viernes, 7 de agosto de 2026

Diego Bermejo (ed.): Pensar después de Darwin. Por Lázaro Sanz Velázquez

Bermejo, Diego (ed.): Pensar después de Darwin. Ciencia, filosofía y teología en diálogo. Sal Terrae, Santander, 2014. 558 páginas. Comentario realizado por Lázaro Sanz Velázquez.

Los catorce autores que participan en esta obra revisan la teoría de la evolución humana desde la filosofía, la teología y la ciencia, invitando a incorporar «nuevas aportaciones recientes de las ciencias empíricas que corroboran, a la vez que corrigen y enriquecen, el darwinismo originario» (p. 11). Los diversos capítulos argumentan desde Darwin, pero más allá de Darwin, abriendo el pensamiento evolucionista a nuevas perspectivas y nuevos retos planteados al antropocentrismo dominante en la cultura occidental. 

La teología, la filosofía y la ética teocéntrica y antropocéntrica, que dotaban de razones consistentes al imaginario tradicional (y también moderno) de la centralidad y superioridad del ser humano en el mundo, se veían obligadas a revisar a fondo sus presupuestos racionales. El desplazamiento antropocéntrico seguía al desplazamiento geocéntrico y parecía confirmar definitivamente el desplazamiento teocéntrico. «Se producía una vuelta a la naturaleza, a un cosmobiocentrismo sin Dios, sin Hombre y sin Razón» (p. 9) 

La edición corre a cargo de Diego Bermejo, director del equipo de investigación «Postmodernidad, pluralidad y postsecularidad» de la Universidad de Deusto, a la que pertenecen varios de los autores de los capítulos. 

«Después de Darwin, nada es ya lo mismo... porque todo evoluciona», con estas palabras abre Diego Bermejo (autor también del cap. 1 [Las aventuras del paradigma antrópico: humanismo, posthumanismo y transhumanismo], que sirve de marco a toda la obra y es el más amplio de todos) el prólogo a este volumen de 558 páginas. La visión evolucionista se ha ido imponiendo, a pesar de los diferentes rechazos teológicos y filosóficos. La evolución se acepta como un hecho científico vinculante, como un modo de pensamiento y como una cosmovisión general. No se discute su núcleo fundamental, sino la interpretación del hecho y del proceso. 

Lo que está en discusión no es si la naturaleza tiene historia, sino el sentido de esa historia y si es tal y como se narra. Tampoco si la evolución es el resultado de un proceso variable y aleatorio, sino si es, además, progreso en alguna dirección. No se discute si la naturaleza en cuanto tal carece de sentido, sino si la naturaleza, en cuanto humana, debería tenerlo. Tampoco se discute si la evolución se puede explicar sin Dios, sino si Dios, en caso de existir, aportaría algo nuevo a la evolución. 

La aportación de Darwin supone un desafío, pero también una oportunidad para pensar de otro modo, y mejor, el mundo, el hombre y a Dios. «“El regalo de Darwin a la ciencia y a la religión” consistiría en devolver a la ciencia lo que es de la ciencia –cuestiones de hecho–, y a Dios lo que es de Dios –cuestiones de sentido», en palabras de F. J. Ayala. 

«Pensar, después de Darwin, impide pensar como si Darwin no hubiera existido. Obliga a situar las cuestiones científicas, filosóficas y teológicas en un nuevo terreno de juego con reglas diferentes» (p. 10). Implica atreverse a pensar en serio el hecho de la contingencia radical de la naturaleza, incluida la naturaleza humana. Pero supone también ir más allá de Darwin. 

La teoría evolutiva debe abrirse, por una parte, a nuevas formulaciones, incorporando teorías actuales que desbordan el mecanismo simple de la selección adaptativa y que surgen desde la propia ciencia; por otra, debe acoger las cuestiones abiertas que se plantean en los límites de la ciencia; cuestiones que apelan al valor y sentido de las teorías científicas, en este caso de la teoría de la evolución, a las que el método científico no puede responder coherentemente.

Anular las preguntas o declararlas sin sentido parecería más ideológico que científico. Propio de la buena ciencia es el reconocimiento de los propios límites, el rigor metodológico y la honestidad intelectual. Además, para que sea buena ha de incorporar un plus de valor y de sentido que emerge de las fronteras de la ciencia. 

Si consideramos legítima la pregunta por el sentido de la evolución, es porque el animal humano no se resigna a vivir con conciencia extrañada en una naturaleza que, ajena e indiferente a su suerte, le niega el sentido que, paradójicamente, ha hecho emerger en él como cuestión. El gran relato de la evolución seguirá narrándose mientras el animal humano siga pensando la evolución con un final abierto e imaginativo; mientras sea contado no solo como el relato de una naturaleza ciega, sino como el relato de la naturaleza humanada. 

Los ensayos recogidos en esta obra colectiva surgieron, en su mayoría, como respuesta a la presencia de F. J. Ayala en el Seminario Interdisciplinar «Ciencia, Humanidades, Religión» de la Universidad de Deusto, durante el curso 2012-2013, que terminó convirtiéndose en un pequeño proyecto del equipo de investigación «Postmodernidad, pluralidad y postsecularidad» sobre algunos retos planteados por la teoría de la evolución a la filosofía y a la teología. «El resultado ha sido un conjunto de quaestiones quodlibetales–antropológicas, epistemológicas, éticas, ecológicas y teológicas que fecundan los territorios fronterizos en que se encuentran confrontadas tanto una teoría de la evolución que quiera seguir abierta y en permanente revisión como una filosofía y una teología que quieran estar a la altura de la ciencia, asumiendo el envite de pensar a la sombra de Darwin y más allá de Darwin».


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