.


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