viernes, 6 de noviembre de 2026

Santiago Arzubialde: Justificación y santificación. Por María Dolores de Miguel Poyard

Arzubialde, Santiago: Justificación y santificación. La primera etapa de la vida espiritual. Sal Terrae, Santander, 2016. 400 páginas. Comentario realizado por María Dolores de Miguel Poyard.

Esta obra es la segunda de una trilogía, compendio de toda una vida de trabajo orante de su autor, profesor jubilado de Teología Espiritual de la Universidad Pontificia Comillas. En la primera, Humanidad de Cristo, lógica del amor y Trinidad, publicada por esta misma editorial, presentaba el primer apartado de la Teología Espiritual Sistemática. Sirviéndose de la ontología trinitaria, abordaba el estudio del misterio pascual desde la cristología de la exaltación. recorría así el mismo itinerario que la Iglesia primitiva: a partir de la resurrección de Jesús, comenzaba su reflexión sobre la espiritualidad de Dios, el dinamismo de su autocomunicación: el amor del Padre como origen o pura donación; el amor del Hijo como respuesta incondicional hasta la muerte; y el amor del Espíritu Santo como comunión de amor. 

En esta segunda obra nos presenta el segundo apartado de la Teología Espiritual. Sirviéndose de la fenomenología del don y de la infinitud, analiza cuál ha de ser la respuesta del hombre a la justificación y santificación, dones gratuitos e inmerecidos, recibidos de Dios. El amor sobreabundante del Padre, principio y fin de todo lo creado, nos diviniza por el Hijo en el Espíritu Santo; y la espiritualidad de la Iglesia, su Esposa, consiste en reflejar este amor desbordante, recibido siendo pecadores. Como dice san Juan de la Cruz: «Ni ya tengo otro oficio, que ya solo en amar es mi ejercicio». Dios, como proclama María en el Magníficat, «se ha fijado en la pequeñez de su sierva» (Lc 1,48) simplemente porque Él es santo, sin mérito alguno por nuestra parte. Esta es la sobreabundante justicia de la misericordia divina, rompe los estrechos límites de nuestra justicia meramente distributiva y nos invita a participar del ser de Dios. La fe nos justifica en la medida en que nos adherimos personalmente a Jesucristo. Esta es una de las paradojas magníficamente resueltas en este libro: «Las buenas obras que el hombre realiza son un puro don gratuito de Dios y, al mismo tiempo, son el fruto exclusivo de la libertad liberada por gracia» (p. 185). 

El objetivo de esta obra, como dice el título, es el análisis de la primera etapa de la vida espiritual, donde convergen tanto las hagiografías como la exégesis: el anuncio del Reino de Dios va unido a la llamada a la conversión, a recibir la justicia de Dios (Cristo crucificado), en definitiva, a la santidad. Los santos son quienes mejor reflejan a Dios en su vida. 

Por eso este libro es una joya de la Teología Espiritual, porque a través de sus páginas se intuye la propia experiencia espiritual de su autor, testigo apasionado de la verdad, bondad y belleza de Dios, orada y recibida en la humildad de su corazón; esta obra de madurez, síntesis teológica de toda una vida de contemplación en la acción investigadora, muestra la tierra sagrada del corazón del hombre, en diálogo de amistad con el Dios a quien se invita a conocer: «contempladlo y quedaréis radiantes» (Sal 34,6). Este es el objetivo último de su autor y la proyección última del don de la santificación: compartirlo con los demás. La vida apostólica es la autentificación de la vida en el Espíritu. 

Su amistad con Dios es tan connatural que conmueve su humildad al considerar habituales para todos, la radicalidad de su abandono en manos del Señor y la hondura de su relación con el amigo: «Cualquiera sabe por propia experiencia que, cuando uno se pone así plenamente a disposición de Dios, tanto para lo bueno como para lo malo, y acoge su voluntad, por difícil que esta sea, en tal decisión existencial experimenta un desarraigo interior de tal naturaleza, máxime cuando la aceptación de su voluntad lleva consigo la pérdida de las seguridades humanas, que le hace penetrar de lleno en el misterio de la libertad de Dios, y tiene conocimiento por propia experiencia de Dios como seguridad y Padre en la misma fragilidad de la indigencia. [...] El hombre acaba por amar solo lo que Dios ama» (p. 240). 

Como buen jesuita, más allá de su conocimiento intelectual de los Ejercicios Espirituales, avalado con una de sus obras, convertida en un clásico de la literatura ignaciana, se muestra aquí, sin pretenderlo, como testigo cualificado del Señor, fruto maduro de toda una vida dejándose conducir por la sabia pedagogía de Dios. 

Desde su posición privilegiada como testigo directo de la evolución de la Teología Espiritual en estos 50 años de vida del Concilio Vaticano II, y como ya hiciera en su obra anterior, presenta actualizado el depósito de la tradición, atento al Espíritu Santo, que actúa también en las claves culturales de nuestro tiempo. El valioso aparato crítico convierte esta obra en obligada referencia para futuros estudios sobre este tema. 

Dada su erudición y pulcritud investigadora, este libro expone lúcida y autorizadamente las claves para comprender desde la Trinidad la unidad de la justificación-santificación y su trascendencia para la vida de la Iglesia y de cada uno de sus miembros. Y dado que este es uno de los temas clave de las tesis de Lutero, Arzubialde, en vísperas de la celebración del 500 aniversario del comienzo de la Reforma luterana en 1517 y como contribución al ecumenismo, profundiza en la esencia de nuestra espiritualidad cristiana, donde todos nos encontramos gratuitamente abrazados y santificados por Dios, más allá de todas nuestras diferencias. Y todo ello, una vez más, iluminado por las nuevas aportaciones de la exégesis, de la patrística y de la dogmática. 

Como en su obra anterior, queda de manifiesto que no hay mejor práctica que una buena teoría. La garantía de una sana espiritualidad, libre de todo autoengaño o ideología, consiste en fundamentarla sobre las bases de una sólida Teología Dogmática; que esta ilumine la Teología Espiritual en la práctica del creyente, sigue siendo aún el reto de la pastoral. El principio y fin de todo lo creado es el amor de Dios Trinidad; ahondar en Él para vivir con y para Él es la única meta de toda evangelización. 

Por eso es inestimable el valor de obras como esta. Los escritos de Arzubialde son tan globalizantes y exhaustivos que acaban iluminando los más diversos aspectos de la espiritualidad; y los describe con detalles que solo puede captar quien está acostumbrado a transitar por el desierto, donde «Dios mismo conduce al hombre de la mano, como si fuera un niño, y le habla al corazón (Os 2,16-25). En él aprende el hombre la docilidad a la voluntad divina (Dt 8,3b) y tiene libre acceso a la comunión con Dios. [...] Tiempo en que el hombre queda marcado por esta adhesión personal, que, de aquí en adelante, será su nueva identidad» (pp. 96-97). 

Dividida en cuatro capítulos, el designio de amor de la Trinidad es el marco que da sentido y unidad a toda la obra. 

El primer capítulo presenta el Reino de Dios en su dimensión teológico-escatológica. Desde él se entiende la llamada a la conversión no solo como rechazo del pecado y acogida del perdón de Dios, sino fundamentalmente como adoración de Dios, el único Señor. 

El segundo se centra en la gratuidad de la justificación, que enseñorea no solo el perdón ofrecido al pecador; sino también toda obra buena que este realice. En el amor todo es don, nadie puede atribuirse méritos ante Dios ni santificarse solo por su esfuerzo: «Si alguien ofreciera todos los haberes de su casa por el amor, se granjearía el desprecio» (Cant 8,7). Desde esta gratuidad bien entendida, subraya el autor la razón de Lutero al afirmar la trascendencia de la justificación: de la experiencia de este don inmerecido derivan el abandonarse totalmente en las manos de Dios y el amar a Dios y al prójimo como a uno mismo. 

El tercero lo dedica a la sinergia de la libertad humana (liberada por la gracia de la justificación) con el Espíritu, en orden a la plena configuración con Cristo en obediencia al Padre. 

El cuarto, culminación de todo este itinerario, presenta la santificación, el inefable don de la divinización del hombre; la gloria de Dios, manifestada en nuestro barro. Todo se sustenta únicamente en el amor trinitario: «por pura gracia estáis salvados» (Ef 2,5). El descentramiento de sí mismo del hombre santificado por el Espíritu centra la ascesis cristiana como gozosa configuración con el Hijo, pedida humildemente («Madre, ponme con tu Hijo») y la libra de toda posible contaminación pelagiana, voluntarismo, dolorismo... 

Nos encontramos, en definitiva, ante un regalo para el estudio y la oración personal y comunitaria.


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