jueves, 19 de marzo de 2015

Irene Lozano y Zaida Cantera: No, mi general. Por Fernando Vidal

Lozano, Irene y Cantera, Zaida: No, mi general.  Plaza Janés, Barcelona, 2015.  264 páginas. Comentario realizado por Fernando Vidal (Universidad Pontificia Comillas, @fervidal31).

No, mi general es un libro testimonial sobre el acoso sexual, laboral e institucional contra una capitana del Ejército de Tierra, Zaida Cantera, a quien una diputada del parlamento español –Irene Lozano- ayudó a defender. Esta diputada cuenta la historia de la actual comandante Zaida Cantera en tercera persona, aquellas cuestiones sobre las que se ha hecho justicia y otras muchas que permanecen en la impunidad. Hubo una conspiración de silencio entre un círculo de altos mandos del Ejército de Tierra y los conspiradores continúan impunes o incluso promovidos en pago por haber permanecido en silencio. El libro permite empatizar con la víctima y conocer con detalle el proceso que vivió, compartido con muchas otras personas acosadas fuera y dentro del ejército y movilizarse en su defensa. La comandante Zaida Cantera forma ya parte destacada de la historia del Ejército en España al haber sido la primera mujer víctima cuyo acosador, un oficial superior, ha sido condenado. Además de sus meritorias labores militares en misiones de la ONU, Zaida Cantera ha prestado un impagable servicio a la dignidad de todos los hombres y mujeres de las Fuerzas Armadas. Su historia está permitiendo dar un salto cualitativo en la defensa de los militares y el honor de la institución. El futuro le guardará un lugar de honor por su sufrimiento y valentía y a sus acusadores y cómplices les espera el más triste papel en el futuro escrito de la historia del Ejército de Tierra español, por muy alto que sea el grado a que sean ascendidos. La historia de Zaida continúa y su caso se ha convertido en una causa.

El libro es un testimonio desde la perspectiva de la víctima, pero incorpora los hechos objetivos que la sentencia judicial dio por probados y otras muchas evidencias que convierten esta historia en lo que un general denominó “un caso de acoso de manual”. Está escrito de una forma directa y con sólidas argumentaciones. En ningún caso se convierte en demagogia contra el Ejército sino, por el contrario, salvaguarda la institución y la defiende contra quien quiere usarla.

Zaida, la esforzada hija de un obrero de Pegaso

Hasta que la comandante Zaida Cantero denunció acoso sexual, ninguna mujer lo había hecho en las Fuerzas Armadas. “Incluso con pruebas, una denuncia por acoso sexual o cualquier otro tipo de acoso es inverosímil” (p.32) porque la precariedad laboral dentro de Ejército lleva a que fácilmente dicha persona sea despedida. Por miedo a perder el empleo o la carrera, las mujeres se ven forzadas a no denunciar. El caso de la comandante Zaida Cantera se hizo célebre en España por la emisión del quinto capítulo de la décima temporada del programa televisivo Salvados, dirigido por el periodista Jordi Évole (http://www.atresplayer.com/television/programas/salvados/temporada-10/capitulo-5-zaida-cantera_2015030700222.html).  La historia de la comandante Zaida Cantera de Castro comienza en el libro cuando es una capitana boina azul que regresa en abril de 2008 de una misión en el Líbano, condecorada con la medalla UNIFIL de la ONU. Anteriormente había ya participado en misiones internacionales en Kosovo. Pertenecía al Regimiento de Transmisiones y tenía orden de incorporarse a la base militar de Marines, en Valencia.

Zaida había llegado al ejército por vocación. Hija de una familia obrera cuyo padre trabajaba en la fábrica de Pegaso del Corredor del Henares de Madrid, fue educada en el esfuerzo. Destacó como deportista en varias disciplinas pero fue la natación la que le condujo a ser miembro de la selección española y campeona de España. Su padre sufrió un accidente de tráfico mientras regresaba del trabajo y quedó incapacitado. Ella se vio obligada a buscar un trabajo pronto para poder contribuir a la economía doméstica. Se sentía inclinada a ingresar en la Armada, pero finalmente aprobó las oposiciones para ingresar en la Academia General Militar para formarse como oficial. “EN su imaginario, combatir era una forma de proteger a los demás” (p.98). En el ejército conoció a su marido, quien también era oficial, número uno de su promoción.

Acoso y desprotección

Al regreso de su misión internacional en la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas para el Líbano, la capitana Zaida Cantero coincidió en la misma base con un teniente coronel llamado Isidro José de Lezcano-Mújica, al frente del I Batallón. Ella no le conocía de nada pero pronto sabría que era un oficial que había acosado a mujeres durante su carrera. Pese a ello, nunca había sido expedientado y menos aún denunciado. Su hoja de servicios estaba oficialmente limpia. Únicamente en alguna ocasión se le había sugerido que cambiara de destino. “Su comportamiento cotidiano es el de un delincuente impune; sobre el papel, un inmejorable servidor de España” (p.34).

Desde el inicio, el teniente coronel Lezcano-Mújica buscó su compañía. Le pidió que ejerciera para él labores de “secretaria con falda corta” y le amenazó con perjudicar su carrera a menos que accediera a sus pretensiones: “Te interesa llevarte bien conmigo porque eso es bueno para tu carrera” (p.37). El teniente coronel Lezcano-Mújica le acaricia la pierna y pretende más en medio de una reunión, ante lo cual Zaida reacciona levantándose. Ella desde el primer momento le puso límites –“para usted soy una capitán del Ejército español y no una mujer. Téngalo presente. A mí no me toca nadie más que mi marido”, le dijo-  y protestó por el trato e insinuaciones ante sus superiores pero éstos no hicieron caso. Al verse rechazado y denunciado, el teniente coronel Lezcano-Mújica reaccionó agresivamente: inició una campaña de descalificaciones contra Zaida y su acoso contra ella fue más virulento y obsesivo. “Ha convertido su vida en un acoso constante, un martilleo que nunca deja de perseguirla y que puede irrumpir de manera imprevista” (p.70).

Zaida Cantera
Zaida había puesto una gran fe en el principio castrense de que “debían cuidar los unos de los otros y especialmente un militar de jerarquía inferior tenía derecho a la certeza de que sus superiores velarían por él” (p.172). “Por desgracia, la institución a la que pertenece va a dar muestras de carecer de la cultura de organización necesaria para detener abusos de poder, incluso cuando se manifiestan de forma cruel” (p.41). Los superiores no quisieron intervenir pese a tener denuncias por escrito en las que la capitana Cantero les rogaba protección. Por un lado, no quieren ganarse la enemistad de un oficial porque puede perjudicar sus propias carreras. Por otra parte, su machismo les lleva a no creer a la mujer víctima de acoso y, en todo caso, a no pensar que eso es constitutivo de delito sino que, en todo caso, debería ser arreglado de un modo más informal. Los superiores tratan de salvar su propia posición mostrando una cómplice neutralidad: “reaccionan como si pensaran que ser ecuánimes consiste en no creer ni las críticas de Lezcano contra ella ni las quejas de Zaida hacia su acosador”.

Al verse descubierto como acosador, el teniente coronel Lezcano-Mújica, trató violentamente de callar a la víctima e intensificar su ataque para que abandonara el Ejército. Llegó incluso a mandar a su batallón que, en el curso de unas maniobras militares, atacaran con tracas la tienda de campaña en la que dormía la capitana y escribieran una pintada: “Zaida, no vuelvas”.  Solidariamente, otros oficiales le habían advertido y Zaida no estaba en aquella tienda de campaña. El teniente coronel Lezcano-Mújica “se ha convertido en un hombre tóxico no sólo para ella, sino para todo el regimiento, pero nadie lo detiene” (p.69).

En el libro de Zaida constan los nombres propios de quienes le acosaron, quienes fueron sus cómplices, pero no de todos los que la ayudaron –ya que quiere protegerlos-. Zaida dice que esos muchos compañeros que la protegieron –por ejemplo, hubo un grupo que siempre la escoltaba en sus movimientos por la base para que Lezcano-Mújica no la atacara- son los verdaderos protagonistas del libro. Pero las autoras le dan mucha importancia a que consten los nombres de los acosadores y cómplices, pues –a excepción únicamente de Lezcano-Mújica, todos permanecen impunes-.

Es el caso del teniente coronel del II batallón de la base de Marines, al que pertenecía Zaida Cantero, el teniente coronel Carlos Andrade Perdrix. Cuando esté ante el tribunal como testigo en la denuncia que Zaida presentó contra Lezcano-Mújica, el Tribunal Militar Central recriminó  al teniente coronel Andrade su conocimiento y pasividad. No obstante, fue ascendido a coronel en marzo de 2010 y recibió dos cruces al mérito militar. Su permisividad del acoso de Lezcano-Mújica dejó que fuera violada la primera barrera de protección de los oficiales. Simplemente recurrió a llamar la atención informalmente a su compañero Lezcano-Mújica: “Ya le he dicho que se busque los líos de faldas fuera del cuartel, pero no me hace caso” (p.72). Las denuncias llegan al teniente coronel Vicente Brines Bernia y suben hasta el general de brigada Eduardo Acuña Quirós, quienes tampoco quisieron actuar. También el  Tribunal Militar Central les reprochará haber tenido conocimiento del grave acoso y no haber cumplido su deber de actuar en tal caso.

Códigos Rojos para criminalizar a la víctima como culpable

Los compañeros y superiores de Lezcano-Mújica forman un círculo que se autoprotege pese a los desmanes del teniente coronel. Es la propia institución la que ejercer presión como acosadora contra una capitana que cada vez está más indefensa. “Hay un pacto tácito por el que los mandos tienden a no inmiscuirse en el corral de cada cual: forma parte del código”, dice la capitana cantero. Un día, Lezcano-Mújica encuentra a Zaida sola en la base y apunta con su mano en forma de pistola a la sien de la capitana mientras le susurra “Tu carrera está acabada”. Fueron quince meses de extremo acoso y agresión sin que ningún superior la protegiera sino que, por el contrario, permitían sin estorbo el acoso del teniente coronel. “Parece que todos los caminos conducen al infierno” (p.83). “EL terror psicológico que Lezcano le infundió desde el primer momento fue evolucionando hacia el miedo físico, el temor a una agresión” (p.85). En una ocasión, mientras ella llevaba un material a su coche, Lezcano-Mújica -a plena luz del día y vistiendo ambos el uniforme- se abalanza contra ella, la empuja contra el coche y la agrede.

Zaida informa al teniente coronel de su II Batallón –Carlos Andrade- pero éste le quita importancia al suceso. Parece que sólo un crimen de sangre contra Zaida pudiera ser suficiente para que alguien se decidiera a actuar. “La cobardía y la prelación de sus carreras sobre todo lo demás, paraliza a los mandos. En las Fuerzas Armadas Españolas, caer bien a los jefes y no causar molestias constituyen méritos innegables… Ningún superior quiere mancharse las manos asumiendo el conflicto andante que ella representa” (p.87).

Como en los casos de acoso, se trata de convertir a la víctima en culpable, criminalizándola, excluyéndola y atacándola. “Ese mundo le hace sentir que ella es la inadaptada. El mensaje resulta nítido: tú eres la que no ha sabido integrarse en el sistema, tú eres el cuerpo extraño, el problema” (p.75). “No me permiten ser la víctima, quieren tratarme como si yo fuera la culpable a quien hay que expulsar” (p.89). La diputada Irene Lozano, se pregunta ante esto, “¿No será que la mujer acosada sufre el doble castigo de verse menospreciada y vilipendiada por sus superiores? En suma, ¿no será ésta una guerra invisible que está teniendo lugar dentro de las Fuerzas Armadas españolas sin que no veamos, y cuyas víctimas no denuncian por miedo?” (p.129).

Los códigos rojos son todas las normas institucionales no escritas que se aplican a conflictos. Todos los códigos rojos de las Fuerzas Armadas coaccionaban para que nunca se denunciara a un superior. Pero Zaida, llevada a la desesperación, la desprotección y el terror a sufrir una agresión de mayor alcance, se decide a denunciar. Escribe su relato de los hechos para un abogado civil especializado en jurisdicción militar. Es el momento en que decide informar a su marido, a quien le da esos mismos folios para que los lea. Ella había mantenido a su marido en la ignorancia para proteger su carrera militar porque sabía que se inmiscuía se quedaría sin el futuro brillante que prometían sus calificaciones y desempeños en la institución. EL propio marido duda de que la denuncia formal sea el camino. -Sabes que eso significa acabar con tu carrera, ¿verdad?-, le pregunta a ella y le sugiere que aplique los códigos rojos: arreglar eso por las vías extrarreglamentarias -¿No hay posibilidad de arreglarlo internamente, Zaida?-.  “Plantar cara a un superior sin escrúpulos puede perjudicar de forma irreversible su carrera y su prestigio” (p.31). Más tarde también su marido se avergonzará de haber pretendido apaños informales. Todos los varones tenemos mucho que desaprender.

Denuncia y condena

Comenzado el proceso judicial contra Lezcano-Mújica, a Zaida se le privó de mandar tropa y fue trasladada a Sevilla. Reemprende en Sevilla su vida y se normaliza. Pero a finales de 2011 llega a la base de Dos Hermanas el coronel Roberto Villanueva Barrios, compañero y amigo del acusado Lezcano-Mújica. El acoso sexual ha quedado atrás pero comienza un intenso acoso laboral e institucional cuyo objetivo es desacreditarla de cara al tribunal y procurar su expulsión o abandono del Ejército. Lezcano-Mújica es imputado, lo cual no obstaculiza que la institución le ascienda a coronel sin ninguna objeción. “Incluso lo seleccionan para el curso que permite el acceso a general, al que sólo los elegidos acceden”. Hay un grupo de miembro de la elite del Ejército que solidarizados con el acosador, no están dispuestos a que sus delitos contra una simple mujer se interpongan entre ellos.

En el juicio Lezcano-Mújica trata de convencer al tribunal que Zaida ha sido la acosadora y expresa su intención de no volver a acercarse a ninguna mujer en el Ejército por miedo a ser acusado por ellas de algo que dice nunca haber hecho. Los testigos de mayor graduación no se posicionan ante el tribunal amparándose en que no recuerdan o tienen fallos de memoria. Los oficiales que habían recibido formalmente las peticiones de protección de Zaida, dicen no saber ni recordar nada. Es una conspiración de silencio y los conspiradores continúan impunes o incluso promovidos en pago por haber permanecido inertes y amnésicos. También hay testigos que tienen la valentía de declarar la verdad.

En una fecha tan señalada para los Derechos de la Mujer como el 8 de marzo, es dada a conocer en 2012 la sentencia del Tribunal Militar Central contra el ya entonces asscendido coronel Lezcano-Mújica. El Tribunal estaba formado por el presidente general consejero togado Antonio Gutiérrez de la Peña, el vocal general auditor Eduardo Matamoros y el vocal general de brigada Miguel Ángel Ballesteros. “La pena impuesta… supone la más dura condena que haya recaído sobre un militar por abuso de autoridad en la historia reciente del Ejército de Tierra español” (p.151).

El Tribunal Militar Central dio como hechos probados los actos de hostigamiento de Lezcano-Mújica contra Zaida, todas y cada una de las agresiones y abusos, verbales y físicos; se consideraron probados por los testigos. “Asimismo queda demostrado  que conocían los hechos” tanto el teniente coronel Carlos Andrade Perdrix, el teniente coronel Vicente Brines Bernia y el general de brigada Eduardo Acuña Quirós. Ella pidió protección por el conducto reglamentario y ellos hicieron oídos sordos, no quisieron actuar o ni siquiera quisieron recibirla como es el caso del general Acuña. El Tribunal les recrimina su inacción y desprotección, así como su labor de obstaculización de la acción de la Justicia al haber fingido no recordar. No obstante, sus amigos no les dejarán en la estacada sino que premiarán su complicidad con Lezcano-Mújica: Andrade ascendió a coronel en 2010, Brines ascendió a coronel en 2014 y Acuña pasó a la reserva en 2013 pero desde entonces es director general de una empresa que tiene el cuantioso contrato de mantenimiento de la base que él mismo había tenido bajo su mando. Es lo que se conoce por una eficaz “puerta giratoria”: tras desempeñar un cargo público, se aprovecha de dicho cargo desde la empresa privada.

Lezcano-Mújica es condenado por la acción “denigrante y envilecedora” y “actos indignos y absolutamente reprochables” contra Zaida. Pero le impusieron dos años y diez meses de condena para que no alcanzara los tres años a partir de los cuales se pierde la condición de militar. Además, no pudo ser condenado por acoso sexual porque no es un delito tipificado en el código disciplinar militar.

Se intensifica el acoso y derribo contra Zaida por parte de la institución

Pero una vez que Lezcano-Mújica fue condenado, los problemas de Zaida no hicieron sino empezar. A su marido le hacen el absoluto vacío y es objeto del desprecio de sus superiores. Le acusan de no haber sabido parar la denuncia que hizo su mujer o incluso de haberla incitado a denunciar. Son tan machistas que son incapaces de reconocer que una mujer pueda actuar por propia autonomía. Los informes de evaluación (IPEC) sobre el marido son manipulados para pasen de ser los propios de alguien que había sido número uno de su promoción al de uno de los peores comandantes.

El coronel Roberto Villanueva Barrios lidera el acoso laboral e institucional. “Primero llega el abandono de sus mandos, después la persecución” (p.169). Va a Madrid y se informa de cómo puede lograrse expulsar a Zaida del Ejército. Hay dos vías: un informe de evaluación (IPEC) extremadamente negativo o un diagnóstico psicológico que informe de su incapacidad para desempeñar su función. Va a empujar ambas junto con el acoso laboral.

El acoso se muestra especialmente cruel cuando a su padre le diagnostican un cáncer. Le van a operar de gravedad y la única hermana de Zaida está embarazada, razón por la cual no puede estar en el hospital cumpliendo la labor de acompañamiento de su padre durante la intervención quirúrgica y, sobre todo la presencia para tomar decisiones como familia en caso de que haya complicaciones. Zaida podía pedir días propios pero opta por ir sobre seguro y solicita permiso oficial para acompañar a su padre. El coronel Villanueva se muestra cruel e inflexible y le pide que el hospital acredite documentalmente el grado de gravedad de la enfermedad del padre de Zaida. Es un documento que a nadie anteriormente se le había requerido y que un hospital no extiende. Se le impide asistir a dicha operación por imposición.

Simultáneamente, se produce otra circunstancia. Se le permite que estudie para obtener el acceso al curso llamado CAPACET que da acceso al grado de comandante, pero se le obliga a que si quiere estudiar ese acceso lo haga durante sus vacaciones. Pero la norma obliga a que dicho estudio sea realizado durante el tiempo de trabajo y residiendo en el cuartel, así que no se le puede obligar a que sea durante vacaciones. Zaida le informa de que tal medida no se ajusta a la legalidad y el coronel Villanueva le dice, “No todo en el Ejército es legalidad, como tú has pretendido demostrar con mi compañero en los tribunales” (p.183). A Zaida le queda claro que el coronel actúa por venganza de su amigo y compañero, el acosador condenado Lezcano-Mújica. Puestos a poner más obstáculos, el coronel Villanueva le impide tomar vacaciones como una medida para ejercer mayor presión sobre ella. Zaida pide protección a su inmediato superior, el general de división José Manuel Roldán, pero éste no hace nada sino dar la razón al coronel Villanueva.

Contra Zaida se forma un círculo de mandos dispuestos a hacerle pagar su denuncia contra Lezcano-Mújica. En parte lo hacen porque son amigos del acosador, pero también para castigar que haya formulado legalmente el proceso y no haya aguantado o haya actuado por conductos informales. Eso ha expuesto al Ejército a lo que ellos consideran descrédito público y son firmes defensores de que los trapos sucios se lavan en casa y de las conspiraciones de silencio. La cadena de acosadores y cómplices llega muy alto. “No hubo ninguna conjura planificada, porque no fue necesaria. Simplemente las alianzas e intereses de quienes se sentían pertenecer al mismo estamento que el acosador condenado funcionaron de forma natural. Las amistades personales, los clanes, las familias… hicieron el resto” (p.188).

Ese coronel Roberto Villanueva Barrios bajo cuya autoridad está Zaida en Dos Hermanas, tiene un hermano –Luis Villanueva barrios- que despacha diariamente con el JEME (Jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra).

Zaida, que era una oficial que había puesto toda su confianza en el código militar y en la institución, sufre una intensa depresión. “Durante el día aguanta como puede, pero al caer la noche todo su sufrimiento pasado irrumpe en tromba y le impide conciliar el sueño. Le da vueltas a las mismas ideas sobre cómo las cosas podrían haber sido diferentes. Los pensamientos reiterativos no le permiten dormir…” (p.170). Acude a un psicólogo, quien le dice “Estás preparada para muchas batallas, Zaida, muchísimas, muchas de las cuales la gente normal no soportaría. Pero una de las cosas para las que no estabas preparada era enfrentarte a esto” (p.171). Su abogado también le planteó cuando la conoció, “Parece usted una persona que le gustaban las Fuerzas Armadas, pero que no estaba preparada para un ataque que viniera de los suyos…” (p.141). “El psicólogo ve que Zaida presenta claros síntomas depresivos y ansiosos, causados por el temor a encontrarse de nuevo con su acosador, que parecía reproducirse como una monstruosa hidra de siete cabezas apareciendo en cualquier cuartel en cualquier momento para destrozarle la vida. Si cualquier compañero de Lezcano, con el que haya compartido promoción, destinos o misiones, va a hacer suya la causa de él y va a hostigarla para que expíe el crimen de haberse atrevido a denunciarlo…” (pp.190-191). Zaida, ice el psicólogo, “ya no aguanta más la persecución de la que manifiesta estar siendo objeto, ya que, a raíz de la sentencia condenatoria del coronel que la acosó y agredió, por parte de sus mandos actuales no recibió ninguna muestra de apoyo, muy al contrario, según ella, han intentado que se sienta lo más incómoda posible…”. Zaida siente tentaciones de autolesión. El psicólogo diagnostica “Crisis de angustia e ideas de autolisis [autolesión suicida], todos los pensamientos son muy negativos, catastrofistas con un incesante llanto, taquicardia, sensación de ahogo y dolor en el pecho…” (p.191). El psicólogo le determina la baja laboral.

El coronel Villanueva –amigo del acosador condenado- no está dispuesto a que esa baja sea un descanso para Zaida y le ordena que durante su baja no salga de su domicilio. Un nuevo diagnóstico, esta vez psiquiátrico, le prescribió que tenía que pasear y hacer deporte como una vía para reponer su ánimo. El absolutamente injustificado confinamiento en el domicilio podía empeorar su estado.

Ella se va a la vivienda de campo que tiene su padre en Mejorada del Campo. Allí el Ejército no cesa en su “hostigamiento burocrático” y le envía un burofax –pese a que no era su domicilio propio y por tanto no tenían derecho a enviárselo allí-. Su padre recibe personalmente el burofax. Está hecho de tal forma que toda la familia pueda enterarse de lo que le está pasando a su hija, cosa que ella había ocultado dado el estado de salud en que se hallaba su padre. Pero éste abre y lee el burofax que le entrega su cartero en mano y entonces se produce el momento más negativo que Zaida recuerda. “Nunca podré olvidar la imagen de mi padre llorando a lágrima viva con el burofax en la mano preguntándome: ¿qué te han hecho, hijita, qué te han hecho?” (p.195). Ella trata de quitarle importancia para que se calme, pero “nada le consuela. Se abrazan y permanecen un rato en silencio… Zaida está impresionada. Es la primera vez en su vida que ve llorar a su padre… El día que vio llorar a su padre supo que sus enemigos iban a por sus seres queridos” (p.195). Efectivamente, su marido abandonó el Ejército.

Totalmente desprotegida, dirigió una carta al Ministro de Defensa, Pedro Morenés, pero inútilmente. También su padre escribió más tarde al Ministro, pero también sin resultados. Las respuestas confirman el estado de la cuestión.

La única buena noticia es que Zaida obtiene una de las mejores notas para acceder al curso CAPACET para comandante. Se desplaza a Zaragoza para comenzarlo. Es entonces cuando el coronel Villanueva viaja a Madrid para informarse de cómo puede expulsar a Zaida. Encarga una evaluación a una comandante –María Teresa Campos Cuesta- a cuyas hijas había cuidado Zaida. Ésta se excusa ante Zaida de tener que manipular una evaluación tan negativa pero es una orden directa del coronel Villanueva que no se atreve a desobedecer. Por otra parte, aunque sólo levaba un mes de baja por prescripción del psicólogo militar, el coronel Villanueva ordena otro diagnóstico para demostrar que Zaida era incapaz. Le hacen el diagnóstico y confirma el oficial, que no justificaría la expulsión de Zaida. Este segundo médico, un comandante, le pregunta al entrar a examinar a Zaida, “Chiquilla, ¿tú a quién has matado?”, y le cuenta que está siendo presionado para que manipule su informe. Se muestra dispuesto a testificar públicamente sobre dichas presiones. Como el coronel quiere uno negativo, encarga otro examen pericial más, lo cual es claramente una prevaricación.

Para presionar más a Zaida, el coronel envía toda la información médica a Zaragoza a través del sistema de comunicación del Ejército de Tierra (MESINCET) para que todas las personas conozcan la situación de Zaida, lo cual viola gravemente el derecho de confidencialidad y es una medida extremadamente cruel. “En el momento en que se recibe, la Escuela de Guerra del Ejército de Tierra al completo conoce todos los avatares de la salud de Zaida” (204). El coronel Villanueva ordena a Zaida que vaya de Zaragoza a Dos Hermanas para firmar la evaluación que obligó a hacer a la comandante María Teresa Campos. Zaida tiene que ir.

Encarnizamiento institucional contra Zaida

El círculo de conspiradores sigue subiendo y entra en acción el general de brigada Ramón Pardo de Santayana y Gómez de Olea, responsable de la escuela donde estudiaba Zaida para comandante ya que él era el subdirector de enseñanza del Ejército de Tierra. Con clara voluntad de prevaricador, aprovecha la ausencia de Zaida de la escuela –obligada por la orden del Coronel Villanueva y confirmada la obediencia a esa orden por mandato de su superior en la escuela- para acusarla de haber faltado 12 días y por tanto ser expulsada del curso CAPACET. Ramón Pardo de Santayana mentía sobre el número de días de ausencia –eran más- e injustamente no quiso considerar que había sido una ausencia por orden de su superior de la escuela, que le obligó a obedecer al coronel Villanueva. Lo que el general de brigada Ramón Pardo de Santayana quiere hacer es crear un falso motivo para impedir que Zaida ascienda a comandante pues su capacidad académica es notable y sin duda lo logrará. “Todo huele a intento de expulsión por la puerta falsa” (p.209). El general de brigada Ramón Pardo de Santayana niega a Zaida el derecho a poder recurrir la decisión, otra prevaricación.

Zaida solicita el amparo del JEME (Jefe del Estado Mayor del Ejército), el general Jaime Domínguez Buj, por encima del cual sólo está el ministro y cuyo cargo es designación del Ejecutivo. Zaida le formula tres partes contra el coronel Villanueva, contra el teniente coronel Javier Rodríguez Bellas –bajo cuyo mando estaba en Dos Hermanas- y contra la comandante María Teresa Campos por manipular el informa de evaluación (IPEC). Pero el acoso entonces llegó a su apogeo mediante un “acoso burocrático, ejecutado sin piedad y sin freno” (p.213).

Al no poder continuar realizando el CAPACET, los jefes de Zaida le recomiendan tomar unos días de descanso. Extienden un documento en el que consta que Zaida inicia el descanso a tal hora de tal día, la firma de Zaida y las firmas del coronel jefe de la Escuela de Guerra del Ejército de Tierra Sanchez Urbón y del teniente coronel Salas, que son quienes han propuesto ese descanso. Zaida pide más días y el teniente coronel secretario de la escuela –Fernando Barrera Mejía- aprovecha el mismo documento: transforma el 0 en un 8 y el 7 en un 17.

La máquina burocrática caerá sobre ella con toda su fuerza. El general Ramón Pardo de Santayana y Gómez de Olea, “a quien no iba dirigido el escrito, carga la suerte y da parte de la capitana por la ‘falsificación’ de la solicitud” (p.215), denuncia de la que no se da parte a Zaida hasta dos meses después para que no actúe. “Pardo de Santayana omite recabar la versión de Zaida en todo momento” (p.216). “Todos los militares experimentados, al tanto de lo sucedido, se muestran asombrados ante el hecho excepcional de que el general Pardo la acusara de algo tan grave sin mediar una palabra con ella y preguntarle su versión” (p.216).

Durante la instrucción, Zaida solicita que se haga un peritaje caligráfico para demostrar que el autor de la modificación ha sido el teniente coronel secretario de la Escuela Fernando Barrera Mejía. Sin embargo, la juez de instrucción no ve necesaria la prueba. La juez archiva el caso pero en el auto afirma que Zaida ha realizado el falseamiento. Es una afirmación que con seguridad aprovecharán para volver a acosarla, así que Zaida debe demostrar que ella no manipuló el documento.  Efectivamente, el general Ramón Pardo de Santayana inicia la vía disciplinaria contra Zaida y en agosto de 2013 remitió un auto de la juez a un coronel del Ejército de Tierra.

Zaida y su marido, “desesperados, suben el nivel y buscan apoyo en la política”. La diputada de UPyD, Irene Lozano, había defendido el caso de Zaida, así que se encuentran con ella. La parlamentaria telefonea al ministro de Defensa, Pedro Morenés, pero éste se niega a contestar a la diputada de las Cortes Españolas. La diputada le interpela en el Congreso y al día siguiente el periodista Miguel González, del diario El País, publicó un artículo en el que se expone el caso, la persecución y la impunidad de los acosadores. En respuesta a esta denuncia pública, el Jefe del Estado Mayor de la Defensa –JEMAD- abre un expediente contra ella por la falsificación del documento del permiso.

Zaida contrata por su cuenta los servicios de un perito caligráfico de prestigio, el cual demuestra con plena seguridad que las letras de la modificación de aquel documento de permiso no eran de Zaida. Entonces la juez cambia de parecer y sí encarga a la Guardia Civil un aprueba caligráfica. La Guardia Civil afirma que no se puede afirmar que las letras de la modificación sean de Zaida pero sí se puede demostrar que las dos firmas de los mandos fueron hechas por una única persona. “Eso sí constituye un delito, el de usurpación de identidad y, además, según los expertos, invalida el documento” (p.236). El coronel Sánchez Urbón reconoce ante la juez que autorizó al teniente coronel Salas a firmar en su nombre.

Irene Lozano
Simultáneamente, el ministro Morenés iba a ascender al general Ramón Pardo de Santayana a general de división, pero la intervención de la diputada Irene Lozano en el parlamento impide que se produzca. Para proteger a dicho general –hijo de una familia de gran poder dentro del Ejército-, el ministro paraliza todos los ascensos y así no hacía perder a Pardo de Santayana la antigüedad. Con todos los ascensos paralizados, el ministro ofrece a la diputada que retire su objeción parlamentaria a cambio de que el JEMAD retire el expediente disciplinario contra Zaida. En el proceso del JEMAD uno de los tenientes coroneles admite que el documento se incluyó por sugerencia de él. No obstante, el JEMAD continúa la presión y acusa a Zaida de que ella sabía que había un tachón y aún así dio curso al documento. Pero como es una falta leve y ha prescrito, el JEMAD, sin poder darle mayor recorrido no tiene más remedio cerrar el expediente disciplinario y a cambio le manchan su historial a Zaida.

Zaida decide acudir a la justicia y presenta querellas contra Pardo de Santayana y los tres mandos de la Escuela de Guerra de Zaragoza –Urbón, Salas y Barrera-. El juez instructor coronel Eduardo Reigadas niega que se graben las sesiones por falta de medios –es la misma instalación donde se había grabado el juicio contra Lezcano-Mújica-. Tras cinco días de declaraciones, el juez redacta el auto en un solo día en el que se desimputa a los tres mandos de mayor graduación. Uno de los criterios que expone el juez en su veloz auto es que para el general Pardo de Santayana “el hecho de estar imputado es muy lesivo para su carrera” (p.247). Esto fue en junio de 2014 y en diciembre de 2014 el rápido juez Eduardo Reigadas fue ascendido de coronel a general de brigada.

Este es un relato no cerrado. Tenemos la convicción de que su caso ya constituye una inflexión y que su nombre acabará incorporado al de aquellos que han hecho un gran servicio al Ejército. Por ahora, el ministro Morenés, tras una autoritaria y desconsiderada respuesta a una pregunta parlamentaria de la diputada Irene Lozano, tuvo que rectificar toda su posición y ha prometido cambios en el régimen disciplinario y nuevos protocolos de actuación. El sufrimiento de Zaida es el de miles de mujeres –y varones- en el Ejército y en muchas más instituciones de nuestro país. La historia de Zaida continúa y su caso se ha convertido en una causa.

“Vivimos tiempos sombríos
en los que denunciar a los corruptos
se convierte en un acto heroico.”
Comandante Zaida Cantera.


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