viernes, 27 de noviembre de 2015

Pablo Albo y Pablo Auladell: Alas y olas. Por Fernando Vidal

Albo, Pablo y Auladell, Pablo: Alas y olas. Barbara Fiore Editora, Granada, 2011. 32 páginas. Comentario realizado por Fernando Vidal (Universidad Pontificia Comillas, @fervidal31).

Un delicado relato poético de Albo y envolventes pinturas murales de Auladell, maridan en este libro de gran formato que manejas como una carpeta de láminas. El cuento es una leyenda creacional en la que los esqueletos entregados por la pasión, logran la resurrección de su carne por el amor. Un hombre alado que se derrama por amor al mar y se hace monstruo marino. Una marinera que ahoga su rostro tras una borrosa mancha azul. Cuerpos mediterráneos de materia laboriosa, espolvoreada, moldeada a grafito, carboncillo y pastel. Un libro asombroso en el que han puesto mucha artesanía y hace emerger a tierra la esperanza de la carne en el amor. Una sofisticada edición de Barbara Fiore Editora.

El amor de la resurrección de la carne

Cuando uno entra en contacto con libro de tan gran formato, toma entre sus manos más una carpeta de cuadros, ya no es un libro ilustrado sino pinturas con palabras. El artesano es Pablo Auladell –a quien presentamos en nuestro comentario en el blog Libris Liberi sobre su obra El Paraíso perdido-. Pero pese la fuerza de las pinturas –que tienen mucho de grandes murales-, el relato se sostiene unido y con fuerza. El texto es un breve poema en prosa, delicado y precioso. El autor lo emparenta lejanamente con la leyenda esquimal de La mujer esqueleto, una historia también sobre el poder redentor del amor para resucitar la carne.

Pablo Albo (Alicante, 1971) se presenta como  domador de palabras y buscador de historias. “Es cuentista porque todo el rato lleva un cuento en la cabeza. O más. Se le salen de la boca. Algunos cuentos suyos los pusieron en libros para que viajaran solos”. Trabajador social, animador sociocultural, comunicador, desarrolla una trayectoria profesional de ésas que sólo justifica la pasión y la fe en el poder de la cultura. Entre sus libros destacaría Diógenes (Kalandraka, 2010) y Para una vez que me abrazan (Algar, 2012).  http://www.pabloalbo.com/

Cuando uno abre el libro –hay que estar sentado, apoyarlo en las piernas y usar ambas manos- en las guardas un ave naranja asciende por el cielo. El cielo ha sido creado con mucho trabajo pero sin romper el sosiego, movido por cierta melancolía barroca. En las nubes creo entrever la figura de un gran caballo. El mismo cielo nos espera en las contraguardas cuando se cierra el libro pero en vez de ave hay un pez dorado anaranjado, sin duda emparentado con aquel primer pájaro. Algo pasa entre las alas del primer ave y las aletas del último pez. ¿Qué?

La propuesta tiene aliento creacional. Una criatura aérea pierde sus alas por amor y se disuelve en el mar. Sólo aparece a los hombres como monstruo marino. Se enreda en los anzuelos de la marinera de la que enamoró y ella, negándose a abandonarlo, se abisma al mar tras él, muere y queda reducida a su esqueleto. Pero el amor siempre puede más. Se tocan y se produce el gran milagro –todo lo anterior eran sólo prodigios o leyenda-, vuelve la carne a sus cuerpos. Se besan y vuelve la carne a sus labios. Así, quedan recreados, resucitados y emergen para caminar por la tierra de los vivos, aunque siempre quedan entre sus besos el sabor del aire de las alas y la sal de las olas del mar. Una historia en la que se muestra cómo el amor nos saca de lo nuestro –sea aire, tierra o mar- y todo lo que por amor se haga nunca fracasa, o no para siempre. El relato cree que el amor es capaz de la resurrección de la carne.

La calidad literaria del cuento de Albo es sutil. El hombre -al que le habían regalado el don de alas- llevaba una vida aérea en la que no envejecía pero tampoco conocía el placer: “Ni arruga ni abrazos, así era la vida en el aire”. Una vida sublimada, angelical, desencarnada, segura pero sin conocimiento de las pasiones de la libertad.

El momento del encuentro con su amada pescadora fue dramático. Ella se ahogaba y él la salvó simplemente con su asombrosa presencia. Entonces rompe la única condición que –como la prohibición de comer de aquel árbol del Edén- le habían impuesto para gozar de las alas: no aprovechar su poder de vuelo para “conocer la intimidad de los otros”. Coincide con la clave del fruto prohibido por Dios, que no era el árbol de la ciencia ni de la sabiduría ni la conciencia ni la libertad ni la razón sino el árbol de la intimidad del Otro, de Dios: aquello del otro que nunca debemos violentar, su espacio íntimo que siempre será misterioso y debemos respetar. El pecado de Adán y Eva no va sobre el poder del saber sino sobre el abuso de poder contra la confianza y la intimidad del otro. En nuestro relato Alas y olas, el hombre alado no pudo evitar la tentación de visitar a la marinera, pensó que tras salvarla tenía derecho a ello, “su boca quiso asomarse a la de ella porque dentro de aquella mujer parecía rugir un mar que le llamaba”. Las nubes le despojaron de las alas y cayó al mar. El mar fue compasivo con él y le llevó a la gruta donde nace la sal del océano, donde alimentó a los peces con su carne y se convirtió en un monstruo marino de desnudos huesos de nácar, de cuya cabeza se extendían algas a la luz. Durante años “la soledad fue creciendo en el vacío de las entrañas hasta que llegaba a hacerse más grande que él mismo”. Quería “llorar su pena pero sin ojos que recogieron las lágrimas de que vivía rodeado”.

La marinera seguía partiendo al mar esperando hallar algún día a aquel alado amado, pero él, incapaz de mostrarse, besaba los peces que ponía en los anzuelos con que ella pescaba. Así llegó a encontrarse con él y se entregó más allá de la muerte al amor. Una historia poderosa sobre encarnación y resurrección que tiene mucho más alcance del que se puede explicar. Su fuerza se multiplica con las pinturas de Pablo Auladell. Éstas ilustran la historia con un lenguaje mural, original, dulce y cautivador.

Murales de un Mediterráneo intemporal

En los murales-ilustraciones –es fácil imaginarlos en tamaño descomunal en la medianera de una ciudad o la fachada de un hotel frente al mar- toda la materia tiene un complejo trabajo que es capaz de darle intensidad a la par que ligereza. Esa densidad de la textura desliza difuminados, espolvorea carboncillo, marca contornos con una fina línea de grafito que parece simplemente rodear la materia como quien traza zonas sobre un cuerpo. En parte no podemos dejar de pensar que Auladell no sólo dibuja sino que más bien moldea las figuras, hay algo de trabajo sobre ellas que recuerda más bien el trabajo con arcillas que una mera relación con el papel. Sin embargo son volúmenes humildes, sumisos al vuelo del papel.

Las anatomías son dulces, sofisticadas y lánguidas. En cuanto las contemplas te incorpora a la tradición mediterránea de los cuerpos desnudos del Laocoonte del Greco y las melancólicas figuras del Picasso rosa –también muy deudoras del maestro de Toledo-.

El hombre alado viste una gama extensa de naranjas, que también pinta su rostro con una máscara de maquillaje y arde en sus alas, que parecen soltar polvo de tal color al planear. Por la superficie de su alargado cuerpo, los naranjas cambian de tonos, se hacen arenosos, hay concentraciones pastosas, se dejan emborronar con lápiz grueso frotado con suavidad. Es el ave que en las guardas levantaba el vuelo. El hombre alado tiene desnudas las manos y el cuello. El cabello es un ovillo renacentista. La piel es color ceniza, esparcida irregularmente, creando leves sombras y un lento movimiento que todo el tiempo se sale de la raya. Un discreto sombrerito blanco –como el de los emigrantes italianos que se embarcaban a comienzos del siglo XX- corona su cabeza de viajero. Su expresión es bondadosa y angelical. La disposición del cuerpo, suspendida en el aire, deslizándose por los cielos. Su aspecto es propio de un bailarín de danza, espigado y blando. Cuando se transfigura en monstruo marino será un enorme rostro con forma de fondo marino, de tristeza serena y meditativo. Mostrará ante unos pescadores una cola naranja de sireno. Al salir del mar junto a la la marinera, ambos estarán muy próximos a las figuras de Adán y Eva que El Greco moldeó. Esa aproximación es buscada por Auladell, enseguida las reconocemos por su desnudez, la vegetación intentando cubrir el detalle con pudor y el modo de entrar en la soledad del nuevo Jardín que se les da. Ese cántico creacional –o más bien la recreación a través de la libertad del amor que fue pasional perdición y resucitada salvación- ya estaba marcado desde el comienzo.

Auladell acompaña al personaje con criaturas que ayudan a definirle. Mientras vuela, pájaros le flanquean. Cuando cae al mar, cada una de sus alas se desprenden y son sustraídas traslúcidas para convertirse en nubes. Junto al hombre precipitándose, cae un pez volador que anticipa la transformación de aire a mar: su cuerpo es azul –el hombre se va a hacer marino- y el rostro espantado del pez es rojo oscuro, sanguíneo, pasional. Otro pez también de rostro encarnado le recibirá entre las olas del mar. Cuando el hombre alado envíe meces a los anzuelos de la marinera. Éstos serán naranjas como él lo fue en su estadio aéreo anterior.

Cuando el hombre alado se encontró con la marinera, ésta estaba “desvalida en su barca llena de agua”, condenada a ahogarse. Él le da aire que hace flotar, permite respirar, desagua lo anegado. En el mar bravío, la pescadora está en pie sobre su barca oscura. Viste un traje decimonónico de melancolía borrascosa –como una hermana Brontë- bajo un rostro estoico y enigmático que asombrosamente Auladell pone tras un gran mancha azul –velo, aliento o simplemente símbolo del presentimiento de ahogamiento-. En las siguientes láminas, su rostro está también impregnado de ese azul denso y pastoso. Cuando el amor la haya redimido y devuelto la carne, al salir a tierra aún mostrará algo de perfil su rostro azulón.

Pocas figuras humanas más aparecen en el libro. Cuatro marineros contemplan en una doble página la cola naranja del antaño hombre alado. Sus cuerpos son de color carne. Más picassianos que del Greco, tienen una gestualidad arcaizante. Uno de ellos mira al espectador y muestra amablemente con su mano la escena, al modo clásico. Nos quiere advertir de que es una realidad intemporal. El paisaje es relevante. Un hábitat italianizante, velado por calimas, de gran llanura y monte lejano y desgastado, escenario teatral. Casas blancas granuladas y difuminadas. Tierra parda de oscura vegetación. Las olas son rápidos movimientos rayados, un mar de abismos, sobrio y verdoso.

Desde la última doble lámina del libro –la misma ilustración que cubre toda la superficie de portada y contraportada- nos mira con rostro lunar un ángel sirena –alas naranjas, vestido azul, piel pálida, rostro trascendente-, que parece haber sustraído los estados perdidos por los dos protagonistas: aire y mar. Es un ser aéreo y marino, de alas y olas. Tras él, sólo el pez naranja-dorado está a punto de huir por la esquina inferior derecha del final de libro. Su aspecto no es del Greco ni Picasso, sino una original criatura ya totalmente original de Auladell, que parece tomar lo que Greco y Picasso dejaron libre. Cierro el libro y tengo la sensación de haber cruzado una galería de arte, con amplias paredes blancas, cortos textos evocadores junto a cada mural. Le doy la vuelta. Necesito leerlo otra vez. Ha pasado un ángel, Albo y Auladell le han dado papel al amor y nos han abierto al misterio de la resurrección de la carne.



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