miércoles, 23 de septiembre de 2026

Juan María Gonzélez-Anleo Sánchez: Generación Selfie. Por Lázaro Sanz Velázquez

Gonzélez-Anleo Sánchez, Juan María: Generación Selfie. PPC, Madrid 2016. 287 páginas. Comentario realizado por Lázaro Sanz Velázquez.

Esta obra del sociólogo Juan María Gónzález-Anleo, experto en jóvenes y sociedad, intenta ser un retrato de una colectividad que se ha desarrollado en estos últimos años de crisis económica, política y social, y que se caracteriza por replegarse sobre sí misma, frente a una sociedad que no comprende y que percibe como una amenaza. Su lectura nos ayudará a comprender un poco mejor a las jóvenes generaciones. 

El título del libro trata de reflejar la representación de la tensión individual/colectivo. ¿Puede existir una generación, una colectividad amplia de referencia, construida a partir del selfie? Solo de la misma forma que puede existir un mapa mundi selfie: si se comienza a edificar lo colectivo desde y únicamente a partir de lo micro. En este sentido, un mundo, una sociedad o una generación selfies pueden ser considerados como la consagración de la consabida fórmula del neoliberalismo, expresada por M. Thatcher en 1987: «La sociedad no existe. Lo que existe son hombres y mujeres individuales, existen las familias». La sociedad, la colectividad por excelencia, se convierte así, desde esta nueva fórmula neoliberal, en una mera construcción a posteriori sin base real y, por supuesto, deslegitimada por el orden socioeconómico.

De la misma forma, tampoco existe, ateniéndonos al lenguaje marxista, una generación para sí, es decir, una colectividad de referencia presente en la vida de los individuos que ayude a construir su identidad, que guíe y oriente sus aspiraciones y sus actos. Porque de eso trata precisamente este libro: del abandono de toda forma de conexión generacional, de todo proyecto colectivo por parte de una generación de jóvenes que no entenderían absolutamente nada si alguien les dijese que forman parte de una generación, de un país, de un mundo. 

Afirma González-Anleo que «no ha habido probablemente a lo largo de la historia un fenómeno tan efímero, y en apariencia tan trivial, que haya conquistado en tan poco tiempo y tan poderosamente el imaginario colectivo como el selfie». Su historia se desarrolla exactamente en los mismos años que llevamos de crisis económica, política y social. 

El significado del término selfie va mucho más allá del cambio de representación de la tensión individual/colectivo, reflejando con gran fidelidad el mundo actual de los adolescentes y jóvenes. Selfie es, en este sentido, el triunfo definitivo de lo visual en un mundo líquido en el que predomina la inmediatez calculada, el permanente ensayo «esto soy aquí y ahora», quedando la intimidad perfectamente mimetizada con la pública exhibición para el consumo (extimidad). No hay que dejarse engañar por lo que a veces parece demasiado obvio: inmediatez, presentismo virtual y visual, no significa espontaneidad, y mucho menos dejadez o descuido. Nada más lejos de la realidad. El selfie es la expresión más sofisticada de la voluntad de autodominio. A través de él, el joven se vuelve empresario de sí mismo, gestor de su juego de identidades para su consumo en la hoguera digital de las vanidades.

Más allá de esto, continúa el sociólogo: «El joven actual, a través del selfie, traza en torno a sí un círculo impenetrable que le separa del mundo que le rodea, deslindando su territorio privado y su propia experiencia de la colectividad. Un círculo en el que solamente pueden entrar, a lo sumo, las personas más cercanas». 

El autor trata de hacer un retrato lo más fiable posible de esta generación, comenzando, en el capítulo 1, por plasmar la situación de exclusión social en que actualmente se encuentra. No podría comprenderse la distancia marcada por el joven actual de la sociedad, su desinterés, su desconfianza, si no se exploraran en profundidad los factores estructurales y culturales que lo condenan a esta permanente frustración. Recalca, además, el hecho, de que estos últimos siete años de crisis no pueden ser interpretados como un cambio de tendencia, sino como el último acto –especialmente duro, por supuesto, pero solo el último– de un proceso que comienza ya en los años ochenta y por el cual se bloquea sistemáticamente el acceso de los jóvenes españoles a la vida adulta, a la independencia respecto de sus padres, a un trabajo digno de ese nombre y a la formación de una familia. 

También la religión y la Iglesia han quedado al otro lado del círculo de tiza que los jóvenes trazan en torno a sí y a su territorio. Con la salvedad de que, en este caso, estamos hablando de un proceso más largo que en los anteriores. A este tema dedica por completo el capítulo quinto. En el sexto, se adentra en un círculo trazado por los jóvenes. Se podría denominar de muchas formas ese espacio dentro del círculo, pero ha optado por darle el nombre de guaridas, ya que parte del significado de esta palabra implica amparo y refugio frente a un entorno hostil, además de ser el lugar donde suele encontrarse alguien. 

El libro nace, confiesa el autor, para dar testimonio de una generación que muy probablemente esté empezando a desaparecer. Porque hay signos de que esta generación que aquí describe está despertando: «Aunque débiles aún y sepultadas la mayoría de las veces bajo montañas de datos que apuntan en otra dirección, estas señales son probablemente los primeros indicios de que la tendencia dibujada a lo largo del libro está empezando a cambiar».


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