Sloterdijk, Peter: La herencia del Dios perdido. Siruela, Madrid, 2020. 280 páginas. Traducción de Isidoro Reguera. Comentario realizado por Carlos Maza Serneguet.
No es fácil clasificar el pensamiento de Peter Sloterdijk. Tampoco hay en él una voluntad de ser sistemático. Podemos imaginarlo —eso sí— escribiendo con una leve sonrisa socarrona, mientras pasa por la navaja de la observación y la reflexión “verdades” heredadas o impuestas por el ambiente cultural. En este libro, el filósofo alemán le da un repaso a lo que podríamos llamar “la herencia del Dios perdido”. Como si hubiéramos recibido legajos, fragmentos de una antigua creencia, y los escrutara con el fin de ver qué es lo que queda como posibilidad religiosa para la civilización y lo que de alguna manera ha sido falseado para siempre.
El libro toma nota en su primera página de algo que se ha desvelado con el tiempo: “nosotros, las civilizaciones, somos mortales”. La mortalidad no afecta solo al individuo, también lo hace a las culturas. Y lo religioso está dentro de ellas. Quizá echemos en falta en Sloterdijk el aliento de la experiencia espiritual que alimenta la fe —lo que de esta escapa siempre a cualquier explicación meramente psicológica o cultural—, pero no podemos negarle su capacidad para hincarle el diente a todo lo que la religión tiene de fenómeno “humano, demasiado humano”.



