lunes, 7 de enero de 2013

François Sureau: Íñigo. Por Javier Sánchez

Sureau, François: Íñigo. Una semblanza. Mensajero-Sal Terrae, Bilbao-Santander, 2012 (original de 2010). Colección "Principio y Fundamento" 10. 167 páginas. Traducción de Isidro Arias Pérez. Comentario realizado por Javier Sánchez.

"La figura de Ignacio de Loyola me resultó detestable durante mucho tiempo. Me parecía un perturbado permanentemente anegado en lágrimas que apelaba sin distinción a los sacrificios que una imaginación medieval le hacía concebir. No me gustaba ni su palabra, ni sus 'dos banderas', ni su pasado de soldado, ni su futuro de general del papa, ni su rostro de frente estrecha y huidiza... Su militarismo me molestaba, al igual que sus reglas y sus disciplinas y las mil argucias de su correspondencia. No entendía cómo la misma persona que, según la tradición oriental, había querido convertirse en 'loco por Cristo' y ser despreciado podía sopesar en sus cartas con tanta minuciosidad los pros y los contras de sus iniciativas y entenderse con los poderosos".

Así comienza el epílogo de esta obra. Fue esto lo que llamó mi atención y lo que me indujo a leer este libro. No porque mi imagen de Ignacio de Loyola coincidiera con la suya, sino porque si una persona piensa esto y, no obstante, se lanza a escribir una semblanza de san Ignacio, es porque ha descubierto en él algo nuevo, vital, deslumbrante. Y yo no me lo quería perder. Además, me llamó la atención el propio autor, François Sureau. Según se dice en la contraportada, es escritor y abogado. Fundador y presidente de la asociación "Pierre Claver" para la ayuda a refugiados e inmigrantes, es autor de numerosos libros, miembro del consejo de redacción de la revista Commentaire y colaborador de L'Express y Le Figaro. Por tanto, nos encontramos ante una semblanza de san Ignacio que no está escrita por un jesuita, sino por un laico. Bien.

El libro arranca con un Ignacio postrado en la cama en los últimos días de su vida. Sintiendo que llega su hora, le pide a Polanco que llame a los médicos y que vaya a continuación al Vaticano para solicitar la bendición del Papa tanto para Laínez como para él mismo. Polanco consulta al doctor Petroni, que considera que Ignacio no está en peligro, por lo que decide ir al Vaticano al día siguiente. Al amanecer, Ignacio agoniza. Se intenta localizar a su confesor, Pedro Riera, pero está ilocalizable. Polanco solicita la bendición del Papa, que se la concede al instante. Es en ese momento cuando Ignacio expira. Llama la atención que muriera sin haber recibido los últimos sacramentos, sin haber podido bendecir a sus hermanos ni designar su sucesor. Murió acorde a como fue toda su vida. Curioso que nunca la Iglesia le haya propuesto como ejemplo a sus fieles, pues ¿quién se atreve a seguir su camino tal cual él lo recorrió?

Hecha la introducción, Sureau se lanza a elaborar la semblanza de san Ignacio. El autor se centra en el período que va desde el asedio francés a la ciudadela de Pamplona (en el que participó Ignacio como soldado luchando contra los franceses) hasta el final de su estancia en la cueva de Manresa. Su intención no es escribir una historia detallada del santo, sino descender a los niveles más íntimos de su personalidad para tomar nota de su transformación espiritual.

Así, el autor comienza con una curiosa descripción: "era un hombre pequeño de pelo negro y tupido, perfil cortante, mirada directa, fuerte y libre de toda ensoñación; un hombre que sabía mandar y convencer, igualmente dotado para la persuasión y la brutalidad, decidido a hacerse famoso en el mundo sin reparar demasiado en los medios". Supongo que tenía madera de héroe. Hoy triunfaría en el mundo de las multinacionales. Pero tenía un problema: sus accesos de cólera. Cuando algo no salía como él tenía previsto... Su lema era no renunciar a nada para alcanzarlo todo. Y todo iba perfecto hasta que cayó gravemente herido. Sí, por una bala de cañón. Realmente le destrozó una pierna, lo cual le llevó al borde de la muerte. Tuvo que parar en seco durante mucho tiempo. ¿Cuántos santos han cambiado de vida una vez que se han enfrentado a la muerte tanto propia como ajena? La enfermedad, la dependencia, la renuncia a los ideales humanos... en muchas ocasiones se han convertido en el tiempo de la gracia de Dios, de la presencia silenciosa del Insondable, de la irrupción misteriosa del Absoluto. Así, Ignacio se dio cuenta de que un abismo separaba los sueños que él había tenido y su condición actual. Había que reconducir la vida, reflexionar sobre el sentido, dar un golpe de timón. La lectura de libros espirituales le ayudó en esta tarea e hizo que, de alguna manera, se enamorara de Jesús. Comprendió que no había hecho nada en su vida que mereciera la pena. "Tú no has sido creado para ser visto, conocido, amado, admirado o alabado, sino para ver, conocer, amar, admirar y alabar al Señor". Esta frase de Guigo le atravesó el corazón.


François Sureau en la presentación en Francia de su obra.
Aránzazu, Oñate, Navarrete... Montserrat, lo importante es el camino. Me llama la atención ver a Ignacio abriendo la Biblia al azar, al más puro estilo carismático, para encontrarse con la palabra de Dios. ¡Y vaya si la encontró! Y se vio a sí mismo como el herido abandonado medio muerto de la parábola del buen samaritano, pero con la convicción de que "el Señor dispone que todo suceda para el bien de quienes lo aman" (yo doy fe de que esto es verdad, y supongo que vosotros también).

Ya en Manresa, a través del sacerdote francés Dom Chanon, Ignacio escuchó algunas frases que resonaron en su espíritu durante mucho tiempo: "que debía buscar a Dios en lo más profundo de su corazón, y no fuera de él; que Dios no pedía sacrificios; que, estando ya el mundo lleno de ídolos, no convenía que los cristianos añadiesen el de Dios; que no debía temer lo que descubriera, por extraño que ello pudiera parecer...; que no se le exigiría nada que superase sus fuerzas, pero que debía estar en guardia para no confundir su voluntad y la de Dios...; que estuviese dispuesto a convertirse siempre de nuevo...". Estamos asistiendo a un período en la vida de Ignacio que pasa por distintas etapas, desde la de "Iglesia primitiva" y la de desierto a la de noche. Desde el entusiasmo inicial a la oscuridad más profunda. "¿Cómo se vive con Dios?" Esta era y es la gran pregunta del que quiere seguir al Señor de verdad.

De todos es conocida la fuerza de voluntad que Ignacio tenía. Decide ayunar hasta que Dios le hable. La imagen que se me viene a la cabeza es la de Jacob luchando con el ángel del Señor (como se narra en Génesis 32): "No te soltaré hasta que me hayas bendecido". El ayuno le lleva hasta la extenuación, le pone en una situación cercana a la muerte. Ignacio no había entendido todavía que el encuentro con Dios no se consigue con codos. Es una gracia. Pero el Señor quería que él se despojara absolutamente de todo, incluida su voluntad, para llenar totalmente su espíritu. Y así fue. Cuando Ignacio cae rendido, Dios lo envuelve con su gracia. Así comenzaría su etapa de ascensión. A partir de este momento, todo lo percibía de una forma totalmente distinta. Tanto la realidad exterior como su realidad personal. Ignacio entendió que "buscándose no se encuentra uno a sí mismo; que viéndose vivir no puede vivir uno ni hacerse libre por un esfuerzo de la voluntad; que Dios ha perdonado primero, que Dios perdona siempre, y que la obra de su Hijo continuará hasta el fin del mundo; que la única cuestión que merece la pena plantearse es la de saber cómo se ha de responder a este amor; y que, siendo Dios más presente a nosotros que nosotros mismos, la única forma de saber es examinarse uno mismo, reflexionando sobre las vicisitudes de la propia vida, sobre los signos que esta contiene, sobre la felicidad y la desgracia que en ella se encuentran". Supongo que esto que entendió Ignacio es fácil de leer, pero ¡qué difícil es de vivir! Menos mal que nos dejó un instrumento ideal para adentrarnos en los caminos de Dios: los Ejercicios Espirituales. Desde aquí mi invitación a que seas valiente y te animes a hacerlos.

No quisiera terminar este comentario sin citar dos biografías realmente buenas sobre san Ignacio que hay en castellano: Ignacio de Loyola, solo y a pie, de José Ignacio Tellechea Idígoras (Sígueme, 1986), e Ignacio de Loyola, nunca solo, de José María Rodríguez Olaizola (San Pablo, 2010). Existen muchas reediciones y son fáciles de encontrar. Tanto Tellechea como Olaizola son jesuitas y, como consecuencia, grandes conocedores de la figura de san Ignacio. La primera obra es histórica, detallista, algo árida en determinados momentos. La segunda es menos voluminosa y más cercana al lector de hoy. Mi recomendación es empezar por la que hemos comentado de Sureau, continuar con Olaizola y terminar con Tellechea. 

Para concluir, un agradecimiento y una oración. Agradecimiento a los jesuitas que me enseñaron esta oración desde pequeño y que, espero, tú tengas a bien aprender e intentar llevar a cabo en tu vida:


"Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer, Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro. Disponed a toda vuestra voluntad, dadme vuestro amor y gracia que ésta me basta".



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