martes, 27 de junio de 2017

François Fejtö: Réquiem por un Imperio difunto. Por Alfredo Crespo Alcázar

Fejtö, François: Réquiem por un Imperio difunto. Historia de la destrucción de Austria-Hungría. Encuentro, Madrid, 2015. 494 páginas. Traducción de Jorge Segovia. Comentario realizado por Alfredo Crespo Alcázar (Doctor por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid).

Historia, relaciones internacionales, política y geopolítica se mezclan e interrelacionan en la obra que tenemos entre manos. El resultado es un compendio homogéneo y brillante que analiza las consecuencias, las implicaciones y las razones que condujeron a la desaparición del imperio austrohúngaro, fenómeno que generó un impacto ineludible en el orden y en la estabilidad europeas.

François Fejtö maneja simultáneamente dos niveles de análisis, con la virtud de saber relacionarlos, puesto que se suceden cronológicamente, a modo de causa-efecto. Por un lado, uno más general que hace referencia al desarrollo de la I Guerra Mundial (centrándose sobre todo en los aspectos diplomáticos). Por otro lado, la participación de Austria-Hungría en el citado acontecimiento, lo que sentó las bases para su destrucción (que no disgregación o caída, advierte el autor). En efecto, Fejtö enfatiza el concepto de destrucción que, en este caso, no obedeció al mal funcionamiento interno del Imperio austrohúngaro (que tampoco niega). Más bien, se reconoce que uno de sus grandes déficits consistió en desestimar los deseos autonomistas de algunos de sus países integrantes o al establecimiento de alianzas contra-natura (con Alemania) sino a una acción/decisión procedente del exterior.

Dentro de estos dos niveles de análisis, existen apartados en los que profundiza con magisterio, recurriendo a las más variadas fuentes, con la finalidad de demostrar la tesis que nos presenta al inicio de la obra:
«Sin querer defender a los alemanes, comparto la opinión de los que piensan que la causa más profunda de la guerra residía en la rigidez del sistema europeo, donde la desconfianza, los miedos recíprocos, las definiciones anacrónicas de intereses nacionales, la febril ascensión del paneslavismo, consideraciones de prestigio y, last but no least, la ductilidad de las opiniones públicas se conjugaron para impedir una adaptación racional a los cambios de relación de fuerzas» (p. 37).

A lo que se añade:

«Resulta claro que las grandes potencias estaban, en 1914, completamente dispuestas a enfrentarse y que tenían dos intereses comunes: adelantarse al adversario y echar sobre él la responsabilidad de la guerra» (p. 56).


Fejtö sigue un orden escrupuloso que empieza por explicar las causas que provocaron la I Guerra Mundial. Así, examina una serie de acontecimientos o tensiones, perceptibles desde la segunda mitad del siglo XIX. El listado es amplio: el ansia de revancha de Francia hacia Alemania tras la derrota de 1870, el desarrollo de un imperialismo ruso y el crecimiento con aspiraciones hegemónicas de Alemania, nación que perseguía el reconocimiento de gran potencia, esto es, un estatus similar al que ostentaban Francia o Inglaterra. Con todo ello, Fejtö sentencia que hacia 1912-1913 había un ambiente que inducía a pensar que el desarrollo de una gran guerra se hallaba próximo, pese a la multiplicación de los esfuerzos diplomáticos por evitarla o al protagonismo que había adquirido el movimiento pacifista desde finales del siglo XIX.

Explicado este ambiente pre-bélico, el autor se centra en la situación en la que se hallaba ese mosaico de territorios y de poblaciones que constituían el Imperio austrohúngaro, tan extenso geográficamente como heterogéneo desde el punto de vista étnico.

Al respecto, a través de un exhaustivo recorrido cronológico, se remonta a su génesis, explica su evolución a lo largo de los siglos y enumera linajes, tratados, alianzas o reformas sociales. No se trata de un relato aséptico sino que va extrayendo conclusiones. La principal de ellas es que en 1914, el Imperio austrohúngaro presentaba un buen número de aspectos disfuncionales (políticos y administrativos) que mermaban su capacidad para responder de manera satisfactoria a los requerimientos que le planteaban sus habitantes y territorios.

La principal anomalía tenía que ver con la emergencia de una conciencia nacional a lo largo del siglo XIX, cuya reivindicación versó en sus elementos distintivos como la lengua o las instituciones de gobierno, pero que se topó con las tendencias asimiladoras o centralizadoras. En otros términos: la monarquía austrohúngara no había sido capaz de transitar del absolutismo al constitucionalismo. Además, ese predominio de la centralización no solo repercutió en una deficiente gestión de las “aspiraciones nacionales” sino que también se manifestó en otros ámbitos. Uno de ellos fue el de las estructuras productivas, cuya obsolescencia impidió un mayor desarrollo productivo, minando los efectos positivos que se podrían haber derivado de la poderosa industrialización.

Esto último le sirve al autor para insistir en que Austria-Hungría no era un espacio en ruinas antes de la I Guerra Mundial. Asimismo, cultural y políticamente era un referente, disponiendo de partidos políticos con unas bases sociales amplias y una Constitución que se hallaba entre las más liberales de Europa. Obviamente, el Imperio austrohúngaro presentaba carencias pero susceptibles de solventarse por la vía de las reformas, algo que intentó su último emperador, Carlos I, cuya figura domina buena parte de la obra. Al respecto, Fejtö ofrece un listado de las maniobras que realizó el emperador y de las tácticas empleadas, las cuales aunque partían de intenciones sensatas, contenían un error de base: aspiraba a firmar la paz con los aliados sin enemistarse con Alemania, de quien Austria-Hungría se había convertido casi en satélite.

¿Qué factores pudieron inducir a Carlos I a actuar de esta manera? En primer lugar, el rechazo de la influencia que Berlín ejercía sobre su monarquía. En segundo lugar, y principal, que Reino Unido y Estados Unidos no tenían interés en despedazar el Imperio austrohúngaro. Por el contrario, entendían que podía modernizarse. En palabras de David Lloyd George, Primer Ministro británico:
«Aunque estemos de acuerdo con el presidente Wilson de que la destrucción de la monarquía austrohúngara no figura entre nuestros objetivos de guerra, pensamos que podemos eliminar ese foco de desorden en esta región de Europa si las nacionalidades de Austria-Hungría vieran que se les concedía verdadera autodeterminación según los principios democráticos a los que aspiran desde hace tiempo» (p. 324).

Sin embargo, el resultado final fue contrario al deseado por el emperador, entre otras razones porque la monarquía austrohúngara era percibida, en particular por la masonería francesa, como un ejemplo de todo aquello que había que eliminar, como un “espacio de barbarie”. Además, finalizada la guerra, entre los vencedores predominó el revanchismo, se aplicó el principio de las nacionalidades, se eliminaron las fronteras históricas y aparecieron un buen número de nuevos estados.

En consecuencia, el mapa político europeo se alteró notablemente, de tal manera que Fejtö, citando a Pierre Miquel, concluye de la siguiente manera: «La injusticia de la opresión de los pueblos por los antiguos imperios se sustituyó por la arbitrariedad de un recorte inspirado más en los apetitos que en las realidades étnicas o lingüísticas» (p. 427). Con este escenario, el final de la I Guerra Mundial solo supuso un punto y seguido. Se firmó el acta de defunción del Imperio austrohúngaro, pero Europa Central mantuvo intacta su escarapela de inestabilidad.

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