miércoles, 10 de febrero de 2016

Jean-Pierre Chevènement: 1914-2014. Por Alfredo Crespo Alcázar

Chevènement, Jean-Pierre: 1914-2014. Europa, ¿fuera de la historia?  El Viejo Topo, Barcelona, 2013. 349 páginas. Traducción de Miguel Candel. Comentario realizado por Alfredo Crespo Alcázar.

Jean Pierre Chevènement puede presumir de una trayectoria como político caracterizada por no haber suscitado la indiferencia. Capaz de quebrar la posición oficial del gobierno de su país en votaciones fundamentales (por ejemplo, pidió el ‘no’ para la Constitución Europea en el referendo celebrado en Francia en 2005), en esta obra nos traslada su espíritu inconformista y crítico con el escenario global que le ha tocado vivir. Se puede estar a favor o en contra de las ideas que maneja en este libro, pero lo cierto es que todas ellas aparecen sólidamente argumentadas, debido a su familiarización con el objeto de estudio. Esto se observa, por ejemplo, en la bibliografía empleada y en las referencias constantes a otros autores, con los que no siempre comparte posiciones; por el contrario, lo normal es que en la mayoría de las ocasiones los rebata. El dinámico estilo narrativo y la adecuada estructura en capítulos interrelacionados facilita la lectura, durante cuyo desarrollo, habrá partes en las que probablemente el lector rechace algunas de las tesis defendidas, para más adelante identificarse con otras. 
En Europa, ¿fuera de la historia? Chevenèment acentúa la oposición que mostró hacia el rumbo adoptado por la CEE-UE a partir de la década de los ochenta y noventa, en particular, tras el Tratado de Maastricht. En aquellos momentos mantuvo agrias disputas con François Mitterrand (cuyo legado político cuestiona en este libro). Sin embargo, su visión negativa del proyecto de integración europea no se origina en los años de hegemonía de Helmut Kolh, Jacques Delors, Margaret Thatcher o el propio Mitterrand, sino que se remonta a la génesis de las comunidades europeas (años 50). Tampoco de las propuestas previas y fallidas (vinculadas a personalidades como Coudenhove-Kalergi o Arístide Briand) emite una imagen positiva. Por tanto, en función de estas premisas de partida, no debe sorprender que rechace la escarapela de garante de la paz tras la Segunda Guerra Mundial que suele atribuirse a la CEE-UE.
 
En efecto, si la tesis comúnmente aceptada es que la creación de la CECA dio lugar al inicio del periodo de mayor prosperidad, estabilidad y seguridad que ha conocido el “viejo continente”, para Chevenèment sucedió justo lo contrario: en los lejanos años cincuenta, Europa comenzó su declive. Ello se debió a un fenómeno doble y complementario: la irrupción de una Europa neoliberal y la sumisión de ésta a Estados Unidos. En este punto aparecen sus interpretaciones particulares, por ejemplo, que el apoyo norteamericano a la integración europea no fue gratis, sino que tuvo como contrapartida que Europa debiera confiar su defensa a Washington. Dicho con otras palabras, los planes de los Padres Fundadores de las Comunidades europeas se basaron en la combinación de la mano invisible del mercado con la soberanía norteamericana en materia de defensa y de política exterior (p. 41). Posteriormente han aparecido otros órganos que han cooperado en esta tarea, como el Tribunal de Justicia de Luxemburgo o el Banco Central Europeo. Esta conjunción de hechos ha dado como resultado la negación de las naciones europeas. En íntima relación con esta idea, profiere una severa crítica al europeísmo, al que define en los siguientes términos: «es la ideología de una Europa abúlica que, en lugar de construirse como prolongación de las naciones, ha pretendido hacerlo suplantándolas» (p. 202). En consecuencia, el futuro que prevé para el resto de las naciones europeas o incluso para la propia UE, con la excepción de Alemania, es pesimista pues difícilmente podrán hacer frente a la hegemonía de Estados Unidos y China. Igualmente, si ha habido un perjudicado concreto por el discurrir del proceso de integración europea, ha sido el país del autor. Al respecto, Chevenèment afirma que: «bajo el imperio del neoliberalismo inscrito en el Acta Única Europea (1985- 1987), Francia puso finalmente su Estado al servicio de una burocracia bruselense cuya principal preocupación es imponer el “primado de la competencia” y borrar a las naciones» (p. 45). Por consiguiente, el autor lamenta que los sucesivos dirigentes franceses, con la excepción de Charles De Gaulle, no hayan percibido que la democracia (en Francia) se ha convertido en una ficción (por la prioridad concedida al derecho comunitario sobre el nacional). Alemania, por el contrario, ha sido el ganador único. En este sentido, Chevenèment no cuestiona el poderío alemán en el seno de la UE, aunque introduce al mismo varios “peros” que afectan principalmente a la estrategia empleada. Así, para el autor, a partir de 1945 a los diferentes gobiernos de la RFA nadie les superó en anticomunismo (por ejemplo, a través de la integración en la OTAN o de la renuncia al marxismo del SPD en su congreso de 1959). No obstante, sí que añade un matiz importante y es que la reunificación, o “normalización”, permitió a Alemania adoptar políticas que no eran simples réplicas de las de Estados Unidos (por ejemplo, su posición hacia Irak) y sí más autónomas. Además, el hecho de aspirar “sólo” a la hegemonía económica y no a la cultural o política, le ha permitido mantener relaciones con otros actores del panorama internacional, como China o Rusia, sin levantar suspicacias. 
Todo ello le genera un interrogante al autor, ¿sigue necesitando Alemania a sus socios europeos? De una manera más particular ¿precisa de Francia? Al respecto, Chevenèment lamenta que la generación de políticos alemanes de hoy en día no recuerde lo que hicieron por su país De Gaulle, Schuman o incluso el propio Mitterrand (quien avaló la reunificación frente a la opinión en sentido contrario de Margaret Thatcher). 
En definitiva, una obra que recorre la historia reciente de Europa de una manera crítica, ofreciendo una visión particular del proceso de integración europea, para la cual emplea argumentos que, aunque no se pueden catalogar de eurófobos, sí que rozan el euroescepticismo.

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