miércoles, 29 de abril de 2015

George Packer: El desmoronamiento. Por Fernando Vidal

Packer, George: El desmoronamiento. Treinta años de declive americano. Barcelona, Debate, 2015 (edición original de 2013). 528 páginas. Comentario realizado por Fernando Vidal (Universidad Pontificia Comillas, @fervidal31).

El desmoronamiento es un ensayo sobre cómo la desregulación financiera, las estafas piramidales, la obsesión por el éxito y la primacía de los intereses del capital han corroído la comunidad e instituciones públicas en Estados Unidos. La metodología para explicar ese deshilvanamiento es seguir las biografías de varias personas que representan a sus ciudades y sectores. Estados Unidos es un país de países, tan grande que en él caben interpretaciones muy distintas. En él hay tendencias destructivas pero también –y quizás en mayor medida- fuentes de regeneración y alternativas. El libro acaba en la esperanza que abren las protestas de ocupación de Wall Street, la reorganización comunitaria y la expansión del medioambientalismo. George Packer logra un gran relato veraz, rápido, vibrante y desasosegante.

1. Burbujas

El desmoronamiento, de George Packer te mete como un reportero de guerra en la Zona Cero estadounidense de la Crisis del 2007. Es un libro documental basado en el seguimiento de media docena de biografías. El libro va alternando las historias de un puñado de personas reales en las que se va siguiendo la trayectoria de desmoronamiento moral e institucional de la sociedad estadounidense en las últimas décadas. Junto a ellos, aparecen otros conocidos personajes de la vida americana –Oprah, Jay-Z, Joe Biden, Newt Gingrich o Colin Powell- que van completando esta biografía colectiva del saqueo moral y económico de Estados Unidos.


El libro se tituló en inglés The Unwinding, que más bien significa El Deshilvanamiento: las cosas que antes estaban bien cosidas han sido deshilachadas, se ha quitado el hilo moral que las unía. El libro no es novela sino ensayo pero se lee como una narración coral, en claro homenaje a la trilogía U.S.A. que John Dos Passos escribió entre 1930 y 1936. El libro no sólo sigue vidas de personas sino que trata de la evolución de sus lugares: comunidades agrícolas de Carolina del Norte, ciudades residenciales como Tampa en Florida, ciudades del acero como Youngstown, Washington, Wall-Street y Silicon Valley. Su tesis es que desde 1970, Estados Unidos sufrió un tiempo en el que el gran capital ocupó los espacios del poder político, inoculó una ideología de avaricia en la cultura popular y desreguló todo el sistema que garantizaba una economía sostenible al servicio del interés general. Quizás lo resumen bien dos conclusiones a las que se llega hacia el final del libro: “Los imperios decaen cuando las elites se comportan irresponsablemente” (p. 382) y “A mediados de la década de 2000 había demasiado dinero sobre la mesa y la brújula moral se dislocó” (p. 422).

“Nadie sabe cuándo comenzó a desmoronarse todo, cuándo cedió el correaje que mantenía a los estadounidenses unidos y a salvo, ciñéndolos con una fuerza a veces sofocante” (p. 11), pero parece que fue a partir de los 1970s “cuando las cosas empezaron a torcerse. Muchas instituciones dejaron de funcionar” (p. 455). Desde entonces, en Estados Unidos “se podía estudiar ese tiempo como una sucesión de burbujas” (p. 456). “Tanta burbuja y tanta gente persiguiendo riquezas efímeras al mismo tiempo dejaban claro que había algo fundamentalmente erróneo en cómo funcionaban las cosas.” (p. 456). Burbuja tras burbuja fueron estallando y bajo esas catástrofes “el mismo país (…) se convirtió en algo irrevocablemente distinto” (p. 11) porque se realizó “el desmantelamiento de la República rooseveltiana” basada en un fuerte contrato de seguridad institucional y libertades. “Sus pilares (…) se [hundieron] como castillos de naipes ante la tormenta, sin apenas hacer ruido” (p. 12). El vacío moral abierto en medio de la cultura pública estadounidense fue rellenado por “el dinero organizado” (p. 11). Estatus, poder adquisitivo o el puro poder se convirtieron en signo absoluto. En el discurso de bienvenida a Yale, el rector recibió a los nuevos estudiantes -los freshmen- con un “Felicidades. Tenéis la vida solucionada” (p. 460). Pero “en una sociedad desalentada como la estadounidense, era imposible que el estatus pudiera ser indicio de lo bueno y lo correcto” (p. 455). El desmoronamiento ha sido tal que “muchas cosas han cambiado hasta el punto de que ya no se las reconoce” (p. 11). Tan sólo persisten las familias luchando por subsistir -“las familias florecen incluso en el aislamiento, tratando de sobrevivir” (p. 12)-. “Nada permanece, excepto las voces, las voces de los estadounidenses” (p. 13) y a ellas es a las que el autor deja hablar para que nos cuenten lo que pasó.

Las historias van alternando sus distintos episodios vitales. Los personajes principales son seis: Dean Price es un empresario rural de Carolina del Norte que quiere regenerar la comunidad a través de los empleos verdes que crea el biodiesel. Jeff Connaughton es un político y lobista blanco de Washington. Tammy Thomas es una afroamericana obrera de Youngstown, la Ciudad de Acero, que a mitad de su vida se reconvirtió en organizadora comunitaria. Peter Thiel es un inventor, empresario e inversor blanco de alta tecnología en Silicon Valley. Tampa fue el ejemplo de ciudad residencial de Florida en la que la estafa inmobiliaria y los desahucios fueron masivos. En ella nos encontramos a Matthew Weidner, un abogado blanco especialista en defender a las familias estafadas. Finalmente, Nelini Stamp es una joven latina de Brooklyn que participó en la ocupación ciudadana de Wall Street. Dos de esas historias nos hablan del saqueo organizado de Estados Unidos por parte del gran capital y los políticos al servicio del mismo: Connaughton y Weidner.

2. Wall Street toma Washington

Jeff Connaughton es un blanco del Norte de Alabama, fascinado por el demócrata Joe Biden y la épica de la victoria política. Llegó para servir en la Casa Blanca en 1994 e inmediatamente descubrió que en Washington los cargos electos eran una casta de príncipes del mundo. Para él, “el edificio al completo era como un templo, y esa sensación de asombro jamás remitió” (p. 138). Era un feligrés fervoroso del Olimpo de Washington. Tras dos años de servicio, en 1996 salió de la política y en virtud del a “puerta giratoria”, empezó a trabajar como lobista. Se dio cuenta que la lluvia de dinero empresarial caía sin descanso sobre Washington. La cultura pública cambió tanto en Wall Street como en Washington. Durante ese tiempo pudo comprobar que Wall Street había logrado “el desmantelamiento de las reglas que habían garantizado la estabilidad del sistema bancario durante medio siglo” (p. 335). “Washington había sido tomado por el poder del capital. La industria de la influencia –el lobismo, las campañas mediáticas, las elites, las puertas giratorias- habían transformado Washington” (p. 347). “Nuestro gobierno había sido secuestrado por la elite financiera y obligado a gobernar para la plutocracia” (p. 334). La crisis no sólo era financiera sino que la causa profunda procedía de que “la crisis suponía la ruptura del sistema legal” (p. 335). 

Individuos como el “neocon” republicano Newt Gingrich luchaban por desarmar las instituciones con el fanatismo de quien se consideraba un “civilizador”, definidor de la civilización. La agresiva revolución Gingrich comenzó en la década de los 80 y en 1994 llegó a la presidencia de la Cámara de Representantes. Pero el desmoronamiento no afectaba sólo a personajes grotescos como Gingrich sino que había sólidos hombres institucionales que se corrompieron. Packer pone el caso de Robert Rubin, un financiero que corrompió su carrera cuando estaba en la cúspide. O el del general Colin Powell: su destrucción moral llegó cuando declaró ante la ONU el 5 de febrero de 2003 que había armas de destrucción masiva en Irak para justificar la nueva guerra. Por la noche, el remordimiento le provocaba que cada dos horas se despertara gritando.

Connaughton tomó conciencia de que había sido un entusiasta “creyente” en una democracia que había sido tomada al asalto por el gran capital. “Estaba cabreado con Wall Street por dar la patada a las normas, a las reglas, a los sistemas de equilibrio de poder institucionales y a los códigos de conducta” (p. 333). La sofisticación de la conspiración no estaba alcance de quienes tenían que hacer justicia. La opacidad del laberinto electrónico en el que el gran capital usa complejos algoritmos para hacer miles de compraventas por segundo y sacar beneficios de las pequeñas fluctuaciones, es inescrutable (p. 348). Conaughton se pregunta: “¿Son capaces las fuerzas de seguridad del Estado de detectar el fraude y la m manipulación en mercados cada vez más complejos?” Y contesta claramente: No. “Wall Street usaba una jerga deliberadamente opaca para intimidar a los extraños, pero para tener éxito sólo había que controlar un mínimo de matemáticas y saber mentir” (p. 420). “El cinismo era el pan nuestro de cada día” (p. 431). Por eso y por el desmantelamiento de los controles legales, las fuerzas de seguridad del Estado no han logrado disuadir eficazmente a los delincuentes financieros. El joven lobista reconocía el sufrimiento de “la gente de clase media que había trabajado duro, habían respetado las normas y habían visto sus pensiones desaparecer a finales de la cincuentena, justo cuando respiraban tranquilos porque creían haber reunido lo suficiente para la jubilación y habían terminado bien jodidos” (p. 333). Incluso visitó caravanas en Rapid City que ni siquiera tenían suelo, donde la gente vivía directamente sobre la tierra y esa pobreza le causó una honda y dolorosa impresión. Finalmente, Conaughton decidió hacer una denuncia pública de los mecanismos mediante los cuales Wall Street (el poder económico) había dominado a Washington (el poder político), lo que supuso su inmolación profesional.

3. La estafa de las hipotecas basura

Matthew Weidner ejerció como abogado en Tampa. El libro futurista Megatrends, publicado en 1982, predijo que Tampa sería la próxima gran ciudad americana. “Lo que se ofrecía allí era el sueño americano de la ciudad residencial” (p. 228), sin centros urbanos. “Había una corriente de pensamiento según la cual la vida urbana era algo poco estadounidense” (p. 237). En ese modelo sin centros urbanos apenas hay interacciones: “los extraños jamás se veían obligados a entablar relaciones entre sí. En Tampa nadie se encuentra con otra persona por casualidad y si ocurre puede ser traumático” (p. 237). Son ciudades sin peatones: “Cuando se veía a alguien andando por la calle era porque se le había roto el coche” (p. 237). Montar en bicicleta por la ciudad era peligroso. Tampa era la segunda ciudad del país con más peatones y ciclistas muertos al año.

Toda la bahía de Tampa fue colonizada por familias de clase media y baja, las cuales compraron masivamente casas gracias a las hipotecas baratas. Eran los préstamos subprime, para los que no se pedía documentación alguna que certificase los ingresos de los compradores. Las personas firmaban documentos sin siquiera leerlos, el famoso robo-signing. Como atestiguaba un comprador, “te metían la deuda en el bolsillo como quien te mete caramelos” (p. 233). A los bancos y financieros, “el día se les hacía corto para conceder hipotecas” (p. 249). Las familias y los inversores formaban parte de una estafa piramidal Ponzi. Los esquemas Ponzi son una modalidad de estafa: todos los participantes son estafados y a su vez estafan a alguien. “El resultado es la universalización tanto de la credulidad como del miedo.” (p. 247). La gente compraba una casa como una inversión de la que iba a obtener una altísima rentabilidad en virtud del sistema piramidal. “En el súmmum de la locura, en 2005, una casa en Fort Myers se vendió por 399.600 dólares el 29 de diciembre y, de nuevo, por 589.000 al día siguiente” (p. 233). Todo era pelotazo. Parecía que se había instaurado en toda la población “el derecho a hacerse rico” (p. 239). Detrás de la mitad de las ventas de viviendas había inversores.

Al llegar la crisis, hubo localidades de la bahía de Tampa que ya en 2007 tenían la mitad de todas sus casas embargadas. Entonces es cuando entró en juego el abogado Matthew Weidner, para luchar contra los grandes despachos jurídicos conocidos como “las Fábricas de Embargo”, de Florida, dedicados a quitar las viviendas a las familias. El sistema por el que se ordenaba la propiedad inmobiliaria había caído en el caos y corporaciones ajenas a cualquier atisbo de interés general multiplicaban sus grandes fortunas. Weidner recibía en su bufete a “hombres de rostro descompuesto que apenas podían reunir fuerzas para explicar la estafa hipotecaria de que habían sido víctimas” (p. 319). Las Fábricas de Embargo eran implacables en su defensa de los intereses de inversores y banqueros, pero en cuanto mostraba la mínima resistencia, los argumentos del banco se iban abajo. No se identificaba a la entidad que demandaba a las personas porque eran fondos de inversión diez y cien veces revendidos. “Wall Street había fragmentado y reagrupado las hipotecas tantas veces a través de la titulización y los bancos se habían saltado tantos procedimientos tratando de recuperar los préstamos tóxicos que no había institución capaz de determinar fidedignamente quién ostentaba los derechos sobre las viviendas” (p. 320).

Mujeres luchadoras como Elizabeth Warren, profesora de Derecho de Harvard y senadora demócrata, “había llegado al radicalismo, como muchos otros conservadores antes que ella, al ver que las instituciones que habían sustentado el estilo de vida de siempre se hundían” (p. 417). Se negaba a aceptar que los estafados fueran encima estigmatizados: “La mayoría de los estadounidenses en quiebra no eran holgazanes que estuvieran jugando con el sistema. Eran clase media” que trabajó duro. “No eran personas irresponsables. Al contrario, eran demasiado responsables” (p. 415). Para ella, era evidente que la crisis “era consecuencia de una regulación débil. Cuanto más presionaban los bancos al Congreso para que se eliminaran las normas, más gente caía en la bancarrota” (p. 415). Dedicó parte de su carrera política a volver a regular los mercados inmobiliarios y de consumo.

Para Weidner, el sistema era insostenible desde el comienzo porque Estados Unidos no crea sino que revende lo mismo una y otra vez: “Consumimos basura fabricada no sabemos dónde y nosotros no creamos nada. (.) El Producto Interior bruto no proviene de nada que hayamos producido sino de la compraventa” (pp. 317-318). Al principio todo el mundo cultivaba las tierras ribereñas del Nilo y entregaban el arroz a los faraones, pero entonces los faraones quisieron construir pirámides para glorificarse a sí mismos y empezaron a cobrarles impuestos… Lo mismo ocurría en Estados Unidos, “el país estaba entrando en decadencia” (p. 368).

4. La esperanza de la economía verde

Otras dos de las historias nos muestran a dos pioneros americanos que frente a la corrupción del sistema, optan por ideologías libertarias e innovaciones radicales. La primera historia es quizás la más débil de las seis. Se trata de Peter Thiel, el creador del sistema de pago PayPal. Thiel critica penetrantemente la vanidad e irrealidad de Nueva York, entregado a las luchas de estatus: “En Nueva York, la lucha por el estatus era ubicua y feroz. Todo el mundo pisaba a todo el mundo en un rascacielos infinito: mirabas abajo y no se veía el suelo; mirabas arriba y no se veía la cúspide. Pasabas años subiendo peldaños, preguntándote todo el tiempo si habías ascendido en altura o si todo era una ilusión óptica” (p. 158). Al irse a Silicon valley crea su sistema, forma una gran fortuna pero descubre también que es un mundo n el que no es posible echar raíces. En las empresas del Valle del Silíceo, muchos empleados vivían en sus escritorios, sólo comían comida basura y carecían de familia para que esposas o niños no les distrajeran del trabajo. “En un mundo realmente desigual, hacía falta un lugar al que anclarse” (p. 256). Cuando perdió su fortuna por una pésima inversión, pergeñó nuevas ideas radicales sobre el futuro en las que auspiciaba la fundación de utopías libertarias aunque fuera en plataformas suspendidas en el Océano.

La otra historia es más consistente. Se trata de Dean Price, el hombre que creó la primera estación de biodiesel de los Estados Unidos. Procedía de las plantaciones de tabaco de Carolina del Norte, una industria decadente. Desde niño siguió una carrera ascendente que le impulsó a la universidad y luego a un prestigioso trabajo. Pero entonces se sintió vacío: “Se había tragado una mentira: ve a la universidad, sácate un buen título, consigue un trabajo en una empresa del Fortune 500. Entonces serás feliz. Él había hecho todo eso y se sentía un desgraciado” (p. 29). Lo abandonó todo y decidió hacerse empresario para labrar su propia vida. Vivió una conversión religiosa: cuando lo bautizaron en el río y salió del agua, sintió la seguridad de que podía empezar desde cero. A fin de cuentas, “la sed espiritual y material siempre han corrido de la mano en el espíritu estadounidense”. Price se dio cuenta de que la sociedad rural estadounidense se había descompuesto en las últimas décadas: “Pensemos en el dueño de la ferretería, de la zapatería. Del pequeño restaurante… Todas esas personas formaban parte del tejido de la comunidad. Eran los líderes. Eran la gente con la que los demás contaban para cualquier cosa. Eso se ha perdido”, dice Price. “El centro de la vida económica se había desplazado a la autopistas, donde ya habían abierto Lowe’s (electrodomésticos y bricolaje) y CVS (tiendas que venden de todo). Una de las historias cortas que el autor entremezcla es la de Sam Walton, un hombre poseído por la fiebre del sueño minorista pero que acabó fundando el tristemente célebre Wal-Mart. Sam Walton acumuló tanto dinero como el 30% más pobre de los estadounidenses. Fue el responsable de la plaga de la baratería de objetos de malísima calidad, fabricado en China e incluso peligrosos. Donde Wal-Mart se establecía, toda la comunidad se deshilvanaba. Los pequeños pueblos se empobrecían y eso era beneficioso para los objetivos de la empresa porque la gente tenía que comprar más barato. “Con los años, el propio país se había ido pareciendo cada vez más a Wal-Mart. Se había abaratado: precios más bajos, sueldos más bajos” (p. 130). Price se dio cuenta de que “lo que impulsaba la nueva economía era perjudicial para la economía de toda la vida” (p. 218). Noventa centavos de cada dólar de petróleo que gastas y 86 centavos de cada dólar gastado en una gran superficie, no recaen jamás en la comunidad. Es el efecto del cubo agujereado del que tanto se beneficiaban los “petrodictadores” y la energía era la clave.

Dean Price quiso regenerar las comunidades rurales creando empleos verdes que le dieran otro destino a los ruinosos cultivos de tabaco. Soñó un nuevo mundo de recuperación comunitaria agracias al biodiesel y los empleos verdes. De cada dólar, 90 centavos se quedaban en la comunidad. Así, fundó Red Birch Energy, la primera área biodiesel de USA. Se trataba de volver a vivir de la tierra y arraigarse a ella. 

5. La redención del compromiso social

Las últimas dos historias (aunque las seis se van entrelazando en la narración) son compromisos combativos por transformar la situación de desmoronamiento. La historia de Tammy Thomas es quizás la más potente de todo el libro. Se ubica en Youngstown, Ohio, una de las ciudades del acero del Valle del Mahoning. La ciudad había sufrido la desindustrialización y entró en una “espiral de muerte” (p. 67). La ciudad empezó a “venirse abajo, como si un cáncer la estuviese matando lentamente”, decía Tammy (p. 67). Las propias familias caían absorbidas por esa decadencia por culpa del crimen o las drogas. La propia madre de Tammy era toxicómana. Las casas eran masivamente abandonadas y el Ayuntamiento cobraba para que fueran demolidas porque cuando quedaban vacías eran un foco de delincuencia y peligros. Pero había agencias que cobraban la mitad que el Ayuntamiento por quemártela para que así pudieras cobrar el seguro. A comienzos de los 1980s, el antaño “cinturón del acero” estadounidense recibió el sobrenombre del “Cinturón del Óxido” y la ciudad más afectada era Youngstown. Se convirtió en la imagen de la desindustrialización. Durante 1980 y 90 Youngstown encabezó los 10 primeros puestos con ciudades con mayor tasa de homicidios y era donde más mujeres afroamericanas menores de 65 años morían asesinadas. La muerte por drogas era masiva. “Al repasar los sonrientes retrato de sus anuarios escolares, eran menos de la mitad” (p. 119). Con 15 años Tammy se quedó embarazada y escribió una carta a su madre para contárselo pese a que vivía a tres manzanas: “no se atrevía a decírselo a la cara” (p. 72). Ella se preguntaba: “¿Dónde estaba todo lo que había hecho de aquellos barrios una comunidad: las tiendas, las escuelas, las iglesias, los parques infantiles, los árboles frutales?” (p. 54).

Hubo una reactivación económica en la que las fábricas reabrieron pero con condiciones laborales mucho peores que las anteriores. Tammy estuvo cobrando subsidios hasta que logró ser contratada en una fábrica de componentes de automóvil. Antes de cumplir 90 días de contrato le despedían para que no entraran en vigor las prestaciones sanitarias. No había descanso para el almuerzo, había que trabajar ocho horas seguidas y comían en la cadena de montaje. La fábrica “dejaba a los trabajadores hechos trizas”. Le mostraban un video que habla sobre las maldades de los sindicatos y decían que si alguna vez alguien le proponía unirse a uno, informara a la dirección. 

Pero con la globalización la empresa optó por simular la quiebra y deslocalizarse: la fábrica donde trabajaba Tammy entró en 2005 en bancarrota a la vez que se convertía en una de las mayores empleadoras de maquilas mexicanas. Se llevaron la maquinaria al Sur. Era otra vez la agonía del Cinturón de Óxido. En 2005, el ayuntamiento de Youngstown puso de moda el término ciudad menguante: la ciudad tenía que decrecer y abandonar barrios a la demolición. El mundo de Tammy se venía literalmente abajo.

Tammy aceptó la indemnización, cumplió 40 años y “por primera vez desde que era niña pudo soñar” (p. 184) en qué hacer con su vida. Su vida gozaba de solidez: de sus tres hijos, ninguno acabó en ninguna banda ni sus hijas prematuramente embarazadas. Había comenzado la llamada Cruzada “Save Our Valley” impulsada por la Coalición Ecuménica del Valle del Mahoning, católica-episcopal. Decidió estudiar Trabajo Social y fue empleada como organizadora comunitaria en 2007 para uno de los proyectos de regeneración comunitaria en todo el Valle del Mahoning destinado a combatir las causas y efectos de la decadencia. Tammy tenía algo: “una especie de poder puro que nacía de su pasión por su barrio y de lo frustrante que resultaba que hubiera caído en el olvido de esa manera” (p. 277). La historia nos presenta a Tammy comprometida radicalmente en la regeneración de su barrio, recorriendo el vecindario para sumar más apoyos: “La única manera de llevar el cambio al valle del Mahoning era calle a calle” (p. 276). Elevaron un mapa de la ciudad y comprobaron que el 40% de las parcelas estaban vacías. Tammy acabó muy comprometida en la creación de huertos urbanos y tejido comunitario verde. Youngstown era un desierto vegetal. Desde algunas partes se tardaba cuatro horas en poder conseguir fruta o verdura fresca. La mayoría de comercios era de comida rápida, tabaco y alcohol. Una iglesia del Sur de Youngstown puso en marcha una granja cooperativa que daba trabajo a personas discapacitadas y ex convictos. Tammy nunca había conocido a personas tan apasionadas por los perdedores (p. 393). Se unió a ellos y a un proyecto que no sólo buscaba crear comunidad y establecer nuevos estilos de vida sino que el objetivo de Tammy era “embellecer el vecindario” (p. 392).

En la última parte del libro va cobrando fuerza la historia de Nelini Stamp, una joven latina de 23 años residente en Brooklyn. “El desmoronamiento” comenzó en Wall Street y tras destrozar Tampa, las ciudades del acero y tomar Washington, ahora retornaba a Wall Street en forma de revolución ciudadana. Nelini nos guía hasta llegar al corazón del movimiento Occupy Wall-Street. que ocupó el parque Zuccotti con el lema “Somos el 99%”. El desafío simbólico era tan intolerable para el sistema que finalmente el poder hizo que todo el distrito financiero se convirtiera en una zona militarizada para evacuar a los manifestantes. El conjunto de historias no tiene un final cerrado. Muestra una historia abierta: un desmoronamiento que aún no se ha frenado y que, pese a los desengaños y compromisos, continúa vigente.

Una de las historias que entrecruza es la del escritor Raymond Carver, cronista de la desesperanza obrera. Sus personajes eran vidas que temblaban sobre el vacío. Les gustaría arreglar las cosas pero son incapaces, “bajo la superficie de la vida no se hacía pie” (p. 97). En su experiencia, “llegó un momento en que todo lo que mi mujer y yo habíamos considerado sagrado o digno de respeto, todos los valores espirituales, se vinieron abajo”, declaró Carver. Es difícil no hallar una cierta identificación de George Packer con la misión de Carver. También él ha mostrado personajes caídos o colgando de un hilo, pero a diferencia de aquel escritor maldito, Packer sí encuentra una vía de redención: el compromiso de la conciencia para volver a hilvanar el mundo.


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