Homenaje a la hermana Teresa, hija de san Pablo.
«De todo se aprende», repetía con frecuencia. «Nadie está en posesión exclusiva de la verdad».
Sentada en su silla, frente al ordenador y con una pila de libros al lado, pasaba el día fichando obras, leyendo, recomendando títulos y conversando con quienes se acercaban a la librería. Tenía una memoria impresionante. Y no solo para recordar autores y títulos. Recordaba a mi familia, a cada uno de sus miembros; me preguntaba por aquel problema o aquella dificultad que yo le había confiado en mi visita anterior. Sabía escuchar. Era empática. Me conocía bien, y sabía también muy bien de qué pie cojeo. Cuando me recomendaba algún libro, a veces me decía con discreta complicidad: «Yo no te he dicho nada, pero esto te va a encantar». Y siempre acertaba.
Hace dos semanas volví, por última vez, a las Paulinas. Vi su silla ocupada por otra religiosa y entonces me asaltó la preocupación: «¿Y la hermana Teresa? ¿Dónde está?». Lo inevitable se hizo evidente enseguida: «Murió hace un año y medio, el 23 de abril de 2025».
Qué casualidad, pensé. Eligió para morir el Día del Libro. ¡El Día del Libro! El día de aquello que marcó su vida y su vocación: el libro. También a mí me gustaría morir un 23 de abril, como homenaje a aquello que ha marcado igualmente mi vida: los libros.
Hermana Teresa, no pude despedirme de ti. Fui perezoso a la hora de volver a la librería para preguntarte por las novedades, para escuchar tus recomendaciones, para saber qué te parecían los libros que iban llegando. Ahora solo puedo escribir estas palabras como homenaje a tu persona, a tu valía, a tu claridad de ideas y a tu profunda humanidad.
Durante todos estos años has sido una luz y una flecha amarilla en el camino. Nos has guiado y orientado con amor, inteligencia y paciencia. Solo deseo ahora que estés contemplando la Verdad de Aquel que dio sentido a tu vida y que tú nos transmitías en cada palabra y en cada gesto.
Gracias por tu ejemplo.
Gracias por tu vida.
En la librería, ante la tristeza que reflejaba mi rostro, Teresa (ya la única que queda en la librería con ese nombre) me facilitaba este texto que transcribo a continuación. Está escrito por la hermana Anna María Parenzan, la Superiora General de las Hijas de San Pablo.
Figlie di San Paolo
Queridas hermanas:
A las 17,30 horas (hora local), en el Hospital “Madrid” de Madrid (España) Cristo Resucitado llamó por su nombre y atrajo hacia Sí para darle la plenitud de la alegría y de la vida, a nuestra hermana
PEREZ ORIA Hna. TERESA
nacida en Sacecorbo (Guadalajara, España) el 7 de julio de 1934
Una hermana de carácter alegre, abierto y afable que irradiaba vitalidad, amor a su tierra y a sus antiguas tradiciones y encarnaba ese folclore español rico en música y danza.... Era una auténtica apóstol, simpática, feliz de la vida y de su vocación, esforzándose por el progreso continuo y el bien de las personas que el Señor ponía en su camino.
Entró en la congregación de la casa de Madrid el 24 de noviembre de 1958, en un momento de entusiasmo y gran desarrollo vocacional y apostólico, cuando se iniciaba en España el apostolado técnico y la producción de libros, las fiestas del Evangelio estaban en pleno apogeo y se distribuían las primeras películas y discos catequéticos. Un desarrollo confirmado por la erección del primer noviciado español en 1959. Hna. Teresa ingresó en el noviciado en 1961 y al año siguiente, en la solemnidad de San Pablo, emitió sus primeros votos.
Siendo una joven profesa, fue integrada en la librería de Barcelona: un modo apostólico que se adaptaba a su carácter entusiasta y exuberante y que marcaría toda su vida paulina. Y, en efecto, desde 1963 hasta hace tres años, durante casi sesenta, Hna. Teresa ejerció la misión ininterrumpidamente desde el mostrador de la librería. Durante un trienio, fue llamada también a la casa madrileña de San Bernardo, para desempeñar la tarea de superiora, pero ciertamente sin abandonar nunca su querido centro librero. Las librerías de Barcelona y Valencia, pero sobre todo la madrileña de San Bernardo, fueron los lugares de sus ofrendas diarias y de su crecimiento y maduración espiritual, intelectual y apostólica. Con verdadera pasión, se esforzaba por conocer las “novedades”, los autores, el contenido de los libros y las diversas corrientes de pensamiento. Era habitual verla retirarse a su habitación con la pila de libros que en las horas nocturnas no sólo hojeaba, sino que estudiaba detenidamente. A ella podían dirigirse con confianza sacerdotes, maestros, laicos, obispos... para todos ellos tenía la sugerencia adecuada, la palabra que colmaría sus expectativas. Y todo ello era fruto del estudio, de la escucha, de un gran sentido de la responsabilidad y, sobre todo, de un profundo amor por el pueblo.
En su sencillez, ella era una artista nata: su presencia siempre generaba celebración y alegría. Ella era el punto de referencia natural para los empleados laicos que trabajaban en la librería: encontraban en ella una madre, una guía para el trabajo, pero sobre todo para la vida. Incluso en sus últimos años, cuando por razones de salud y de ancianidad Hna. Teresa tuvo que retirarse en casa, no faltó nunca una visita diaria a la librería para animar y fomentar un ambiente sencillo y familiar. Y como la casa está en el mismo edificio, muchas veces era llamada para saludar a muchas personas que la buscaban y querían expresarle todo su agradecimiento y cariño.
Desde hacía algún tiempo, su salud mostraba signos preocupantes, pero a pesar de los múltiples exámenes clínicos y las repetidas hospitalizaciones, no se pudo identificar la causa. Le fue implantado un marcapasos en el corazón, pero la situación empeoró repentinamente: el Señor le abrió las puertas del paraíso en la Octava de Pascua en el largo aleluya que marca la belleza de la resurrección y anuncia el resplandor de la alegría eterna.
Con afecto.
Roma, 23 de abril de 2025
Hna. Anna Maria Parenzan



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