lunes, 29 de mayo de 2017

Patxi Lanceros: Orden sagrado, santa violencia. Por Olga Belmonte García

Lanceros, Patxi: Orden sagrado, santa violencia. Teo-tecnologías del poder. Abada Editores, Madrid, 2014. 217 páginas. Comentario realizado por Olga Belmonte García (Profesora de Filosofía, Universidad Pontificia Comillas de Madrid).

En el libro que nos ocupa, Lanceros recoge una historia de las concepciones de la Teología política, fundamental para comprender la política desde la Antigüedad hasta nuestros días. Se parte de la idea de que todo orden se basa en un cierto grado de violencia. El orden es la expresión de una determinada identidad, definida por la diferencia respecto del “nosotros”. Las instituciones son las encargadas de dar estabilidad al modelo establecido. Se considera que la violencia que se ejerce para preservar el orden está de algún modo justificada. En este sentido, hay una violencia hacia dentro, ejercida como control, y una violencia hacia fuera: la protección ante las amenazas.

A lo largo de la historia el orden se ha instaurado de formas diversas, hasta llegar al modelo actual, en el que la burocracia y la especialización son las que lo preservan y además favorecen la eficacia. Durante mucho tiempo, la religión fue el principio del orden. La modernidad intentó emanciparse del orden establecido, encontrando en el propio mundo el fundamento de su autonomía. Inicialmente las razones para observar el orden establecido eran éticas (cohesión social…), pero con el tiempo las razones pasaron a ser técnicas: la eficacia, la productividad. Este es el origen de la secularización del orden del mundo.

Como señala el autor, un camino para definir la propia identidad y establecer un orden es el uso del lenguaje. El ser humano ordena sus experiencias haciendo distinciones, señalando identidades y diferencias, definiendo. Esta forma de relacionarse con la realidad supone asumir y rechazar determinadas lógicas (y discursos ideológicos). Las distinciones permiten recorrer el mundo, pero también cierran caminos. La religión, por ejemplo, distingue entre lo sagrado y lo profano, pero Lanceros considera más básica la distinción que la religión hace entre el más acá y el más allá. Es una diferencia que recuerda al ser humano que su existencia es mundana, pero está referida a un más allá que lo “elige” como distinto de lo mundano. La existencia humana se define así como esencialmente exiliada, expulsada: se es en el mundo no siendo (solo) del mundo.

El orden de la palabra traduce así el mundo en un orden de sentido compartido por la comunidad de hablantes. El autor señala la importancia de tomar conciencia de que todo lo que no se nombra será inexistente para la comunidad; no porque el sistema gramatical domine la realidad, sino porque lo denomina: lo señala, lo incluye en el dominio de la palabra, de lo que tiene sentido y es relevante. En la medida en que la religión distingue y ordena la realidad, ejerce violencia sobre ella. Sacralizar es distinguir: segregar espacios y tiempos con sentido por su relación con la trascendencia. El autor plantea la pregunta de si los conceptos teológicos son términos políticos teologizados (Jan Assmann) o si los conceptos políticos son términos teológicos politizados (Carl Schmitt). Considera que cualquiera de las opciones, tomada aisladamente, sería demasiado sencilla y por ello las cuestiona.

Comprende que, en realidad, la base de la teología política occidental es la importancia de la Biblia; es decir, el orden de la palabra o la palabra del orden. Pero esto plantea un problema fundamental: ¿cómo definir cuál es el texto verdadero y cuál es la verdadera interpretación del texto? La Biblia nace de la interculturalidad y el mestizaje. Aun así, el cristianismo la instauró como el texto de la norma y el orden. La Vulgata es el dispositivo teológico-político que define cómo organizar los tiempos y los lugares en los que viven los cristianos. Pero ¿quién representa el poder supremo? Surge el combate por la representación, por el poder, presente a lo largo de la historia.

Las religiones y determinadas políticas tienen en común el reconocimiento de que el mundo está mal y hay que transformarlo, a veces con urgencia. Esta percepción del mundo alimenta la necesidad de reconocer sujetos llamados a salvarlo: los santos, que se consideran a sí mismos los encargados de restaurar el bien. El elegido nace ante la conciencia obsesiva de la presencia del mal o del pecado en el mundo. Esto explica el surgimiento de subjetividades fanáticas que exaltan la guerra. Una vez iniciada, la guerra provoca el éxodo de pueblos enteros hacia otras patrias, hacia la llamada “tierra prometida”. Esto es algo que ocurre en la actualidad y que se vivió durante el Imperio Romano, cuando se consideró que solo tenía sentido que hubiera un mundo cristiano.

La Ilustración liberó al Estado de la tutela de las iglesias y tuvo entonces que definir nuevos principios, sistemas y procesos de legitimación, de los que nació la idea de Europa. Esta aproximación del autor nos lleva a cuestionarnos si tiene sentido hoy seguir definiendo la idea de Europa, cercar el espacio, frente a otras naciones. Trazar un límite entre un lugar y otro es crear un “hábitat y prefigurar hábitos y habitantes” (p. 155). Las naciones pueden elegir entre ser hospitalarias u hostiles respecto de los que no forman parte del “nosotros”. La historia de la ciudad es una historia de normas (éticas y políticas) y de formas (estéticas) que se enriquecen mutuamente. No todos tienen derecho a habitar en ella, por eso el urbanismo incluye inevitablemente en su organización “gramáticas de exclusión” (p. 183).

Lanceros considera que en la base de la historia de la salvación o redención del mundo hay un esquema teológico: el mesianismo, que ofrece meta y estructura a la tarea de la redención. La historia no es un mero despliegue en sentido hegeliano, en el que todo está teleológicamente determinado (y justificado). En la historia puede haber paradas: el mal queda intacto en el pasado a la espera de ser redimido (el progreso no redime necesariamente el pasado). La catástrofe es una idea propia de la concepción mesiánica de la historia. G. Scholem habla del mesianismo como una “teoría de la catástrofe” (p. 209). La irrupción de la catástrofe modifica el estatuto del tiempo, dando lugar a dos posibles actitudes: el quietismo místico o el activismo mesiánico. De nuestra forma de vivir el tiempo dependerá nuestra respuesta ante la catástrofe y ante el mal que reconozcamos en el mundo.

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