lunes, 11 de mayo de 2015

David Mazzucchelli: Asterios Polyp. Por Fernando Vidal

Mazzucchelli, David: Asterios Polyp. Salamandra, Madrid, 2014 (edición original de 2009). 344 páginas. Traducción de Esther Cruz Santaella. Comentario realizado por Fernando Vidal (Universidad Pontificia Comillas, @fervidal31).

La galardonada obra Asterios Polyp fue creada a lo largo de 10 años para dar imágenes a una potente narración sobre la vida. A través de la historia de un arquitecto, se enfrentan la idea de destino y pasión. El protagonista se ha arrancado a sí mismo la responsabilidad de amar y se ha dejado dominar por los designios de un personaje inventado por él mismo y que cree que es su hermano gemelo. Va dándole parte de su vida a ese hermano gemelo, pero es él mismo el que se reduce a esa vida de inframundo: el gemelo en quien proyecta su miedo a amar es quien domina su vida. Incapaz de vivir, el protagonista se ha desdoblado y deja que sea un extraño –su gemelo- quien ocupe la mayor parte de su vida. El protagonista, Asterios, es víctima de su propio idealismo y ese idealismo no es más que miedo a vivir dependiendo del amor de los otros. Prefiere depositar su fe en dioses griegos que determinan trágicamente el destino, que recuperar la fe católica de su madre en un Dios que ama y com-padece. Pero el amor por una compañera de universidad -franciscana, pasional y compasiva- va a alterarle su visión del mundo. Su ocupante se resistirá y preferirá imponerse de forma ególatra y dominante a su esposa hasta que ésta le abandona y su vida se arruina en todos los aspectos. Entonces comienza un viaje de progresivo desprendimiento hasta ser acogido por una sencilla familia obrera de un pequeño pueblo del interior en donde reaprenderá a vivir. El cómic está repleto de detalles, ilustraciones generosas, personajes muy bien construidos y tiene una buena historia de fondo y forma. Un delicado estilo de dibujo de cromatismo artesanal nos lleva con ligereza y dejando espacio a la reflexión en una obra que justifica que denominen novela a este género gráfico.

Una obra artesanal

Casi 10 años tardó Mazzucchelli en completar esta obra que fue merecedora de varios premios Eisner, Harvey, Swan y Los Angeles Times y disfruta del estatus de un cómic de culto. El artista italo-estadounidense de la escuela de diseño de Rhode Island, dibujó dos destacados libros con el maestro Frank Miller (Daredevil: Born Again en 1986 y Batman: Año Cero en 1987) y en 1994 dio un giro a su carrera para dedicarse a novelas gráficas de mayor vuelo. Dicho año adaptó al cómic la novela de Paul Auster, La ciudad de cristal. Asterios Polyp es su novela de mayor alcance. Es una obra que justifica la categoría novela gráfica: su esqueleto narrativo está a esa altura literaria.

Su estética ofrece un trabajo de taller con el cromatismo de antigua imprenta de mitad del siglo XX, un estilo anterior a los colores chillones de la cromofilia pop. Nos encontramos una comunicación de suaves colores pre-pop, cercana al mundo de la máquina cyclostyle y sus manchas una y otra vez repetidas. A veces –con sofisticada intención- Mazzucchelli desencuadra la mancha respecto del contorno del dibujo para hacernos sentir la inexactitud de aquellas máquinas que todavía se relacionaban mano a mano con lo artesanal. Las dobles páginas están creadas por un tono específico que va cambiando de gama sin un orden aparente. En general, usa un código convencional: lo azul denotará lo racional y rigorista y el rojo expresará pasión y libertad. Solamente en la escena final, se desplegará todo el arco iris de colores –pero aun así, suaves-. El libro es un festival del color de los 1950s y la propia historia que cuenta tiene mucho de la narrativa de aquellos años: la arrogante carrera profesional de un arquitecto, incompatible con el amor. Es una historia propia de las ascendentes masas de profesionales universitarios que empujan la expansión americana y transforman el modo de vida tradicional de familias y comunidades.

En este trabajo, desvelamos el argumento del libro. Lo que a continuación viene, es una reflexión para quienes lo hayan leído o para aquellos que no pierden su capacidad de asombro aunque lean desenlaces. Si no se quieren conocer los detalles, entonces basta con leer hasta aquí. En ocasiones, describir el argumento de un libro malogra el placer de descubrirlo. En esta ocasión, tras recorrerlo una vez, es bueno reflexionarlo, pues –suele ser así en los cómics- hay numerosos detalles de los que te haces consciente. En este caso, por la longitud de la novela, la segunda lectura gana mucho si hay previamente una reflexión global y una atención detallada sobre la obra. Dividido en 21 episodios cortos y un penúltimo algo más extenso, que constituye el desenlace. Cada episodio comienza con una página en blanco en cuyo centro hay un cuadrado diseñado al modo de un grabado. Otra característica de la obra es la limpieza del dibujo y la dispersión de las ilustraciones, lo cual –junto con la suavidad de las gamas-, da una sensación de ligereza narrativa y crea espacio para la reflexión.

Turn-point

La historia comienza por un elemento venido del cielo y también terminará así, cerrando el ciclo. Justo en el centro del libro, el autor ubica un enorme agujero en la tierra fruto de la caída de un asteroide, que dará simetría al conjunto. Comienza el cómic cuando una tormenta viene del cielo para descargarse sobre el skyline de Manhattan, aún coronado por las Torres Gemelas. Esas gemelas –de trágico destino- marcan ya el carácter de todo lo dual y gemelo que encontramos en el eje vertebral de la obra. Enseguida, un rayo nos conduce a uno de los escenarios principales del libro: un apartamento en un edificio neoyorquino muy similar al San Remo que hay en el 145 del Central Park West –construcción clasicista de Emery Roth y una de los más emblemáticos de la metrópolis-. El San Remo está coronado por dos torres, lo cual nos plantea de nuevo el patrón recurrente de la novela: lo gemelo.

Es clave que el lector grabe en su retina la primera escena interior del libro: el apartamento del protagonista. Es el salón de dicho apartamento, que va a aparecer desde idéntico punto de vista a lo largo del libro, mostrando la evolución de la situación y personajes. En él, destacan las sillas Wassily de tubos de acero cromado que diseñó M. Breuer en 1925, dentro del programa de la Bauhaus. El estilo funcional del apartamento se hace acompañar de un mueble lacado japonés sobre el que –en esas primeras páginas- un bonsái ha dejado caer todas sus hojas excepto dos –el patrón dual, de nuevo-.

En su dormitorio, el protagonista contempla a oscuras desde la cama -y con aspecto decadente- unas cintas de video caseras en las que se grabó a sí mismo con su pareja en la máxima intimidad. Inesperadamente, aquel rayo que caía y nos permitió ver la silueta del San Remo, provoca un fallo eléctrico que incendia el apartamento y el protagonista huye del edificio, no sin antes tomar tres objetos: un encendedor Zippo (creado por George Blaisdell, en 1932, en Pensilvania), un raro reloj mecánico de pulsera y una navaja suiza (inventada por Karl Elsener en 1891). En esas primeras hojas ya se nos hace saber que diseño y arquitectura van a ser un componente importante en esta obra.

El apartamento en llamas muestra el final de un estilo de vida que se presentaba ya ruinoso: el protagonista derrotado en su cama vacía, rodeado de sobras y sobres de desahucio e impagos. Le vemos correr y dejarlo todo atrás: sus libros, discos, muebles… Hasta una persona sin hogar tiene más que él: una caja donde pernoctar y un perro que le defienda. Ese suceso es el giro o turn-point en la vida de este hombre.

El hombre de papel

El libro se estructura en flash-back o retornos temporales. Nos presenta a un profesor universitario de arquitectura de Estados Unidos. De origen grecoitaliano –como la cultura clásica-, su nombre es el que da título al libro, Asterios Polyp (el apellido griego fue recortado cuando sus padres llegaron a Ellis Island). El hilo narrativo nos va a mostrar cómo Asterios sobrevive desde ese momento en que se quema su antigua vida: va a vagabundear hasta lograr un empleo de mecánico del automóvil en Apogee –Apogeo-, una pequeña localidad del interior de Estados Unidos. En el curso de ese relato, nos va a ir introduciendo episodios de su vida pasada que progresivamente nos van a ir trayendo hasta que en el presente convergen ambos hilos narrativos. Serán las últimas escenas, desde las cuales –unidos ya ambos hilos- el autor nos conducirá al desenlace.

Fundamentalmente, la obra es una crítica a las visiones dualistas del mundo: la rigidez de dicho dualismo conduce a que siempre vivamos pendientes de otro frente al que nos medimos, con el que competimos o cuya vida alternativa añoramos. El protagonista, Asterior Polyp, encarna ese dualismo. Es un arquitecto funcionalista de tradición modernita, con planteamientos apolíneos de la vida, un comportamiento cuadriculado y un escepticismo que sólo se ve alterado por la fantasmática presencia de su gemelo muerto en el que piensa todo el tiempo. Ya hemos adelantado que el personaje es doble. Su madre –de origen italiano- concibió gemelos, uno de los cuales no nació vivo y fue llamado Ignazio. El otro, es Asterios.

Él es lo que llaman un “arquitecto en el papel” porque nunca un plano suyo había sido construido.  Podremos ser testigos de su primera construcción –paradójicamente, sumido en su fracaso, trabajando como mecánico-, hecha con sus propias manos, cuando eleve una caseta de juguete en un árbol para el hijo de la familia que le acoge en Apogee. Pese a que nunca ha puesto su nombre en ninguna construcción real, es un académico de reputación, forjado en Harvard, Oxford y finalmente profesor en la Universidad de Ithaca, ubicada en el hondo interior de Nueva Inglaterra. Su intelectualismo rigorista va a ser señalado por Mazzucchelli en algunas escenas de introspección en que se haya en un paisaje onírico, con una estética clásica griega de columnatas y ensolados, propia de la iconografía del pintor Giorgio de Chirico. El mismo Asterio será a veces físicamente presentado como una figura convertida en un maniquí de Chirico de articulaciones mecánicas.

Un planteamiento nos sorprende. El apartamento en llamas, el fracaso profundo de su visión del mundo y el hundimiento de su matrimonio han llevado la vida de Asterios a un punto que puede ser final: ¿tiene que ceder Asterios el resto de su vida a su hermano gemelo muerto, Ignazio? EL libro trata de la vida alternativa al tipo de personaje que Asterios ha construido. En distintos momentos se nos trata de crear la confusión de que el protagonista l que seguimos no es en realidad Asterios sino Ignazio y que el gemelo muerto es Asterios anhelando la vida de su hermano. Es decir, que estamos contemplado la vida soñada –en muerte- por Asterios. Este efecto le da profundidad al momento de cambio, imprime fuerza y tensión al turn-point, porque cualquier cosa puede ser: incluso que toda la vida anterior no haya sido real para Asterios. Nos habla también del grado de enajenación que siente Asterios: padece tal desapego por su vida anterior y su destino, que llega a ver que ha sido apropiada por otro y su vida se extraña. Es un juego de espejos, sustituciones y alteridades que refleja la radicalidad que tiene su búsqueda de otra vida y el amor. Asterios, aunque bien pagado de sí mismo, vanidoso y autosuficiente, se pregunta ahora en su derrota de todo eso si sería posible que él llevara otro modo de vida y fuera de otra manera. Su gemelo muerto se convierte no en u superego dominante sino en un alter-ego que le cuestiona si vive una vida buena. Es la vida que pudo o podría ser si la hubiera dejado ser. Tras quemarse su apartamento, en indigencia, bajo la lluvia, Asterios camina ante el fondo de su edifico en llamas. Las dos torres del edificio –que evoca al San Remo- se recortan en la noche tormentosa pero sólo una de las dos torres arde –representa la vida de Asterios-. La otra torre –aquella vida alternativa de Ignazio- permanece intacta –una vida virgen a la que ceder la vida que Asterios ha ocupado hasta ahora-. Remite al más primitivo pensamiento griego: ocupamos espacio y morir es ceder ese espacio a otro.

La pobreza como vía de redención

Asterios recorre la noche neoyorquina acompañado por la figura de su gemelo Ignazio –sólo marcada por los guiones discontinuos de su silueta-, quien camina imperceptiblemente a su lado. Entra en el Metro. Unos pájaros entran en el andén perseguidos por el tres que Asterios toma hasta Times Square. Un loco que habla solo, un cantante que recolecta buenas limosnas y una señora que vomita sentada sobre su maleta, describen la decadencia de una ciudad que, como Asterios, también parece sufrir la decadencia en su interior. Asterios va dejando sus bienes. Al joven que toca la guitarra en el metro le regala su bono de viajes. Se ofrece a ayudar a la señora que vomita sobre su falda y pies, pero ella declina su mano. Asterios se dirige a la terminal de autobuses y en la taquilla tiende un fajo de billetes para comprar un pasaje al destino más lejano que pueda alcanzar con ese dinero. A un vagabundo veterano y expresidiario, de dudosa salud mental con el que comparte asiento, le regala uno de aquellos tres objetos que salvó de su apartamento, el encendedor Zippo –que era un regalo de su padre y el regalo representa que corta con aquella herencia y parte de su vida-. Al final del libro, cuando Asterios ya se haya reconciliado consigo mismo, este personaje regresará a escena para provocar consecuencias dramáticas.

El rayo, aquel vagabundo expresidiario, Spotty y otros elementos –como el espectacular final-, nos mostrarán la importancia de las casualidades en la vida; cómo los hechos casuales son como la caprichosa voluntad de los dioses griegos que altera la biografía de los mortales. No en vano, el giro artístico de Mazzucchelli sucedió con la ilustración de una obra de Paul Auster, maestro del papel de las casualidades. Las casualidades irrumpen en la vida de los hombres como alegato a favor de la libertad porque lejos de imponer al estilo delos dioses griegos un destino a los hombres –trágico o heroico-, los hombres van experimentando cambios radicales de dirección o continuidades que sólo penden de un hilo –y carecen de la seguridad que muchas veces les atribuimos-.

El dinero del que Asterios disponía le permite llegar hasta Apogee. Allí, busca empleo y se dirige a un taller de automóviles. Pizcas de humor saltean la obra, pues Asterios carece del más mínimo conocimiento sobre mecánica. Allí conoce a Stiff Major, el dueño del negocio, que ahora trabaja solo y necesita un ayudante. También le ofrece alojarse en su casa, donde alquila una habitación. Su esposa, Úrsula es un personaje singular y su hijo tiene un amigo invisible con el que –como Asterios con su gemelo Ignazio- se pasa todo el día.

Tras fracasar en varias relaciones pasajeras, Asterios se casó con Hana, también profesora de la misma universidad, en la disciplina de escultura. Su madre era japonesa y su padre es un veterano. Al presentar el mundo social de Asterios, se asienta la siguiente propuesta: imaginemos que la textura carnal de cada uno fuera tan diferente como l singular carácter y vida que tiene. El autor experimenta dibujando a cada uno con una estructura corporal distinta: uno está hecho de letras, otro es una lluvia de puntos, otro un plano y hay quien tiene estructura cubista. El artista se recrea inventando distintas texturas carnales: líneas, espirales, ovillos, masa, tablones, líneas manuscritas, etc. Asterios, como ya hemos dicho, es un mecánico maniquí de Chirico –azul y frío-, mientras que Hana, en cambio, es un dibujo rosa cálido, formado con finas rayas cruzadas. El primer encuentro entre ambos fue en una fiesta de la facultad de arquitectura, donde ambos son profesores. La simpatía fue inmediata y conforme se desarrolla el diálogo, uno va tomando los rasgos físicos del otro. Hana se azulaba y Asterios se sonrosaba; Hana incorporaba componentes geométricos y Asterios se fusionaba con las cálidas rayas cruzadas.

El nuevo jefe de Asterios, Stiff Major, le introdujo a algunos miembros peculiares de la comunidad local. Spotty aparece en una única ocasión: es un inquietante personaje, el loco del pueblo, dedicado a observar el firmamento por si algún día un asteroide cae sobre sus cabezas. Explica que todos los telescopios de los observatorios están enfocados al espacio profundo y que nadie vigila las amenazas estelares más cercanas. Asterios le recuerda que algo tan improbable sólo sucede una vez cada cien millones de años. Sin embargo, meteoros del tamaño de una manzana entran a diario en la atmósfera y se desintegran. Las partículas deflagraciones de asteroides se encuentran por todas partes. Asterios señala un vaso de agua y hace caer en la cuenta de que en su interior hay en suspensión polvo que hasta procede del mismo periodo en que se formó el sistema solar. Este episodio, fruto del puntual y casual encuentro con Spotty, va a desempeñar un papel definitivo en la obra por el crucial poder de las causalidades.

Apolo y San Francisco de Asís

Asterios y Hana representan dos polos opuestos –pero no irreconciliables- en las formas de concebir la vida. Asterios es una criatura urbana mientras que Hana lo es de la naturaleza. El gato de Hana va a ser un indicador de la relación entre ambos. La estima que Hana siente por él es proporcional a la repugnancia que provoca en Asterios. Durante un paseo por un bosque, Asterios proclama la superioridad de los productos de la ingeniería humana mientras Hana se muestra franciscana y alaba la complejidad que la naturaleza ha desarrollado en cualquiera de sus formas, como es el caso de un apiña. Pero la piña contiene mosquitos inesperados que estropean la explicación de Hana ya que la persiguen y ella huye. Sarcástico, Asterios describe el momento como una crisis de fe.

Hana no sólo es profesora de escultura sino que, a diferencia de Asterios, ha logrado dar cuerpo en el plano real a sus obras. En las visitas a su taller, descubrimos que son figuras abiertas de cuyo interior brotan tentáculos que luchan por expresarse y extenderse. Es fácil que las esculturas nos recuerden a un pólipo que pugna por abrirse paso: igual que el “Polyp” (el nombre “familiar” o apellido familiar de Asterios) trata de abrirse paso entre la dura figura de Asterios (su nombre singular).

En determinado momento de su vida matrimonial, Asterios revela a Hana que hace mucho –desde antes de haberse siquiera conocido- instaló cámaras de video en las distintas estancias de su apartamento y en su oficina de la universidad. No se trata de un ejercicio de voyeurismo; él nunca ha visto el contenido de dichas cintas –sólo cuando ella le abandone y la vida Asterios esté arruinada se resignará a visionarlas-. ¿Cuál es el fin de dichas grabaciones? Las cámaras doblan la realidad conservando una copia y esa vida grabada y almacenada en el oscuro interior de las máquinas es el contenido de vida para su gemelo muerto, Ignazio. A Hana le recuerda el interior de una pirámide en la que el Faraón replica su vida externa, o las miles de figuras de terracota que Qin Shi Huang, el primer emperador chino mandó crear y enterrar. Es una idea sofisticada, inusual en el género de las novelas gráficas. Inmediatamente la relaciona con otra sugerencia que no hace sino darle aún mayor profundidad de planos a la narración. Asterios está oníricamente presente en el memorial que en Washington recuerda a los caídos en la Guerra de Vietnam. Dicho memorial es una cuña hundida en tierra en la que están inscritos miles de nombres sobre un mármol negro que recuerda a una cueva o a una sombra creada por el Sol y que se hunde en la Tierra. Asterios camina paralelo al mármol y su figura se ve reflejada como si fuera su propio hermano Ignazio. Busca, palpa los nombres grabados y allí está su gemelo como si fuera un soldado muerto en Vietnam: Ignazio Polyp. Faraón encriptado, guerrero enterrado de Xian, soldado grabado de Vietnam: todos viven una vida oculta como la que Asterios compartió nueve meses con su hermano Ignazio. Pero Ignazio permaneció en la oscuridad sin ser dado a luz y ahora Asterios alimenta esa vida oscura regalándole un reflejo o un biotopo oscuro de su propia biografía, grabado con las numerosas cámaras de video que ha colocado en las esquinas de su vida. Asterios duda si lo vivido es más real que lo grabado; duda si la vida que le toca asumir es la grabada y vigilada que él domina o el curso caótico de los acontecimientos que generalmente llamamos vida. “¿Estoy en estos instantes viviendo la vida de Ignazio?”, se cuestiona. Es una obsesión que va tomando todo su interior: “Cuando mayor soy, más se apodera de mis pensamientos”.

Asterios reconoce que existen dos principios cosmológicos y vitales: Apolo y Dionisos, lo apolíneo y lo dionisíaco, lo lineal y plástico. Pero en su opinión, es absolutamente cierto el principio de la arquitectura moderna que afirma que todo lo que no es útil y funcional es meramente decorativo. Asterios milita en el equilibrio apolíneo y desprecia con sarcasmo el resto. Él tiene proyectos ideales diseñados que cumplen a la perfección sus principios funcionales, pero nunca han llegado a ser construidos, no le ha sido posible llevarlos del plano del diseño al plano real. El autor establece un paralelismo con las cintas de video grabadas. Los planos son diseños muertos que como su hermano Ignazio nunca han adquirido cuerpo en la realidad y las grabaciones clandestinas son una ultravida –permanecen después de lo vivido y permanecerán tras la vida- que también permanecen en el limbo oscuro pero como una vida descartada, capturada y convertida en pálido reflejo de lo que verdaderamente fue. Asterios es una vida guiada por un idealismo apolíneo que nunca le ha llevado a ser alguien auténtico, real, sino que parece ser un extraño a su propia vida, no se implica y permanece distante. Se ve muy bien en la relación con sus propios padres –Eugenio Polyp y Aglia Olio-, con los cuales Asterios mantiene una gélida distancia mientras que Hana les abraza e intima con ellos. Su padre padece una enfermedad degenerativa que le ha llevado desde hace años a permanecer encamado con una casi nula capacidad para comunicar. Asterios ni entra en su dormitorio para saludarle sino que lo hace de lejos y tampoco se interesa por la dura vida que su madre lleva como cuidadora. Frente a tanta embarazosa intimidad, tanto drama y tanta humanidad, él tiene una compleja teoría que pone en medio para que la vida real no le toque. El episodio donde se presenta la amistad y piedad de Hana con sus suegros es encabezado por un grabado en el que se ve a San Francisco hablando con los pájaros. Hana es San Francisco de Asís, que trata con las criaturas reales aunque ese carácter franciscano conduzca a veces a que algunos mosquitos inesperados que salen desde dentro de los cuerpos asusten o provoquen rechazo. Es muy reveladora la frase que le dice a Asterios su madre al despedirse de él: No seas un extraño.

No obstante, el amor que Asterios siente por Hana le lleva a transformar su entorno y modo de vida. El apartamento funcional es redecorado por la incorporación de muebles decorativos de Hana. Acepta al gato y se acostumbra a aquella mujer tan sentimental y “humana”. Por otra parte, Hana es discreta y no trata de cambiar a Asterios sino que lo asume tal como es. Hay un momento que simboliza esa mutua aceptación. Sucedió durante su viaje de novios. Hana rebusca en la playa, bajo la rompiente de las olas y encuentra una navaja suiza –uno de los tres objetos que años más tarde Asterios salvará del incendio de su apartamento-. Asterios se interesa -quizás porque se identifica con su funcionalidad y mecanicidad- y su esposa se la regala con una actitud paciente.

Asterios es representado como un hombre con dos cabezas –Asterios e Ignazio- entre las cuales no hay coordinación suficiente para manejar una barca que está a punto de ser hundida por una ola enorme que –como aquella primera tormenta y rayo que vienen del cielo- cae en el mar sobre él. Parece que no sólo tiene un gemelo que le acosa sino que en parte su esposa es también una gemela que amenaza su status quo.

Ya vemos que el libro recurre a algunas referencias cultas. Menciona una creencia que Aristófanes expone en una obra de Platón: originalmente, los humanos eran esféricos, con cuatro brazos, cuatro piernas y dos caras, una a cada lado de una única cabeza.  Zeus los dividió y creó así dos criaturas, varones y mujeres, los cuales sin dejar de correr de aquí para allá presas del pánico, tratan de unirse para volver a recomponer la figura rota. Pero Asterios tiene otra teoría: Adán y Eva eran lo mismo; Eva fue un clon de Adán. Es más, se pregunta si en realidad Adán y Eva no eran simplemente gemelos. Para él la pareja que forman hombre y mujer no responde a la lógica de la alteridad sino que considera –y en la práctica se comporta arrogantemente como tal- que Hana es un reflejo o complemento de su Ego masculino; debe convertirse en un clon de Asterios. Hana se irá sintiendo cada vez más ahogada por Asterios, que tiene un comportamiento ególatra y dominante. El gemelo al que patológicamente se refiere no le abre al otro sino hace que él se refiera a sí mismo de un modo narcisista. Su gemelo no es otro sino un reflejo de sí mismo, de lo que no puede ser o de lo que no es capaz de concebir de sí mismo. Ignora la alteridad real y única de Hana. Ella sueña que él le asfixia con una almohada y es le revela un sentimiento que cada vez es más pesado en su interior.

La escuela de Apogee

Como el caballero héroe del patrón clásico, Asterios es derribado de su “caballo” y aprende un nuevo modo de ser en una escuela, monasterio o comunidad. En esta caso, ese lugar es Apogee. Asterios irá pasando de ser un molesto extraño maloliente en el hogar de los Major a empatizar progresivamente y mostrarse considerado y cariñoso. La humildad de la familia y la autenticidad de sus miembros le irán humanizando. Jackson y su amigo invisible Ronny Doug le reconciliarán con esa experiencia de gemelo fantasma que le acompaña toda su vida desde niño. Stiff es un mecánico que patéticamente sueña con ser inventor: ha instalado torpemente paneles solares sobre un automóvil convencional para dotarlo de eterna autonomía. A Asterios la propuesta irá dejando de parecerle patética para convertirse en una entrañable peculiaridad. La madre de la familia es Ursula Major, el más marcado personaje de la familia. A Asterios le es imposible dominarla ni tan siquiera clasificarla; se muestra inmune a sus sarcasmos y le supera con su exuberancia vital. Úrsula es una corpulenta mujer de gran cabellera, tronco grueso, vestidos llamativos y pecho abundante de gran escote. Profesa una religiosidad pagana de raíz nativa, cree que en vida anterior fue chamán de una tribu y ha evolucionado hasta descubrir su verdadera naturaleza: es una divinidad encarnada en una discreta vida humana. Es astróloga y psicóloga y su autoestima no conoce rival. Pero está muy lejos de la arrogancia y autosuficiencia que tiempo atrás había exhibido Asterios. Por el contrario, Úrsula es amable, maternal y acogedora, empeñada en compartir sus ideas. Lejos de sentirse superior, comparte una feliz vida familiar con su marido Stiff, absolutamente ajeno a esos intereses. La fe de Úrsula en creencias tan poco estimadas por el mundo culto, hace que su autoconfianza resulte también entrañable.

En esta familia –que vive en una casa cuyo terreno ha sido anegado hasta parecer que flota en el agua- y una vida tan sencilla en un lugar ignoto, comienza a sentir cierto equilibrio bien distinto del que su idealismo quiso siempre imponerle. Participa con cierto placer de las costumbres populares y vulgares de la comunidad local, tan distantes de la sofisticada vida académica Nueva Inglaterra. Descubre entonces al niño de la casa –Jackson-, el secreto del reloj de pulsera, el tercer objeto que salvó del incendio –junto con el encendedor Zippo que le había regalado su padre y él regaló al vagabundo veterano, la navaja suiza que le regaló Hana-. Si el Zippo se lo regaló su padre y la navaja se la dio Hana, el reloj se lo compró a sí mismo, aunque tras ahorrar dos años. De niño, Asterios había sentido curiosidad por un reloj suizo de mesa que su padre tenía en el hogar y reconoce en Jackson el mismo tipo de curiosidad pero por su reloj de pulsera. Éste no es un reloj ordinario sino que su mecánica tiene un funcionamiento inusual: el reloj tiene dos imanes entre los cuales oscila una horquilla que es la que alimenta de movimiento al conjunto del reloj. Por primera vez, Asterios está alumbrando una posible alternativa a la división interna que padece entre él y su gemelo muerto. ¿Y si él e Ignazio son dos imanes entre los que Asterios debe vivir con equilibrio y avanzando en la vida? Es más, Asterios regala el reloj a Jackson: otro signo del progresivo desprendimiento que vive y a la vez parece quitarle importancia al drama de dualidad que arrastra.

En una doble página justo en medio de la obra hay un descomunal agujero que creó la caída de un asteroide. Úrsula y Jackson llevan a Asterios a conocerlo y él se queda admirado. Ese agujero tiene una gran potencia simbólica. Es la propia vida de Asterios, es ese submundo que Asterios ha construido y alimentado para su gemelo muerto. Pero sobre todo es silencio, es un asombro, es lo inesperado. Úrsula, quien había aparecido hasta el momento como una lunática, pone de manifiesto una sabia perspicacia. Mientras él contempla extasiado la enorme cavidad, ella le revela lo que piensa de él: Supe desde el primer minuto en que te vi que no eras un expresidiario –jailbird- ni tampoco un mecánico. El error que comete la mayor parte de la gente es que ponen la atención en las cosas equivocadas. Eres un hombre triste. Por alguna razón. Has sufrido una gran pérdida o al menos eso piensas. Y estás tratando de huir de algo. Pero sabes que no puedes- Y para saberlo no necesito mi bola de cristal –termina diciendo para devolver al personaje a su peculiar exotismo, como si aquellas palabras hubieran sido fruto de un momentáneo episodio de revelación divina.

El siguiente episodio se inicia con un pequeño grabado de una construcción propia del estilo de Frank Ghery, muy parecido al Museo Guggenheim de Bilbao y muy distante del estilo funcionalista que Asterios había defendido durante toda su carrera. En la siguiente página, el protagonista aparece en un sueño, caminando por ese edificio caótico. Va vestido como el mecánico que ahora es en aquel pueblo de Apogee. Llama a una puerta donde está grabado el nombre de su gemelo, Ignazio Polyp y éste le permite entrar.  Ignazio aparece como un arquitecto de prestigio mundial, que ha formado una feliz familia y que ha sido coronado con el premio Pritzker. Ignazio le confiesa que todo su éxito se lo debe a Asterios: “Realmente, todo te lo debo a ti. Tú me has hecho tal como ahora soy”. La expresión de Asterios no es de ira, nerviosismo ni miedo, sino de calmada sorpresa.

La siguiente escena es el segundo turn-point de la narración. Stiff ha traído en su furgoneta un abundante cargamento de tablas para construirle a Jackson su sueño: tener una casa en la copa del árbol de su jardín. Stiff le enseña al arquitecto Asterios un tosco plano que ha dibujado con torpeza en un pequeño trozo de papel. Asterios lo examina atentamente. Por su cabeza pasarían advertidos todos los defectos que tenía aquel vulgar diseño. Pero lejos de criticarlo, Asterios sonríe por primera vez en mucho tiempo y exclama, “Me parece genial”. Junto con Stiff, construyen todo el día la caseta entre las grandes ramas del árbol para Jackson. Cuando está anocheciendo, la caseta ya está rematada. Es la primera vez que Asterios ha construido algo real con sus manos. Los rayos del Sol entran horizontales en la copa del árbol y un pájaro sale volando. Nos recuerda a una de aquellas aves de San Francisco de Asís que había en el cuadro que Hana tenía colgado en su taller. Asterios está sentado en el porche de la casa, sudando. Una mosca se posa en su cara. Es como aquellos mosquitos –que simbolizaban las incomodidades que entraña la vida real y las criaturas de la naturaleza-, pero Asterios no la espanta sino que le deja que sorba sus gotas de sudor. “Es la primera casa que he construido en mi vida”, le dice a Úrsula, que acaba de aparecer en el porche fumando una pipa. Ella le reconoce que “por el modo en que manejabas las herramientas, sospecho que en una vida anterior fuiste carpintero”, lo cual despierta una pacífica sonrisa en Asterios. Éste, con una oculta conexión lejana a la rigidez de su pasada personalidad, relata una anécdota: “¿Alguna vez has escuchado hablar del Santuario de Ise? Hay un santuario sintoísta en la ciudad de Ise, que es considerado el más sagrado santuario de todo Japón. La fecha de su origen remite al siglo cuarto, pero desde finales del siglo noveno, ha sido ceremonialmente remozado y reconstruido cada veinte años, usando técnicas y materiales tradicionales. En ningún momento, ni una sola pieza de toda la estructura era más antigua de dos décadas… pero todos los japoneses te dirán que el santuario tiene aproximadamente dos mil años de antigüedad”. Úrsula no se extraña de la historia ni muestra confusión: “Para mí, eso tiene todo el sentido”. Dos girasoles aparecen simbolizando ese santuario. Sin embargo, el lector debe buscar el significado pues no parece tan evidente como a Úrsula Major. La referencia está ya muy lejos de la aplanada funcionalidad que tanto defendió Asterios. Quizás Asterios ha conectado con la esencia de la vida, con lo imperecedero e inmutable de lo humano. El hombre, las modas, las escuelas artísticas y científicas cambian cada dos décadas y el hombre no deja de usarlas para poder expresarse, pero la condición humana sigue siendo la de siempre. Aquella caseta representaba la esencia humana –soñada por un niño-, frente a la sofisticación de las elaboraciones académicas y las imposturas culturales que al final le habían alienado y hecho fracasar su vida.

Asterios había estado ciego ante el amor que le guiaba a una vida buena. Sujeto de forma testaruda a su ideología y parapetado en sus prejuicios, fue incapaz de ver que el amor le guiaba más allá del drama que le había mantenido preso. Asterios fue a una clase de escultura que impartía Hana pero no supo ver lo que ella enseñaba. Hana había puesto sobre una mesa dos ladrillos idénticos paralelos y con una distancia entre ellos igual que el grosor que tenían. “¿Cuántos veis?”, preguntó a su alumnado, disperso por el taller. Un joven afroamericano contestó que dos. Otra chica chica anglosajona también comparte su opinión: son dos piezas.  “¿Alguno más?”, insiste Hana. Un chico propone que tres y se explica: “Son tres porque hay un espacio entre ambos ladrillos, con el mismo tamaño y forma que ellos y eso… es como haber hecho un tercero”. Hana le felicita: “Bien. Me gustaría que recordarais esto: como escultor, tu no haces formas sino que determinas un área finita de espacio”. A Asterios le gustó la lección pero no aplicó la enseñanza a su drama. Entre él y su doble vida había un espacio libre en el que se podía crear. La vida no es un contenido predeterminado sino más bien un área o unas relaciones en las que se puede crear. Esos dos ladrillos comunican simbólicamente con las Torres Gemelas sobre las que en la primera página del libro se cernía la tormenta y con las torres del edificio del apartamento en que vivieron Asterios y Hana.

Ahora, ante la caseta, Asterios comprende que lo mejor de su vida era Hana. Ella era la esencia del amor, el espacio entre los dos ladrillos que había levantado en su vida, la horquilla del tiempo que oscila entre sendos imanes del reloj… Pero la soberbia que le envenenaba no le hizo capaz de reconocerlo y finalmente Hana le había abandonado. Desde ahí, todo se hundió en su vida: su depresión le hizo abandonar la universidad y las deudas y ruina le había conducido a aquella penosa situación en que le encontramos al comienzo de la novela.

El camino del héroe

Asterios ahora parece preparado para rescatarla. En un complejo episodio bicolor, nos encontramos de nuevo a Asterios bajo la lluvia, pero vestido como solía –su traje- y armado con una lira construida con una escuadra formada por una regla y una sinuosa plantilla que recuerda a las formas típicas que gustaban a Hana. Asterios es la regla y Hana la plantilla de curvas: entre ambos se extienden las cuerdas de la lira que Asterios querrá hacer sonar, representando la vida y amor común. Así, bajo la lluvia y los rayos de la tormenta, nos devuelve de nuevo al comienzo del libro, nos pone de nuevo en el kilómetro cero de la situación. En un episodio onírico, Mazzucchelli nos une al camino que el héroe clásico -o caballero- tiene que recorrer para salvar a su amada perdida. De nuevo entra en una estación de metro que en realidad es el acceso al infierno: el cancerbero de tres cabezas custodia la entrada pero Asterios lo acaricia y éste se vuelve dócil. Desciende por una abismada estructura de escaleras hasta el andén. Como la barca de Caronte, el tren llega flotando pues las vías están inundadas. El dibujo es de color morado –el color que funde el azul y el rosa- y la textura es la de finas rayas cruzadas que caracterizaba a Hana. Atravesando un paisaje subterráneo industrial decadente, Asterios sigue descendiendo. Hay una recurrente presencia de la señora vomitando como una condenada penitente. Algunos fantasmas –entre los cuales están sus padres con la apariencia de su juventud- expiran pero él hace sonar su lira y los apacigua. Finalmente encuentra y rescata a Hana pero en el último instante, justo antes de salir al exterior de la cavernosa cavidad, ella suelta su mano y se pierde entre llamas que la consumen. Él queda cabizbajo, pero está determinado: va a realizar la hazaña en la realidad. Pero, siguiendo el patrón del héroe, cuando se cree ya preparado para triunfar, sufre un fracaso. Éste llega de mano de aquel vagabundo veterano al que Asterios regaló el encendedor que le regalara su padre. En un incidente absurdo, aquél le rompe una cabeza contra la cara y le priva de un ojo. Ahora, es cuando realmente Asterios puede mirar.

Asterios llega a una verdad central mientras está inconsciente en el hospital. Por tanto, antes del desenlace, el cómic expone un mensaje con fuerza: recordar es siempre recrear, no repetir, y recordar no es ir al pasado, sino una acción de presente, porque uno siempre vive dentro del curso de un tiempo y recordar no significa salirse de él. En consecuencia, Asterios se hace consciente de que no está determinado por el pesar de su pasado sino que puede reinterpretarlo y releerlo en otra clave. Y recordarlo compasivamente no altera los hechos del pasado sino que transforma el presente porque no hay pasado –al menos no lo hay del modo que uno pueda acceder a él directamente- sino que uno siempre opera en el presente. La materia de los recuerdos siempre es el presente: uno no opera sobre lo que fue sino sobre lo que es. Así abierto el tiempo a la esperanza, sabe que no tiene que dar razón de todo su pasado ni de la relación con Ignazio sino sólo de sí mismo.

Uno no está determinado por el pasado ni por fuerzas alienantes. Asterios piensa que Ignazio –o la parte dominante de sí mismo que llamaba Ignazio- ponía su fe en divinidades que establecían la realidad sin que las personas tuvieran papel. Un mundo ideal superior imponía su lógica o capricho sobre la vida de las personas. La gente lo que tenía que hacer es comprender dicha lógica y hacerse sumiso a ella. Así, el orden funcional tenía una serie de instrucciones que la gente tenía que cumplir. Y Asterios tenía aquel gemelo oculto a cuya voluntad se sometía. Asterios hacía que Ignazio le diera las órdenes a que previamente Asterios quería someterse. Esa lógica griega de las divinidades lo explicaba todo sin que los hombres tuvieran responsabilidad alguna. Ignazio prefería siempre pensar en los dioses griegos de sus ancestros. Al darles personalidades humanas, los antiguos griegos podían sentir que el mundo tenía sentido: maremotos, erupciones volcánicas, terremotos, plagas o ciclones se podían explicar por la voluntad de aquéllos. Parecía que las tragedias y placeres que vivían los seres humanos sólo podían ser explicados por la acción caprichosa de las deidades. Y así, siempre resultaba agradable poder maldecir a alguien por los males.

Pero ahora Asterios ha comprendido: “Yo soy el héroe de mi propia historia”. Pero no es el único que decide en su historia. El hombre está implicado con todo el universo y todo participa de la vida, no está determinado por agentes externos. Somos libres y tenemos papeles en la vida de los otros, aunque sean muy secundarios. Cualquiera puede tener un papel en la historia, por muy puntual o colateral que dicho papel pueda ser. Asterios recuerda un grave accidente que Hana y él vieron una vez, provocado por una cierva que desempeñó tal papel puntual pero letal. O es el caso del mendigo veterano que le arrancó el ojo de un botellazo. Al final, el amor es un modo de tiempo o, mejor dicho, el tiempo es un modo de relación.

Se acuerda del catolicismo de su madre –Aglia Olio- y formula que si hay un Dios omnisciente y solitario, tiene que ser personal y estar tan en la historia como cualquiera: “Si el creador del universo está gastando todo su tiempo viéndote, seguramente debe ser porque te ama”.

Y, siguiendo las leyes del héroe caballero, se enfrenta al Enemigo. Hay un último diálogo entre Asterios e Ignazio. El encuentro sucede mientras nuestro protagonista está sustituyendo el mecánico motor de un coche que se quemó y pone en su interior dos girasoles, el santuario que le conectaba con la esencia de la vida, aquélla que puede tener dos mil años. En esta escena hay un cambio de personalidades: Asterios es Ignazio y viceversa. Es decir, que vemos a Asterios conducir el coche que se quema y entra en el taller mecánico de Apogee para ser arreglado, pero quien realmente entra es Ignazio, que es quien ha dominado su vida. En realidad, Ignazio sabemos que no existe sino que Asterios ha objetivado una parte de sí mismo y la ha extrañado (proyectado) en un gemelo para el que vive o respecto al cual vive. Pero Asterios ha superado esa necesidad de ajustarse a un orden mecánico superior –por eso sustituye el motor mecánico por el santuario de girasoles- y está dispuesto a asumir el papel sombra que había desechado; la vida secundaria, oculta y humilde que había llevado su gemelo. Por eso quien hace de mecánico es Ignazio. Mazzucchelli nos hace ir más allá en los planos narrativos y dar un tirabuzón, lo cual hace difícil la comprensión pero nos quedamos con una sensación clara: el verdadero Asterios –no el colonizado por Ignazio- es capaz de decirse la verdad, reconocer su historia e identificar dónde está el amor: “La realidad, tal como yo la percibía, era una simple extensión de mí mismo”. Dedicado a consolidar mis diseños individuales, erigí un edificio de “elocuente equilibrio” (un equilibrio reputado e indiscutible), pero, de hecho, ninguno de mis diseños fue nunca construido. Ahora, Asterios liberado es capaz de mirar cara a cara la verdad. Pero el viejo Asterios –dominado por Ignazio- no quiere aceptarlo. Toma una herramienta en la mano y golpea a Asterios. Pero es demasiado tarde.

No seas un extraño

Asterios despierta en el hospital y comienza la despedida de aquella familia de Apogee que le había hecho darse cuenta de la esencia de la vida. Varios detalles nos hacen darnos cuenta de que Asterios es una persona más compasiva y cariñosa. Conforme Asterios se va conduciendo  aquel absurdo coche de paneles solares que había inventado Stiff Major, éste le dice a su antiguo huésped: ¡Hey, no seas un extraño!, tal como se lo había dicho su propia madre años antes.

Un largo viaje atravesando los parajes americanos le lleva al encuentro de Hana. Tiene que superar un obstáculo final: nueve y un coche que se rinde. Avanza a pie entre la ventisca pero nada detiene al héroe. Unas preciosas estampas nos dejan ver el hogar al que quiere volver. EL reencuentro aguarda alguna sorpresa. Asterios ha interiorizado el modo franciscano de amar y vivir de Hana, pero también ella ha aprendido de él en su ausencia: sus nuevas esculturas consisten en formas geométricas que representan los cinco sólidos platónicos. Tras una conversación que no hace sino acercar más sus palabras y sus cuerpos, Mazzucchelli nos da una última visión de ellos desde el exterior de la casa, a través de una ventana, por la cual se ve que sus manos se han vuelto a unir. Son los protagonistas de su historia, pero viven en una historia donde la casualidad, como aquella trágica cierva contra un coche, tiene su papel. En doble página, se muestra con humor negro un enorme asteroide en llamas cruza el cielo para estrellarse justo encima de la casa donde Asterios y Hana estaban reencontrando y redimiendo su amor. Aquel loco del pueblo, Spotty, ha tenido su papel: no era un loco sino un profeta a quien tenían que haber prestado atención. Incluso en un modo de comprender el mundo sin destino ni tragedia, existe el drama. Ese drama de la extinción –no desprovisto de cierto sarcasmo- es un modo doloroso de afirmar la tesis principal: la indeterminación de la historia. Pero uno se queda con la impresión de que ese asteroide habrá podido apagar hasta la vida pero no vencer la pasión ni la historia de redención de Asterios Polyp a la que hemos podido asistir –en la que en cierto modo hemos podido participar-.

En una coda final, a miles de kilómetros de distancia, el niño Jackson de los Major, está junto a sus padres en la caseta que le construyeron su padre y Asterios. Lleva en la muñeca el reloj que el arquitecto le regalara. Está observando el firmamento y ve a lo lejos el rastro del mismo asteroide que está cayendo sobre la casa de Hana y Asterios. ¡Mamá, mira! ¡Una estrella fugaz!, le dice a su madre y Úrsula responde las últimas palabras de la novela: Pide un deseo.


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