viernes, 31 de julio de 2015

Paula Hawkins: La chica del tren. Por Javier Sánchez

Hawkins, Paula: La chica del tren. Planeta, Barcelona, 2015. 496 páginas. Traducción de Aleix Montoto. Comentario realizado por Javier Sánchez.

De verdad, no. En serio. No acostumbro a leer bestsellers. Esta novela la he leído por casualidad. Ya sabes, un cumpleaños a finales de julio, regalos, un libro electrónico, trasteas por allí, por allá, y te encuentras con La chica del tren. Por los suplementos culturales de los periódicos, y porque me gusta ir de vez en cuando a librerías para ver novedades y qué se vende, me he topado con esta novela. De la autora no sabía nada, a excepción de lo que se dice en el libro: "Paula Hawkins, nacida y criada en Zimbabwe, se mudó a Londres en 1989, lugar en el que reside desde entonces. Ha trabajado como periodista más de quince años, colaborando con una gran variedad de publicaciones y medios de comunicación". Poca cosa, como veis. Sin embargo, es llamativo que se hayan vendido en el mundo más de cinco millones de ejemplares en pocos meses. Que en España se hayan agotado tres ediciones en un mes... En fin, daremos un voto de confianza a esos millones de personas que se me han adelantado. Si lo han hecho, por algo será.

La historia no puede empezar con más normalidad. Rachel es una joven alcohólica, con problemas afectivos tremendos, que ve cómo su vida se arruina: está divorciada, tras una experiencia traumática de matrimonio, la han echado del trabajo, carece de amigos (salvo Cathy, que la tiene acogida en su casa)... Todos los días coge el mismo tren de las 8.04 para ir a Londres y así hacer creer a los que la rodean que continúa trabajando. (Me viene a la cabeza la película La vida de nadie, de Eduard Cortés, protagonizada por José Coronado, del año 2002, en la que se narraba la vida de un economista que salía todos los días de su casa trajeado con su maletín para hacer creer a todos que seguía trabajando. Se trataba de una vida fundada en la mentira y el fracaso).

Bien, Rachel, cuya vida es un auténtico desastre, y cuyas borracheras la dejan con unas importantes amnesias lacunares, todos los días ve el mismo paisaje en el trayecto en tren. Las mismas casas, la gente que vive en ellas... Casi como si fuera una pantalla gigante de televisión (en este sentido, hay críticos que relacionan esto con la magistral La ventana indiscreta, de Hitchcock), Rachel se imagina la vida de la gente que habita en las casas que se ven desde el tren. Incluso pone nombres ficticios a las personas, juega con inventarse qué hacen, si son felices o no... Es casi como un reality show. Su imaginación la lleva a crear vidas que contrastan con la suya, que es anodina, no tiene sentido y está totalmente vacía. Así, sin más, hasta que desaparece una persona de una de las calles que ella ve desde el tren (que posteriormente es encontrada muerta), y ella se siente en la necesidad de implicarse, pues piensa que conoce a esa persona desaparecida. ¿Todo es real o es ficticio? ¿Es fruto de su imaginación? Para alguien que desayuna vino y gintonics, es muy difícil saberlo.

Nos encontramos ante un thriller psicológico. Narrado a modo de diario, desde la perspectiva de tres personajes femeninos que se van entrelazando, la novela te cautiva. Hacía tiempo que no me acostaba a las tres de la mañana para terminar un libro. ¡Y este lo ha conseguido! No puedes parar de leer. Por más que quieras. Te atrapa, te subyuga, te tiene en vilo hasta que no la terminas. Yo no soy amigo de leer novela negra (aunque algo he leído -recomiendo a Benjamin Black-), pero esta se lleva la palma. Y hay algo que no soporto: conocer el final a mitad de un libro. Os prometo que esta novela me ha sorprendido hasta la última página. En ocasiones, se vuelve delirante. Pero demuestra un conocimiento de la psicología femenina (no en vano nos encontramos ante una obra escrita por una mujer) que resulta abracadabrante. A la vez es sencilla, se basa en el diálogo, es ágil. En fin, que os la recomiendo vivamente para empezar a leerla ya y mitigar así los calores del verano.

Si yo fuera librero, pondría un cartel encima de este libro que dijera: "Si no le gusta, le devolvemos su dinero". Es una apuesta segura. Que lo disfrutes. Hasta la próxima.



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