Cernuda, Luis: En la costa de Santiniebla. Ayuntamiento de Castropol, Castropol (Asturias), 2017. 65 páginas. Comentario realizado por Javier Sánchez Villegas.
Hay lugares que uno no visita: los habita. Y hay estancias que, aunque duren apenas unas semanas, dejan una huella más profunda que años enteros. Algo así le ocurrió a Luis Cernuda en el verano de 1935, cuando llegó a Castropol —ese rincón suspendido entre la ría del Eo, la bruma y el silencio— como parte de las Misiones Pedagógicas de la Segunda República. No iba buscando inspiración, al menos no de manera consciente; iba, como tantos otros intelectuales de su tiempo, con el propósito casi utópico de llevar la cultura allí donde parecía no llegar nunca. Pero lo que encontró fue otra cosa: un paisaje que terminaría filtrándose en su propia conciencia.
Cernuda no fue a Castropol como turista, sino como misionero laico de la cultura. Participaba en lecturas públicas, organizaba pequeñas representaciones, compartía literatura con gentes que, en muchos casos, tenían un acceso muy limitado a ella. Aquella España rural, silenciosa y a la vez profundamente viva, se le ofrecía como un territorio nuevo. Sin embargo, en su caso, la experiencia exterior siempre acababa derivando hacia lo interior. Mientras cumplía con su tarea —romances, cuentos, teatro de guiñol—, algo en él se detenía a contemplar con una intensidad distinta: la luz


