Scaraffia, Lucetta (ed.): La gran prostituta. Tópicos sobre la Iglesia a lo largo de la historia. San Pablo, Madrid, 2015, 336 páginas. Comentario realizado por Lázaro Sanz Velázquez.
El tema y las autoras de este volumen pueden suscitar reacciones de diverso signo que pueden hacer pensar a quien lo lea sin prejuicios. El objetivo del libro, en palabras de su editora, es «aclarar desde el punto de vista histórico algunos estereotipos muy difundidos en la historia de la Iglesia [...] no tiene una intención apologética, sino histórica, de rectificación de aquellos tópicos que parecen haber sustituido la realidad de lo que concierne a la historia de la Iglesia y que han contribuido también a deformar su identidad pública» (p. 5).
Refiriéndose a los numerosos libros polémicos que circulan contra el Vaticano, Lucetta Scaraffia afirma que se multiplican en ellos errores y referencias históricas equivocadas que se remiten a tópicos convertidos ya en verdades petrificadas, aunque estén basados en informaciones erróneas. Tan difundidas e indiscutidas que quienes acuden a ellas no se molestan ni siquiera en revisarlas. En cambio, las investigaciones historiográficas de estos últimos decenios –casi siempre obra de estudiosos no católicos– han contribuido a refutarlas. El trabajo que las siete historiadoras han desarrollado en este libro tiene como objetivo «depurar las opiniones que se basan en prejuicios, porque pensamos que sería mejor para todos que el debate sobre la valoración de la acción y la tradición teórica de la Iglesia católica se desarrollara partiendo del conocimiento compartido de la verdad histórica» (pp. 9-10).
El título del libro se refiere al modo injurioso en que la Iglesia es conocida por sus críticos desde hace siglos. Entre los temas tratados, están: la gran prostituta en la historia de la Iglesia (Sylvie Barnay); el mito de los orígenes (Sandra Isetta); la Inquisición (a cargo de la historiadora judía Anna Foa, que en otro ensayo se ocupa del antisemitismo); el odio al sexo (ensayo de Margherita Pelaja); el celibato eclesiástico (tratado por Lucetta Scaraffia, que aborda también el tema del protestantismo); la relación entre ciencia y fe y la de la Iglesia con las mujeres (investigaciones llevadas a cabo por Giulia Galeotti); el tema del sufrimiento y del dolor lleva la firma de Cristiana Dobner.
Diez cuestiones, diez estereotipos a los que siete mujeres, historiadoras de profesión, de diferente extracción religiosa, se enfrentan sin prejuicios, con un lenguaje ampliamente accesible, sin renunciar al rigor histórico crítico de las afirmaciones.
El enfoque femenino consigue captar la riqueza vital de emociones y sentimientos subyacente a los hechos y decisiva para la vida, que a menudo un cierto racionalismo interpretativo es incapaz de percibir. El destino del texto a un amplio público motiva no solo su estilo discursivo, a menudo enriquecido de narraciones, sino también la opción de los tópicos sobre los que hacer reflexionar.
El título del libro da cuenta de la red de perspectivas que lo animan: como muestra eficazmente Sylvie Barnay en el primero de los diez ensayos, el tema de la Iglesia santa y prostituta parte ya del testimonio bíblico, en particular del Apocalipsis. Retorna en los Padres de la Iglesia como una especie de canto llano, no para denigrar a la comunidad de los fieles, sino para estimularla al bien en la continua confrontación entre el ideal y la realidad. La aplicación de las palabras de Jesús en Jn 8,32 al testimonio actual de la Iglesia es en realidad la clave interpretativa fundamental para comprender cómo el reconocimiento sincero de los límites y de las culpas hace resplandecer aún más la santidad y el bien de los que el pueblo de Dios ha llenado el universo en tantos siglos de su caminar.
Particularmente interesante es el ensayo de la historiadora judia Anna Foa, dedicado a la Iglesia, «madre de todas las inquisiciones». Con singular capacidad narrativa y documental, la autora llega a una conclusión tan singular como eficaz: «¿Queremos confesarlo de una vez o no? Si yo tuviese que elegir por cuál de estos temibles tribunales preferiría ser procesada por lo que pienso o creo, no eligiría jamás un tribunal soviético de la época de las grandes purgas estalinistas. Ni tampoco me gustaría ser procesada por los tribunales laicos de la Edad del absolutismo. Pese a todo, elegiría la Inquisición, la romana, naturalmente, esperando siempre que Dios me guarde de ello» (p. 137). El rigor de la investigación histórica se funde aquí con un valor no común para sostener tesis que desestabilizan una cierta «vulgata» y muestran cómo en los pliegues de la complejidad de la historia la verdad es mucho mas rica y variada que cualquier fácil juicio sumario de culpabilidad o absolución.
A conclusiones análogas sobre cuestiones diferentes llegan los ensayos de Maragarita Pelaja sobre «el odio al sexo» atribuido a la doctrina de la Iglesia, sin consideración alguna sobre el valor sacramental reconocido por ella a la unión esponsal, en una auténtica exaltación de la corporeidad; o de Giulia Galeotti sobre el tema de la ciencia, que muestra tanto la banalidad de los juicios, como los de Richard Dawkins, sobre la religión como «enfermedad mental que deberá ser extirpada de nuestros cerebros», así como la validez de afirmaciones como la del padre Michael Heller sobre el hecho de que «la ciencia nos da la sabiduría; la religión, el significado» (p. 249).
La conclusión de Cristiana Dobner sobre el tema del sufrimiento es sello adecuado a todo el percurso del libro: más que la exaltación del dolorismo, el cristianismo es un himno constante a la vida y a su belleza, que es tal en el tiempo de la prueba y del dolor, si estas son asumidas y transfiguradas desde dentro con la fuerza del amor que nos viene del Hijo de Dios encarnado. Aquí la investigación histórica al servicio de la verdad se hace, más que nunca, propuesta de vida, estímulo para experimentar la belleza de cuanto la Iglesia puede ofrecernos.


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