Lamet, Pedro Miguel: El caballero de las dos banderas. Ignacio de Loyola. Mensajero, Bilbao, 2014. 388 páginas. Comentario realizado por Mª Dolores de Miguel Poyard.
El autor de este libro no necesita presentación. Su reconocido prestigio internacional y su larga trayectoria como escritor avalan su buen hacer tanto en la novela histórica como en la poesía. El Ateneo de Cádiz, su patria chica, le ha concedido el XII Premio Drago de Oro por el conjunto de su obra. En su discurso de agradecimiento subraya lo que se percibe al leer sus escritos: «Cádiz corre en la sangre de mis venas y está siempre presente en toda mi obra e incluso en mi recorrido vital como hombre, como cristiano y como jesuita, ya que ser gaditano es algo que te configura e imprime carácter. Es imposible ser de Cádiz y no ser un soñador y un poeta. Esa “salada claridad” de Machado; un mar que provoca en Cádiz lo que Aramburu llama ese curioso fenómeno del “azulamiento”. “Nos envuelve un azul constantemente. De tanto mirar al mar, a la inmensidad del azul, nos viene ese azulamiento que nos llena, que nos deleita y embriaga”».
Esta obra que ahora presentamos es sueño y poesía, ideal y belleza, por su autor y por sus protagonistas. Ignacio de Loyola, noble caballero, fiel a sus ideales, enarbola primero la bandera en honor de su amada; y la sustituye después por otro ideal aún mayor: «el servicio de su divina Majestad». Y todo ello narrado por la gentil dama de sus sueños primeros: Catalina de Austria, señora de gran belleza y mayor ternura y sensibilidad.
Su estilo ágil, vibrante y, en ocasiones, bellamente poético; la amenidad del relato y la originalidad de presentarlo desde la óptica de una delicada mujer enamorada; el rigor e ingenio con que va construyendo el marco histórico de este Siglo de Oro y de los personajes que marcaron la trayectoria personal de Ignacio y de Catalina...: todo ello explica que la obra cautive y seduzca desde el principio y haya conocido ya varias ediciones.
La sensibilidad de Catalina nos permite adentrarnos en el sufrimiento de su madre, doña Juana, cuyos objetivos desvaríos se ven agravados por la cruel reclusión a que se ve sometida por los intereses de poder de su padre, primero, y de su hijo, después. Y es también Catalina, la gentil dama de los sueños de Ignacio, quien, desde la hondura y belleza de su corazón, nos va desvelando el vibrante mundo de la nobleza, entretejido de lances de pasión y guerra, al que con tanto ardor se entregó Íñigo de Loyola.
Las dos banderas que dan título al libro cobran así su verdadero valor y sentido. La misma lealtad de noble caballero que mueve a Íñigo en su entrega valiente y generosa en la defensa de Pamplona, o en su apasionado enamoramiento de una dama de tan alto linaje, alienta ahora al peregrino en su búsqueda del mayor servicio y alabanza de su divina Majestad. Grande y consolador en extremo es el tesoro de la experiencia de este Señor, que movió al ardiente y tierno corazón de Ignacio a dejar a una criatura de singular belleza de alma y cuerpo, como atestiguan que fue Catalina.
Únicamente podría hacérsele una salvedad al conjunto de la obra: en ocasiones, la protagonista parece hablar por boca del autor, y el personaje pierde entidad; hace afirmaciones poco probables para sus circunstancias y contexto vital.
Con todo, el libro merece la pena. Posee creatividad y belleza. Y ayuda a profundizar en la figura de Ignacio de Loyola, al enmarcar su historia de salvación en el contexto histórico de su linaje y de su tiempo. Un siglo turbulento y difícil, donde, cautivado por el amor y gracia de Dios, militó bajo la bandera del Rey eternal con la profunda confianza y alegría de quien sabe que ha hecho la mejor elección.


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