lunes, 11 de enero de 2016

José Ignacio González Faus: La autoridad de la verdad. Por Juan Antonio Irazabal

González Faus, José Ignacio: La autoridad de la verdad. Momentos oscuros del magisterio eclesiástico. Sal Terrae, Santander, 2006. 333 páginas. Comentario realizado por Juan Antonio Irazabal.

La reciente declaración vaticana, según la cual la existencia del limbo ni se apoya en la revelación ni es una verdad de fe, tras haber sido enseñada durante siglos en la Iglesia, ha replanteado en la conciencia de muchos cristianos el problema del magisterio ordinario de la Iglesia. La obra que aquí presentamos del teólogo González Faus reflexiona sobre la relación de dicho magisterio con la fe cristiana. Se llama «magisterio ordinario» (en oposición al «extraordinario») a aquel que no reúne las garantías establecidas por el concilio Vaticano I para ser considerado como infalible. Tal es el caso de la mayor parte de las enseñanzas de la Iglesia (encíclicas, documentos de las Congregaciones romanas, Conferencias Episcopales, etc.).

Sobre este magisterio ordinario coexisten actualmente, entre los fieles católicos, dos concepciones: por una parte la primitiva (que es la que aquí se presenta) y, por otra, la que, arrancando de los tradicionalistas del siglo XIX, convierte la autoridad del magisterio ordinario en objeto de fe. El problema que se plantea a la fe es que dicho magisterio ordinario se ha equivocado repetidas veces a lo largo de la historia. Ahora bien, la fe cristiana no puede soslayar los hechos históricos.

Es un caso más de la necesaria colaboración entre fe y razón, que siempre ha practicado el cristianismo, como recordó Benedicto XVI el 12 de septiembre de 2005en la Universidad de Ratisbona. Ya los teólogos escolásticos de la Edad Media establecieron como un principio evidente que «frente a los hechos no hay argumentos que valgan». Los hechos no se pueden negar ni ignorar. Y, desde Hegel, está universalmente admitido que la razón humana es histórica, tiene una historia.

La petición de perdón de Juan Pablo II, con ocasión del fin del segundo milenio, por los pecados y errores de la Iglesia, iba también en este mismo sentido. De ahí que el autor haya dedicado la primera parte de la presente obra a presentar un elenco de textos del magisterio ordinario que hoy de ninguna manera suscribiría este mismo magisterio. Entre las 36 intervenciones erróneas del magisterio ordinario seleccionadas por el autor figuran la reivindicación del poder temporal absoluto del papa, la justificación de los métodos de la Inquisición por León X o de prácticas antisemitas por Paulo IV, el «caso Galileo», la aceptación de la esclavitud por el episcopado norteamericano, la encíclica Mirari vos, contra la democracia, de Gregorio XVI, la enseñanza de la Pontifica Comisión Bíblica, que afirmaba, entre otras cosas, el «sentido histórico literal de los tres primeros capítulos del Génesis», etc.

El fondo de esta cuestión, en opinión del autor, no es meramente histórico o teológico, sino pastoral, es decir, afecta a personas concretas: el escándalo de la Iglesia–institución sería hoy una de las razones más fuertes (o de las excusas mejor fundadas) que alejan a muchas personas de la fe. El magisterio sigue siendo un servicio necesario en la Iglesia, pero necesita admitir su inevitable anclaje en la historia, en contra de cierto fundamentalismo católico que compagina la «obediencia de la fe» con la negativa a reconocer algunos errores de la jerarquía.

La segunda —y última— parte de la obra es un recorrido por la Tradición de la Iglesia, desde los Evangelios hasta el Vaticano I y las dos posibles lecturas de dicho concilio y de la infalibilidad. La convicción que anima toda la obra es que la fe no recibe su fuerza del hecho de pertenecer a una institución perfecta que no hubiera cometido el menor error, sino que, al contrario, es la fe la que da la fuerza para reconocer la verdad aun cuando ésta sea ofrecida en un contexto a veces doloroso.

En esta segunda edición, el autor admite que se le pueda acusar de cierta parcialidad, pero solamente a la hora de «elegir los textos, ordenarlos y yuxtaponerlos». De hecho, muchos de ellos están tomados de volúmenes publicados por la propia Roma. Y quiere dejar claro lo siguiente: «He escrito este libro porque sigo teniendo fe en la Iglesia y esperando en ella».


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