domingo, 22 de abril de 2012

Éloi Leclerc: El Dios mayor. Por Juan Manuel Martín-Moreno

Leclerc, Éloi: El Dios mayor. Sal Terrae, Santander, 1997 (edición original de 1995). Colección El Pozo de Siquem 90. 147 páginas. Traducción de Enrique Hurtado. Comentario realizado por Juan Manuel Martín-Moreno.

Javier Sánchez, anfitrión de este blog, era entonces uno de los jóvenes que hacían los ejercicios espirituales en los que descubrimos la primera obra de Leclerc: Sabiduría de un pobre. Hicimos este descubrimiento juntos y por eso quiero ahora contribuir a su blog con la recensión de un nuevo libro de Leclerc que ha marcado mucho mi propio itinerario espiritual.

1.- “Noticia de su autor”
Mi descubrimiento de Éloi Leclerc tuvo lugar en los años 80, dando ejercicios espirituales a jóvenes durante ocho días en silencio. Escogimos para la lectura en el comedor el libro de Sabiduría de un pobre. El género narrativo sencillo ayudaba a mantener la atención durante la comida, y el contenido de lo leído se rumiaba también después junto con los alimentos. En ejercicios a repetidores pasamos a utilizar otro libro del mismo autor: Exilio y ternura.
Ambos libros reflejan dos etapas diversas de la vida de San Francisco. Exilio y ternura narra la estancia de Francisco en Egipto con los cruzados y su entrevista con el sultán. Sabiduría de un pobre nos pone en contacto con la gran crisis al final de la vida de San Francisco después de regresar de Tierra Santa. Con maestría expone el autor el paisaje interior del santo en aquella noche oscura de su ceguera, y en aquella noche provocada por el giro que querían dar a su comunidad unos hermanos que no habían comprendido la sencillez de su carisma.
Muchos años después cayó en mis manos un libro posterior de Leclerc, El Dios mayor, que es precisamente el que deseo presentar en este blog. Pero antes quiero compartir con vosotros algunos datos biográficos sobre el autor. Leclerc nació en 1921, en Bretaña, y muy joven, a los 12 años, se enamoró de la figura de San Francisco. En abril de 1939, meses antes de comenzar la 2ª Guerra Mundial, entró como novicio en los franciscanos con 18 años. Las andanzas de la guerra dieron con sus huesos en el campo de concentración nazi de Buchenwald, que contribuyó mucho a forjar su espiritualidad. De 1951 a 1983 fue profesor de filosofía. Durante esta etapa de magisterio publica la que será su obra más conocida, la ya mencionada Sabiduría de un pobre (1959), una joya de la literatura espiritual. Después se retiró a una ermita en Bellefontaine, y sigue escribiendo nuevas obras siempre inspiradas, nacidas de una penetración cada vez más profunda del evangelio.

Gracias a la editorial Sal Terrae hemos podido disfrutar en castellano de algunos de sus mejores libros: El Dios mayor (1997); El reino escondido (2002); El pueblo de Dios en la noche (2004), sobre el exilio de los judíos en Babilonia y la espiritualidad del Adviento; El sol sale sobre Asís (2005), que recoge su experiencia del campo de concentración; “Id a Galilea”. Al encuentro del Cristo pascual (2006). También en Sal Terrae se ha publicado recientemente una nueva edición del clásico ya citado de Exilio y Ternura (2008).
En conjunto creo que el cristalizador de la interpretación cristológica de Leclerc es la filoso­fía de Emmanuel Lévinas. Si un determinado horizonte filosófico está siempre presente en cualquier teología, creo que en este caso Leclerc ha sacado partido de la filosofía de un judío francés, que todavía no ha sido suficientemente “explotado” por la teología cristiana.

2.- Perfeccionamiento de Jesús
El resumen del libro podríamos ponerlo en el “itinerario de Jesús”: un Jesús que no está todo hecho desde el principio, sino que se va perfeccionando conforme sigue su camino. Tiene Leclerc páginas muy bellas sobre el crecimiento o “perfeccionamiento” de Jesús. Podemos hablar de perfeccionamiento del Hijo situándonos, ante todo, en el plano puramente psicológico. Es evidente que en la cuna y, a fortiori, en el seno de su madre, Jesús niño no tenía conciencia alguna de su rela­ción privilegiada con el Padre, aunque fuera ya realmente el Hijo único. Lo mismo que el hijo de un rey ignora, mientras es un bebé, su condición real.
Pero un día, cuando su espíritu estuvo suficientemente despierto, tomó conciencia del misterio que le habitaba. ¿Cuándo? ¿Cómo? Es muy difícil determinarlo. Pero pode­mos considerar que, desde que fue capaz de pensar en Dios y de orar, se dirigió a Él con la mayor espontaneidad del mundo, como un hijo se dirige a su Padre. Como ya he indi­cado, Jesús nunca vivió realmente otra relación con Dios que no fuera la filial. Pero esta conciencia de hijo, por muy profunda que se la suponga, seguía siendo la de un niño. No iba a dejar de crecer y madurar. Y en ese proceso conoció momentos fuertes y de enorme claridad, como el día en que lo bautizó Juan, o el día de la Transfiguración; pero cono­ció también momentos de soledad y de oscuridad, como en Getsemaní o en la cruz. Lo cual no significa que Jesús pusiera en duda ni por un solo instante su relación con el Padre, pero sí que, en esos momentos, tuvo que vivirla en la fe y hasta en la experiencia de abandono.
Cuando la Escritura, especialmente la Carta a los Hebreos, habla del perfeccionamiento del Hijo, no se queda solo en ese plano psicológico, sino que lo contempla en un plano más profundo: el del consentimiento y la aceptación. La filiación divina de Jesús no puede ser considerada como una fatalidad que se abate sobre un hombre sin que este pueda hacer nada al respecto. La experiencia filial es una experiencia de libertad. Supone acogida, consentimiento, reciprocidad.
Indudablemente, desde los primeros albores de su con­ciencia filial, Jesús dio su consentimiento al Padre libremente, amorosamente y en plenitud. Pero ese con­sentimiento iba a ir ahondándose a medida que viviese su relación filial en una confianza más despojada y radical, en una mayor pobreza interior y en una entrega de sí mismo sin reservas.

3.- Trascendimiento
El libro trata de enfocar el desarrollo espiritual de la vida de Jesús desde su itinerancia hacia el Dios mayor, sin traicionar sus raíces. “Pasó haciendo el bien” (Hch 10,58). Jesús está siempre de paso. “Era un itinerante, un viajero sin domicilio fijo, siempre de camino hacia más allá”. “No tenía donde reclinar su cabeza” (Lc 9,58). Invitaba siempre a pasar a la otra orilla (Mc 4,35; 8,13; 5,21). A la Magdalena le pide: “No me retengas” (Jn 20,17). Simón y los otros querían retenerlo y Jesús les dijo: “Vámonos a otra parte (Mc 1,38). “Hoy, mañana y pasado tengo que seguir mi viaje” (Lc 13,33).
Al pasar realizaba el bien, pero no se dejaba encerrar en las expectativas de la gente. Satisfacía las necesidades de pan y de salud, pero trataba de suscitar en ellos otra hambre. Sus acciones humanitarias no eran solo muestras de compasión, sino también signos que remitían más allá. Desde la realidad cercana, sensible, trataba de llevar a la gente más lejos, aunque en esto muchas veces fallaba. “Me buscáis no porque hayáis caído en la cuenta del signo (los panes y los peces), sino porque habéis comido pan hasta saciaros” (Jn 6,26). El signo hace pasar a la otra orilla, y Jesús, no solo pasa él, sino que ayuda a los demás a que pasen también.
Pero, a las inmediatas, ¿qué le hacía ir de ciudad en ciudad, de aldea en aldea? ¿Qué buscaba? Avizoraba al ausente, al que faltaba, al más alejado. A la oveja descarriada, al hombre perdido. Al hombre sin nombre, sin rostro. Al leproso, al pecador, al excluido, al reprobado. O, más simplemente, al que pensaba de otra manera. En una palabra, al «otro».

4.- Francisco de Asís, icono de Cristo
Leclerc pone a Francisco de Asís como referencia de trascendimiento en su visita al sultán Malik al Kamil, franqueando todas las fronteras. El encuentro con el “otro” en respeto y cortesía, le abrió al Dios mayor del que habla la fe: un Dios mayor que la cristiandad de los cruzados, mayor que todas nuestras concepciones y que todos nuestros cultos. Hacer sitio al “otro” en nuestra vida de fe equivale siempre a abrirse al Totalmente otro. No porque el otro sea la encarnación de Dios, sino porque por su naturaleza diferente, desconcertante, infranqueable, por su misma diferencia es, como dice Emmanuel Lévinas: “la manifestación de la altura donde Dios se revela”.
Después de su encuentro con el islam, Francisco se vio más inmerso en la trascendencia de Dios. “El hombre no es digno de hacer de él mención”. “No somos dignos de nombrarle” (81ª regla 23,5). Francisco llama a Dios el “Inenarrable”, el “Inefable”, el “Incomprensible”, el “Insondable”.
Francisco no contrapone a este Dios innominado con el Dios revelado en Jesucristo. Al contrario, la mediación de Cristo le parece más necesaria que nunca. De este modo, Francisco, en la itinerancia de su fe, al acoger al “otro”, y sin por ello renunciar a su identidad cristiana, entra en el fondo de la itinerancia de Cristo, camina con él por un camino no trazado, hacia el Dios sin riberas, cuyo Ser en su intimidad es pura relación al otro.
Me ha impresionado mucho que cuanto más trascendente es el Dios en el que creemos, más necesitamos la mediación de Cristo. Los dioses menores no necesitan mediaciones. Pero no se trata de una mediación cualquiera, sino que precisamente se tra|a de la mediación itinerante le quien sale de su terreno acotado para abrirse al extraño. Me gusta la frase “Dios es mayor que nuestro corazón” (1 Jn 3,20). No le hagamos nunca a Dios tan mezquino como somos nosotros.
Existe una relación estrecha entre este exceso de apertura de Jesús y su experiencia de la paternidad de Dios. Es su propia plenitud filial la que le mueve imperiosamente a ir al encuentro con los hombres y le abre al mundo. Esta apertura suya traduce la voluntad del Padre de comunicarse a todos sin medida.

5.- La doble fidelidad
Jesús enseña con autoridad (Mc 1,27). La autoridad autoriza, permite algo diferente. Pero Jesús no quiere fundar una nueva religión. Vive su experiencia de la paternidad de Dios dentro de la institución judía. Su horizonte es Israel. Es fiel a sus raíces aun cuando las trasciende. Esto le hace avanzar por un camino no trazado, gracias a una reinterpretación de su tradición inventiva, pero rigurosa. No la vivió como ruptura, sino como cumplimiento. Tuvo que establecer ciertas distancias con respecto a la religión oficial. Ser fiel a una tradición es saber leerla. Frente a esas tradiciones humanas Jesús apela a una tradición más honda. Lo absoluto para él es el amor.
Nadie parte de la nada. La apertura se hace siempre desde algún punto de partida. De lo contrario, no es más que incertidumbre e insignificancia, en el sentido original del término.
El mismo Jesús se enraizó en una historia y en una tradición y mantuvo firmemente hasta el final su fidelidad a la tradición de Israel en su particularidad. Cuando, por su exceso de apertura, el camino se borró ante él y el silencio del abandono y de la muerte lo envolvió por todas partes, la fe y la esperanza de su pueblo siguieron sosteniéndolo. Sus raíces, de las que nunca renegó, preservaron su «itinerancia» del vagabundeo y la desesperación. Dios nos espera siempre allí donde están nuestras raíces. Cuanto más arriesgamos nuestra identidad yendo a los «otros», tanto más debemos aferrarnos a nuestras raíces. En el momento en que fue rechazado por todos, y el Padre mismo se retiró «en su proximidad», Jesús encontró su último apoyo y su última plegaria en la fe y en la esperanza de Israel. La tradición bíblica estuvo allí para ayudar al Crucificado a no desesperar: el Salmo 22, del que tomó el grito de su extremo desamparo, le puso ante los ojos la imagen del Justo martirizado, recordándole que este no sería abandonado para siempre.
Sin embargo, las raíces, por muy necesarias que sean, son insuficientes. Son madres que dan a luz, pero que también pueden oprimir y asfixiar. Lo que contienen de verdad solo llega a madurar cuando el ser humano acepta la heri­da de la relación con el «otro» y se expone a la corriente de la historia, que por su misma diversidad le da noticia del Dios «mayor». Siempre se impone un desarraigo en orden a un trascendimiento. Isriel tomó conciencia de la univer­salidad de su Dios en el exilio de Babilonia, en la turbu­lencia de la historia y en la confrontación de las culturas. Fue allí donde descubrió que YHWH era el Dios de todos los hombres antes de ser el que lo había elegido a él. Fue allí donde comprendió que su elección particular era la pri­micia y el modelo de la vocación humana universal a la alianza con Dios. En el desarraigo del exilio y en el contacto con los «otros» comprendió Israel que su historia, en su particularidad, solo podía ser confesada como historia de la salvación sobre el telón de fondo de la universalidad.

6.- Jesús no fue un contestatario
Jesús no se presenta como un reformador, como un contestatario, sino como el mensajero de una Buena Nueva. Anuncia más que denuncia. Proclama que llega el reinado de Dios. Ver en el evangelio solo una protesta es hacerse una idea muy pobre de él. Jesús no hace que venga el Reino limitándose a combatir el mal, sino que va derrotando las fuerzas del mal porque vive inmerso en la parte positiva y gozosa del Reino. No acusa, no juzga. Sabe que cuando acusamos y juzgamos, no estamos llegando al “fondo”.
La distancia que adoptó Jesús respecto de la institución judía no fue principalmente de orden crí­tico. Provenía de algo más profundo que la mera contesta­ción. Era algo más original. Detrás de cada una de sus palabras y actos está la fuerza silenciosa del mundo nuevo que llega. Esta exigencia antes que exigencia de crítica y contestación, es una vida que se rebosa y expande. Jesús procedía así porque así es Dios. Porque el Padre es en sí mismo exceso. Exceso en la relación, exceso en la apertura. En el fondo, el exceso de Jesús traducía y actualizaba en el mundo lo que veía hacer al Padre.
Francisco entendió muy bien esta actitud de Jesús. Toma distancia respecto a la cristiandad de su época con todos sus lastres, al sistema político religioso, a los señoríos eclesiásticos y las guerras santas. Pero no juzga, no condena. Su talante no es contestatario. Prefiere encender una humilde candela en la noche que pasarse el tiempo maldiciendo de las tinieblas.  A sus hermanos que envía por el mundo les dice que se abstengan de juzgar a los que no viven en la simplicidad como ellos. No quiere polemizar con nadie, ni con la jerarquía eclesiástica, ni con los herejes, ni con la antigua sociedad feudal o la nueva sociedad mercantil. Vive su propio descubrimiento del evangelio menos como protesta contra el orden establecido que como fiesta y liberación. Su distanciamiento es creativo. Prefiere el canto a la polémica.
La distancia que toma Jesús respecto a la religión establecida no proviene de una actitud negativa.  Ver en el evangelio solo una protesta significa hacerse una idea muy pobre de él. El distanciamiento no es fundamentalmente crítico. Su origen es esencialmente positivo, fluye de una plenitud, de una sobreabundancia. Es del orden del “exceso en la apertura”. El reino que Jesús anuncia es pura prodigalidad, una magnificencia en el don, un gesto poético de ensanchar el espacio, de traspasar la frontera, de invertir sin tiento, de arriesgar más. Quien no vea esto no puede entender a Jesús.
Jesús quiso realizar una reinterpretación imaginativa, pero rigurosa, de la tradición de Israel. Ser fiel a una tradición es saber leerla. Jesús lee esa tradición a través de su experiencia de la paternidad de Dios, no como ruptura, sino como cumplimiento, pero esto le lleva a establecer ciertas distancias con la religión establecida en el terreno de las observancias legales. Curaba a hombres y mujeres en sábado, descuidaba ciertos ritos como las abluciones antes de comer. Frente a esas tradiciones humanas Jesús apela a una tradición más honda. Lo primero y absoluto para él es el amor. La respuesta del escriba nos muestra que Jesús no era totalmente innovador, porque ya había quien pensaba que el amor era mejor que los holocaustos (Mc 12,28-33). Jesús no era el único que pensaba que el amor era el centro de la Ley. Pero esta actitud relativiza inevitablemente viejas costumbres y provoca reacciones de defensa, a veces terribles.
Jesús, con este exceso de apertura, no piensa dar lecciones a nadie. Simplemente deja que en su desmesura y gratuidad se desborde la nueva proximidad de Dios. Y en esto mismo revela la universalidad. Apenas salió de las fronteras de Israel, salvo alguna incursión rápida. No fue a los paganos. Pero su apertura a todas las categorías de gente de su propio pueblo sin excepción alguna, y muy especialmente su comportamiento con los excluidos de su sociedad, le proporciona una dimensión de universalidad. Su relación con el otro no conoce límites. Hace que salten todas las barreras.

7.- Expulsado fuera de la institución
La actitud de Jesús relativiza inevitablemente viejas costumbres y provoca reacciones de defensa, a vekes terribles. Uno que va de pa{o es siempre molesto, termina por hacerse sospechoso. Ir a la otra orilla es ir hacia el otro, el más alejado, el excluido, el reprobado, a “esa plebe que ignora la ley y está maldita” (Jn 7,49), al expulsado (Jn 9,35). El que contemporiza con el extraño acabo siendo considerado un tránsfuga. Jesús acabó viéndose expulsado de la tradición religiosa y cultural en la que tenía sus raíces y su anclaje y a la que fue siempre fiel.
Había ido demasiado lejos en su “exceso de apertura”. Se salió de los carriles trillados y se acabó para él el camino trazado. Pero siguió pasando y caminando, porque su apertura traducía su vivencia de la paternidad de un Dios mayor ¿Qué atracción secreta le conducía? ¿Qué era lo que lo empujaba? ¿Qué luz guiaba sus pasos cuando el camino desaparecía ante él y cesaban todas las referencias? Él mismo era el camino (Jn 14,6), camino “nuevo y vivo” (Hb 10,20). Iba hacia lo más íntimo de sí mismo. No habitaba en ninguna parte porque se sentía habitado. Su apertura traducía su vivencia de la paternidad del Dios mayor.

8.- Murió fuera de las puertas de la ciudad
Pero los responsables del judaísmo no pueden comprender tanto exceso. Lo temen. Jesús es para ellos una tormenta que hace estallar el pequeño mundo en el que se habían encerrado. Querían salvaguardar frente a la ocupación romana su identidad religiosa que era el alma de Israel. Habían rechazado la solución violenta de los zelotes. Se habían replegado sobre la Ley y la habían convertido en un muro de contención, en su línea de resistencia pura y dura. Manteniendo firmemente la Ley hasta sus más mínimos preceptos esperaban no dejarse minar. La Ley se había convertido para ellos en un cerrojo de seguridad y absoluta salvaguarda. Era la frontera que dividía la humanidad en dos campos: los buenos y los malos, los elegidos y los excluidos.
Y un lía, Jesús se encontró solo,(rechazado por los suyos, fuera de la institución judía, fuera de la tradición religiosa y cul­tural en la que tenía, pese a todo, sus raíces y su anclaje. Fue excluido, acorralado por las autoridades de su pueblo, como un ser peligroso y subversivo. En adelan­te, se acabó para él el camino trazado. Pero no por ello detuvo su camino; un camino en el que, sin embargo, ya no había señales de ruta.
Jesús murió en un despojo absoluto. Le fueron retirados todos los signos de su pertenencia al pueblo de Dios. Como Jonás, se vio arrojado a las aguas del profundo abismo. Pero, remitiéndose al que era mayor que El, al “Dios que da vida a los muertos y llama a la vida a lo que no existe”, llevó a su perfeccionamiento la fe y la esperanza de Israel. “Quien pierde su vida la salva”, decía Jesús. Aceptando la herida de la relación con el “otro”, Cristo pone a salvo su propia identidad y, al mismo tiempo, salva al mundo.

Éloi Leclerc
9.- En el corazón de una ausencia
Una teología antigua consideraba la muerte de Jesús sin ninguna vinculación con su vida y sus opciones históricas. Jesús murió, porque su muerte y su sangre eran necesarias para aplacar al Padre. Se hizo solidario de la humanidad y con su sufrimiento reparaba la ofensa. El sufrimiento era el precio de la redención. Se sacraliza así el sufrimiento y su valor expiatorio.
Este planteamiento deja en la sombra la dimensión estrictamente histórica de la muerte de Jesús y no la vincula a su vida, sus opciones, su mensaje. La solidaridad global con la humanidad deja de lado las solidaridades concretas y voluntarias que Jesús anudó con hombres concretos. Silencia las opciones mesiánicas de Jesús a favor de los oprimidos y excluidos.
Pero la muerte de Cristo solo revela su sentido si la vemos inserta en la trama de las opciones mesiánicas y de las solidaridades históricas concretas. Porque, aunque no rechazó a nadie, se vinculó estrechamente a los pequeños, los pobres, los pecadores, los amenazados y excluidos.
Y esto es precisamente lo que se juzgó inaceptable por sacrílego y peligroso. El castigo de la cruz vino a sancionar este exceso. La muerte de Jesús deja de ser un acontecimiento salvífico abstracto y adquiere un sentido concreto e histórico. Hace sal|ar por los aires el mundo del xecado que es radicalmente insolidaridad.
En su grito de abandono está implicado el ser mismo de Dios. Por su abandono, entrega a Dios a los abandonados de Dios. Jesús, abandonado de Dios, no puede dar a Dios como quien da un bien del que él mismo disfruta. Jesús en ese momento se siente vacío de Dios, sumido en la ausencia y el alejamiento. Lejos de tener algo que dar, comparte la pobreza de los “otros”. ¿Cómo podrá entonces darles a Dios?
Lo más amargo del sufrimiento de la crucifixión es que ni siquiera ve su razón de ser. Es un sufrimiento sin consuelo humano ni divino, sin recompensa, sin futuro.
La ausencia divina es el modo de presencia divina que corresponde al mal, a la ausencia experimentada. Quien no tiene consigo a Dios no puede experimentar su ausencia. En el dolor de la ausencia de Dios hay una presencia divina.
El sentimiento de ausencia nace de la convicción íntima de que el Dios santo no puede tener parte alguna, por mínima que sea, en la injusticia que se está cometiendo en la cruz. O Dios es la inocencia misma, o no existe. Negarse a ver la mano de Dios en el mal, en la injusticia, es rendir homenaje a su santidad, es una forma de adoración.
Pero esa convicción de la inocencia de Dios se da de bruces con la constatación de su no-intervención. Él podría actuar, impedir el mal, la tortura. Podría hacerlo, debería hacerlo, pero no lo hace. No interviene. Solo puede deberse a que está ausente, está como inexistente.
Y el hombre se encuentra solo. El sentimiento de la(ausencia divina se confunde con la soledad profunda del hombre. La soledad humana es un inmenso espacio para lo divino. La ausencia de Dios experimentada es fundamentalmente el modo de presencia divina en el hombre. Jesús la experimentó como nadie, porque es el que había experimentado más fuerte que nadie su proximidad en momentos de su vida. Su grito de abandono alcanza una profundidad única. Es el grito de la conciencia filial, privada ahora de esa proximidad experimentada del Padre. No es experiencia de falta de fe, sino de una fe mantenida en el abismo de la noche. Su grito es una oración desde la noche del mundo.

10.- Palabras finales
Al acabar nuestra reflexión podemos añadir: el “Dios mayor” no es solo el Dios otro; es Dios en relación con el “otro”. Se revela inagotablemente otro a través del otro. Para conocerlo debemos abrirnos constantemente al “otro” y hacerle sitio en nuestra propia itinerancia. No renunciando a nuestra identidad profunda, pero sí yendo como Cristo, hasta la cumbre final de nuestra fe, allí donde Dios, a través de la “herida de la relación”, se revela en su identidad propia, en su misterio trinitario, como relación al Otro. La acogida del otro es el pasaje pascual obligado para el conocimiento del Dios “siempre mayor”. La gran Pascua está delante de nosotros. Y está todavía por realizar.


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