viernes, 29 de abril de 2016

Julio Llamazares: El río del olvido. Por Jesús Ángel Rodríguez Arroyo

Llamazares, Julio: El río del olvido. Alfaguara, Madrid, 1990 (1ª edición). 232 páginas. Comentario realizado por Jesús Ángel Rodríguez Arroyo.

Este libro es particularmente curioso porque Llamazares hizo el viaje en 1981 y hasta 1990 no publicó el libro. Cada día me gusta más este autor. Le doy las gracias a la persona que me acercó a Llamazares, disfruto con cada libro suyo que leo.

Yo conocí personalmente al autor en la Feria del Libro de Madrid en 2015 y me cuesta pensar en que cuando el autor hizo el viaje en 1981 contaba solo con 26 años. En este libro encontrarás a un Llamazares maduro contando el viaje de un joven. Una prosa sencilla pero culta, con un lenguaje minucioso, unas descripciones que ayudan, nunca estorban.

El viaje no es lo que recorres, son las experiencias que vives. Mi frase favorita cuando hablo con alguien de viajes es: «No me cuentes qué has hecho en el viaje, dime lo que has sentido». ¿A quién de vosotros, cuando ha enseñado las fotos de un viaje, no le ha pasado que termina diciendo que las fotos no reflejan la belleza, ni lo bien que lo pasó ni las experiencias que tuvo?

Yo he leído la edición del 25º aniversario del viaje que cuenta con un prólogo del propio autor. En dicho prólogo cuenta que en esos 25 años han desaparecido las dos terceras partes de la población. Me atrevo a reproducir un párrafo:

«Este relato ha adquirido un valor testimonial ajeno a mis pretensiones cuando decidí escribirlo. Mi única intención entonces era retratar un mundo y hacerlo desde la óptica del escritor, más que desde la del estudioso. Esa intención es la que sigue vigente en mí por más que las circunstancias la puedan modificar a los ojos de algún lector, incluso a los de sus protagonistas. La literatura de viaje no significa para mí más que lo que significan otras, esto es, una forma de indagar en mis ideas y un modo de contrastarlas con la realidad que vivo. Insisto en esta cuestión, ya que a veces no parece quedar clara.»

Lo narra en tercera persona refiriéndose a sí mismo como “el viajero” y tiene cierta parte de razón, porque cuando escribió el libro ya no era el mismo. La vida nos va cambiando y, ay de aquél que no cambie, será porque está en el cementerio. Hay gente que ha muerto y todavía no se ha enterado. Esta es una historia de movimiento. 

En este libro encontrarás el viaje que hizo remontando el río Cureño desde su desembocadura en el río Porma en Barrio de Nuestra Señora, hasta su nacimiento en las montañas de León lindando con Asturias, en el Puerto de la Vegarada, donde asiste a la fiesta de los pastores. No se limita a visitar los pueblos que están en la ribera del Cureño, también va a ver pueblos que no están lejos y que forman parte de la idiosincrasia de la tierra. Aviados, Mata de Bérbula, Valdorria, Llamazares son algunos de esos pueblos. Mata de Bérbula es el pueblo donde pasó los primeros veranos con su familia cuando era niño. Otra vez le va cayendo la noche por el camino. Dice que tiene «la sensación de volver ahora a La Mata como si fuera un forastero. Quizá porque él lo es, por condición en todas partes. Quizá porque, en el fondo, en el país de la infancia, todos somos extranjeros.» Esa noche cenará con sus padres en la casa que construyó su abuelo hace más de 80 años, para dormir, nada mejor que bajo el cielo raso.

El viajero es osado en algunos de los comentarios que escribe, no tiene reparos en poner en el libro sus ideas políticas y religiosas.

Iremos leyendo historias y leyendas. La leyenda del río Porma en su unión con el Cureño. Historias como la casa del fantasma. Seremos testigos de una discusión sobre la lucha leonesa y sus campeones. Del hambre que en algunos momentos pasó el viajero porque no eran pueblos con infraestructura hostelera puesto que los viajeros son escasos, donde la primera comida es apoteósica y te ríes un montón con/del viajero. Conoceremos algunas de sus iglesias y ermitas, con sus curas correspondientes. También de esas siestas de agosto bajo los árboles en un prado (que a un servidor dan mucha envidia). También aparecen antiguos combatientes en la guerra contando sus sufrimientos, sus derrotas, nadie ganó. En una de ellas un desertor de la Guerra Civil se esconde en una agujero en la cuadra de su casa, ese mismo escondite lo utiliza uno de los maquis del libro Luna de Lobos. Habla de gentes desconfiadas porque los forasteros no le han traído nada bueno y en cambio, se lo han llevado. Se reencuentra con viejos conocidos. Descubre que las cárceles de régimen abierto se inventó en La Vecilla en los años 60. Montando en un viejo tren que remontan a duras penas los repechos para hacer un recorrido de 4 km y todo el mundo le mira mal porque hizo parar al tren en el apeadero para recogerle. Nos enteramos de que el pueblo Villarasil hace mucho que se quedó vacío, en el libro La Lluvia Amarilla leeremos sobre un hombre que se queda viviendo solo en el pueblo. También le invitan a una partida de caza de lobos.

En el balneario de Nocedo asistiremos a un escarceo amoroso con dos camareras a pesar de la goberanta que no le deja en paz en ninguno de los espacios públicos del balneario.

Me encanta que no tiene prisa, que no es llegar al final lo antes posible su meta, sino empaparse del paisaje, su historia, sus habitantes. Tarda 6 días en hacer unos 77 km. Para los que hemos hecho el Camino de Santiago es una lección que tarde o temprano aprendes, salvo que seas un cleptómano de metas y no te fijes ni por dónde vas. 

A continuación puedes ver la ruta que hace en el viaje.




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