viernes, 11 de septiembre de 2026

James Finley: El Palacio del Vacío de Thomas Merton. Por Mª Dolores de Miguel Poyard

Finley, James: El Palacio del Vacío de Thomas Merton. Encontrar a Dios: despertar al verdadero yo. Sal terrae, Santander, 2014. 206 páginas. Comentario realizado por Mª Dolores de Miguel Poyard.

Thomas Merton, monje trapense del monasterio de Getsemaní, en Kentucky, es uno de los místicos católicos más relevantes del siglo XX. Enriquecido por la sabiduría espiritual de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, vivió, en la soledad de su claustro, íntimamente unido, desde su yo más verdadero, al Dios y señor de todo; y, desde Él y por su unión con Él, apasionadamente comprometido y unido con el mundo, con las personas de su tiempo y con toda la creación. De ahí que hoy se haya convertido en modelo de referencia en el diálogo de la fe con las diversas culturas y religiones. 

Como toda obra que se adentra en el misterio inefable de Dios, su texto es denso, profundo, sugerente y evocador. Sus abundantes paradojas, símiles y metáforas buscan, como en toda obra nacida de la verdadera experiencia mística, compartir desde el silencio emocionado su gozoso y liberador despertar al Dios siempre mayor e inabarcable con nuestros débiles parámetros humanos. 

Despertar a la verdadera realidad de la unidad de todo en Él es nacer de nuevo al verdadero yo, imagen de Dios, y liberarse, kenóticamente, del falso yo, mentiroso y falaz como Satán. Es desandar el camino de Adán y adentrarse en la alegría de la luz de Dios, que nunca tendrá fin. Es presentarse desnudo ante Él y descubrir que todos y todo somos uno en Él. La comunión y la fraternidad universal se convierten así en una inteligente necesidad mucho más allá de la moral. El Señor, con agudo sentido del humor, desbarata todos nuestros esquemas humanos: perder la vida es ganarla; dar sin medida es poseerlo todo. 

Caminar desde esta nueva conciencia libera de miedos y plenifica a la medida de Dios. De ahí la metáfora del «palacio del Vacío», el hombre, capax Dei, se vacía de todo para llenarse sólo de Él. Este fue el único deseo de Merton: «deseo de soledad, de desaparecer en Dios... de perderme en el secreto de su Faz» (p. 43). Una soledad, paradójicamente habitada, que le hermanaba más y más con todo lo creado. 

La aguda sensibilidad de Merton para el arte le facilita, desde la belleza literaria de sus escritos, desplegar ante sus lectores, en radiante espectáculo de luz, la maravillosa experiencia del encuentro con Dios desde su imagen impresa en el corazón humano. Son a veces momentos fugaces, destellos puntuales en la oscuridad del camino, pero que mantienen viva la sed y el deseo del encuentro. Como expresa San Juan de la Cruz en diálogo con la creación: «¡Oh cristalina fuente, si en esos tus semblantes plateados formases de repente los ojos deseados que tengo en mis entrañas dibujados!». 

Esta experiencia de liberación integral y de comunión con todo lo creado, desde nuestra verdadera identidad de personas radiantes y luminosas por él y en él, explica el éxito y atractivo de las obras de Merton en un tiempo en que la gente busca la paz en las más diversas formas de espiritualidad. Y pone de relieve también la falsedad de tantos sucedáneos de felicidad que hacen crecer el narcisismo del ego y apartan al yo de su verdadera identidad. 

James Finley, el autor de este libro, fue monje en Getsemaní y tuvo el privilegio de tener a Merton como director espiritual. Esta obra es fruto de cinco años de retiro meditando en la oración las enseñanzas espirituales de su maestro. Su objetivo es ayudar a cuantos lo lean a despertar y vivir iluminados, en su cotidianeidad, por la belleza de su yo auténtico, esencialmente interconectado, desde Dios, con todos y con todo. 

Fiel a la más genuina tradición cristiana, el itinerario espiritual de Merton se aleja de todo panteísmo. La unidad mística entre Dios y el alma no es «una fusión de naturalezas, sino una unidad de amor y experiencia» (p. 138). 

Nos encontramos, por todo ello, ante una obra cristocéntrica, muy apropiada para ayudarnos a nacer de nuevo y a adorar a Dios en espíritu y en verdad.


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