Moya, Andrés: Biología y espíritu. Sal Terrae, Santander, 2014. 168 páginas. Comentario realizado por Lázaro Sanz Velázquez
El autor de este libro es catedrático de Genética en la Universidad de Valencia y fue Premio Nacional de Genética 2012. La tesis del mismo es bien sencilla: es posible superar el divorcio existente entre las dos culturas, la científica y la humanista. «Planteo una enseñanza en paralelo, y mutuamente enriquecedora, entre ciencia y no ciencia, y que el individuo perciba que su instrucción en ciencia se hace filosófica o poética, y su filosofía y poesía, científica» (p. 73).
Los asuntos tratados en la presente obra son objeto de preocupación recurrente por parte del autor, que en buena medida los ha ido plasmando en diferentes revistas y libros, como se puede apreciar en la sección de publicaciones seleccionadas del final del libro. Hay que reconocer que algunas de las tesis que trata en este libro difieren de las concepciones previas. La primera tiene que ver con el papel de la ciencia y su relación con otras formas de conocimiento. Mientras que en el pasado sostenía la tesis de la competitividad de la ciencia con respecto a otras formas de aprehensión de la verdad o la realidad de los entes, ahora aboga por una necesaria reconciliación entre ciencia y no-ciencia, reconciliación que entiendo fundamental para dar sentido a la existencia. La segunda está relacionada con la naturaleza de la transformación humana y su eventual evolución hacia entes progresivamente menos materiales. En obras previas estuvo más cercano a la radical contingencia del ente humano. Ahora esboza la posibilidad de un proceso de evolución natural de la materia hacia la complejidad, particularmente la de los entes vivos. Ciertas propiedades o características del ente humano, al igual que la emergencia en sí de la vida en su momento, podrían ser razonablemente aceptables aquí y en otros lugares del universo. Finalmente, mientras que en el pasado llevó a cabo reflexiones, con cierto soporte racional, en torno al futuro del hombre, aquí explora la eventual convergencia que esa tesis tiene con cosmovisiones y teologías, en la medida en que unas y otras dan soporte a o se apoyan en la espiritualización del ente humano y del universo.
En esta obra se analizan los efectos que la teoría evolutiva ha tenido sobre la consolidación del ser humano como ser biológico, pero también se estudia la medida en que el darwinismo se ha convertido en una categoría metafísica con la que explicar el mundo que habitamos.
Ahora bien –y esta es una tesis central relevante–, se formula la cuestión de hasta qué punto el hombre estaría en condiciones de subvertir el orden natural de las cosas y los entes, incluidos los vivientes, y particularmente él mismo. El
hombre es la única especie capaz de
reconstruir su historia y de transformar el mundo de forma progresivamente más eficiente, racional y detallada. En el texto se reflexiona
sobre el alcance de este concepto,
que el autor denomina «transevolución» (cap. 3), y se reivindica la necesaria y renovada vía de diálogo
con la filosofía y la teología.
Al final del libro, en el cap. 4, apela a liberar la cuestión del sentido de encorsetamientos axiomátícos y prejuiciados de la tradición filosófica y teológica, para reconsiderarla a la luz de la ciencia, donde la espiritualidad puede encontrar ahora acomodo evolutivo. El autor afirma que «la espiritualidad es un fino logro, primero de la evolución biológica, y luego de la cultural, pues proporciona paz, nos aleja del desasosiego. En los albores de nuestra existencia, la espiritualidad debió de verse favorecida por la selección natural de un tipo de caracteres frente a esos otros grandes generadores de comportamientos dubitativos, los que asustan por la sensación que produce la soledad de sabernos seres inteligentes, sí, pero únicos en el universo» (p. 157).
La espiritualidad, por el contrario, permite sentir unicidad, trascender el propio yo aislado para formar parte de un todo armonioso, alcanzar la convicción de que existe un significado para el cosmos, con nosotros incardinados en él. ¿Quién no ha experimentado en uno u otro grado ese particular sentimiento? La racionalidad, al igual que la espiritualidad, tiene grados, y cada uno de nosotros bien pudiera ser una mezcla de ambas en dosis diferentes. En efecto, la distribución de la espiritualidad es como la de la inteligencia: tiene base genética compleja y una fuerte componente ambiental y cultural.
Naturalizar el espíritu podría significar para Moya, desde la perspectiva de la «transevolución», entenderlo como materia que se autotrasciende, como espiritualización de la materia. Y espiritualidad podría entenderse como la tendencia a una complejidad creciente que conduce a la autoconciencia y autotransformación. Materia y espíritu representan categorías complementarias dentro de una concepción monista de la realidad entendida como naturaleza viva y creativa.
Quizá no sea casual que Moya abogue por un acercamiento entre ciencia y religión, viéndose sorprendido él mismo por encontrarse próximo a posturas evolucionistas de autores cuyas convicciones religiosas (cap. 4) han inspirado su trabajo científico. El acercamiento entre ciencia y religión puede procurar no solo satisfacción teórica, sino también existencial.
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