Luciani, Rafael: Regresar a Jesús de Nazaret. Conocer a Dios y al ser humano a través de la vida de Jesús. PPC, Madrid, 2014. 326 páginas. Comentario realizado por Lázaro Sanz Velázquez.
«Después de veinte siglos de cristianismo, los que nos decimos “cristianos” hemos de regresar a Jesús para arraigar nuestra fe» (p. 5). Esta es la vigorosa llamada que nos hace Rafael Luciani (profesor de la Universidad Católica Andrés Bello y de la Universidad Pontificia Salesiana) en este trabajo, invitándonos a revisar radicalmente modos pocos correctos de pensar a Jesucristo, prácticas religiosas poco fieles a Jesús, estilos de vida que desfiguran el seguimiento de Cristo.
Su propósito es abrir un camino que, recuperando la memoria histórica de Jesús, nos conduzca a vivir con el mismo espíritu con que él vivió su humanidad y, así, nos ayude a encontrarnos con el Dios vivo del Reino, a cuyo servicio entregó su vida entera.
Para Rafael Luciani, «regresar a Jesús no es simplemente buscar saber más datos históricos o arqueológicos acerca de su vida, o comprobar si los que tenemos fueron o no históricos, o a qué estrato de la tradición pertenecen. Es retomar el espíritu con que él vivió su humanidad y discernir, desde ahí, la nuestra. Es encontrar a Dios donde él lo encontró» (p. 23). Se trata, pues, en primer lugar, de aceptar la humanidad histórica de Jesús como paradigma de nuestro modo de ser humanos: lo que se nos revela en Jesús es el modo de vivir más humano y humanizador que puede haber, pues responde fielmente a la voluntad de un Dios, que solo quiere y busca un mundo más humano. En segundo lugar, es necesario poner en práctica esa praxis concreta de Jesús como realidad última y definitiva: al hacerlo así, estamos confesando que Jesús es el Mesías, el Cristo de nuestra fe. Por último, «regresar a Jesús» exige comprometernos, como él, al servicio no de una religión convencional, sino de la causa del Reino de Dios: este compromiso se va concretando en una actuación firme contra las condiciones históricas que obstaculizan su reinado de paz y justicia y en el desarrollo de una práctica fraterna al servicio de todas las víctimas. De este modo, el Reino de Dios sigue aconteciendo en nuestros días.
La importancia que puede tener en estos momentos este enfoque de Rafael Luciani para ampliar el horizonte en el estudio de la figura de Jesucristo está basada en una doble razón, tal como afirma José Antonio Pagola en el prólogo. Por una parte, la apelación a la memoria de Jesús guardada, discernida y transmitida por las primeras comunidades cristianas nos permite tomar conciencia más clara de las limitaciones de una investigación histórico-critica cuando se reduce a reconstruir la historia de Jesús aislándolo en el contexto socio-político de la Galilea de los años treinta. Por otra parte, nos invita a desarrollar la cristología, no desde la absolutización de la reflexión metafísica de la naturaleza humana y divina de Cristo, sino desde la determinación de los elementos concretos que configuran la práctica histórica según la memoria viva guardada por los cristianos.
Para ello el autor, fiel a su enfoque, permanece atento a los recuerdos de Jesús guardados, meditados y transmitidos por sus primeros seguidores. En ellos es posible reconocer el espíritu con el que él se entregó al servicio del Reino de Dios. Desde ahí podemos acercarnos nosotros al proceso de discernimiento que lleva a cabo el mismo Jesús para ir configurando su servicio mesiánico respondiendo fielmente al Reino de Dios. Para captar de manera adecuada ese proceso vivido por Jesús en la búsqueda de su identidad mesiánica, el autor tiene en cuenta tres hechos que, con frecuencia, no son considerados suficientemente por la investigación histórica de la figura de Jesús. En primer lugar, la relación personal de Jesús con Dios. El Dios al que ora y en el que confía no es un Dios poderoso y vengativo, sino un Padre bueno y misericordioso. Su fidelidad absoluta a ese Padre distancia a Jesús del mesianismo davídico y de cualquier ideología o práctica violenta, contrarias a la compasión fraterna. En segundo lugar, la espiritualidad de los pobres de Yahvé. Jesús ha crecido y ha sido educado en el clima espiritual de esos campesinos empobrecidos, humillados y despreciados por los poderosos y que ponen toda su confianza en Dios y no tanto en las prácticas religiosas o la observancia estricta de normas y ritos de pureza. Entre los anawim aprenderá Jesús a confiar en el Padre como un pobre, conocerá que ese Dios está a favor de los pobres e irá descubriendo que es posible construir una vida más humana desde los que no tienen futuro en un mundo dominado por los poderosos; estos pobres son los que heredarán la tierra. En tercer lugar, la relectura que hace Jesús de las Escrituras de Israel. En ellas se alimenta Jesús para discernir y asumir el espíritu y los rasgos humanos que responden mejor al servicio que ha de realizar a la causa del Reino de Dios.
Quienes lean esta obra valorarán el esfuerzo del autor por recuperar la memoria de Jesús, recogida y transmitida por sus primeros seguidores, como vía para acceder al conocimiento de Jesucristo. Este libro ayudará a otros lectores a entender mejor la actuación mesiánica de Jesús, la calidad humana de su entrega total a la causa del Reino de Dios o su actitud ante la crucifixión. Habrá quienes se fijen más en rasgos fundamentales de Jesús, vistos con una nueva luz y subrayados con insistencia por el autor: su renuncia a toda violencia, su solidaridad fraterna, su opción por las víctimas, su compasión, su capacidad de cargar con el pecado y la aflicción del ser humano. Finalmente, habrá quienes acojan con satisfacción este libro ante la necesidad urgente de una renovación radical del cristianismo, que solo puede producirse si somos capaces de regresar a Jesús.


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