lunes, 21 de septiembre de 2026

Bruno Forte: La transmisión de la fe. Por Mª Dolores de Miguel Poyard

Forte, Bruno: La transmisión de la fe. Sal Terrae, Santander, 2015. 242 páginas. Comentario realizado por Mª Dolores de Miguel Poyard.

Bruno Forte conjuga en esta obra su doble condición: es teólogo de reconocido prestigio y es también obispo. Su teología es eminentemente pastoral. Este libro lo dedica a dos hermanos suyos en el episcopado. Su admiración por ellos la resume así: «dos testigos que han gastado su vida anunciando el Evangelio y nutriendo la fe en Cristo, a quien ahora contemplan en la belleza eterna de Dios». Esta pasión del testigo por anunciar el Evangelio y nutrir la fe en Cristo es el leitmotiv que da unidad y sentido a su vida y a esta obra. 

En ella ha recopilado diversas conferencias, cartas y exhortaciones pastorales escritas por él con ocasión del Año de la Fe. Ya en el título y desde la primera línea, queda claro su objetivo: responder a un desafío, transmitir la fe a las nuevas generaciones, poner palabra a la belleza eterna de Dios. 

Este reto lo afronta con la sabiduría del testigo acrisolado en el camino de la fe, la profundidad del teólogo y la creatividad y claridad del pastor. 

Como buen mistagogo, Bruno Forte nos ofrece un hermoso y sugerente itinerario para adentrarnos en el misterio de la fe. La trayectoria existencial del profeta Elías, «el testigo de Dios en el tiempo de la aparente derrota de Dios» (pág. 6), le sirve de símbolo de lo que quiere expresar. 

Con un estilo muy pedagógico, divide este recorrido en ocho partes que avanzan ordenadamente: las fuentes de la fe, o el encuentro con el Resucitado, donde subraya el carácter objetivo, no solo subjetivo, de esta experiencia pascual; la fe transmitida, donde detalla las características de la fe adulta; la fe profesada, alimentada con la Palabra de Dios y condensada en el Símbolo de los Apóstoles; la fe celebrada, centrada en la Eucaristía; la fe vivida, encarnada en los testigos y alentada en la familia; la fe en diálogo con el ateo que todo creyente lleva dentro y con los no creyentes, y expresada en la belleza y el arte; la fe en camino hacia el encuentro definitivo con la belleza de Dios; y, por último, en la octava parte se detiene, como Elías, en el umbral y contempla humildemente, en el silencio, la sonrisa consoladora de Dios. 

La luz que ilumina cada una de estas etapas es la alegría de la Resurrección, el canto agradecido por el sobreabundante Amor de Dios. Es la teología escrita por el testigo desbordado por tanto don inmerecido. La inefable realidad experimentada, la hermosura de tanta luz que embriaga y enamora, encuentra su cauce de expresión en la poesía, que es arte y es belleza, que sugiere y evoca más que habla, que expresa más por lo que calla que por lo que dice. De ahí los poemas que van jalonando el discurso teológico como los hitos en el camino, que invitan a pararse y contemplar; porque nuestro Dios habla en el silencio. 

Así también el Símbolo de la fe de los Apóstoles, el Credo, «dice callando, habla evocando, afirma remitiendo a los abismos, de los que llegó a nosotros el Verbo de la vida» (pág. 103). Por eso, profesarlo con el corazón es abismarse en el Amor del Dios Trinitario. 

La alegría, signo del Espíritu, abre la primera parte como fuente y origen de todo y alienta todo el peregrinaje esperanzado del resto de los capítulos, hasta culminar, en la última parte, en la consoladora certeza de un Dios que nos espera sonriente al final del camino para fundirse con nosotros en abrazo eterno. 

Esta alegría por tanto don es expansiva; de ahí la imperiosa necesidad de salir a los caminos y comunicar esa fe que, como les sucede a los testigos de Emaús, arde en nuestro corazón. «Libres por la fe y siervos por amor» es una de las paradojas sobre las que bascula todo el texto. A ella se le une otra, también recurrente: la revelación es palabra y silencio, apertura y ocultamiento; de ahí que la Verdad sea contraria a toda ideología totalitaria, y solo la comprendan los humildes de corazón. 

La obra concluye con un breve análisis de dos textos del papa Francisco que subrayan también la luz y la alegría de la fe: Lumen fidei y Evangelii gaudium. Un libro, en definitiva, muy apropiado para profundizar en el misterio de la fe y recorrer con esa gran nube de testigos el camino hacia la alegría que nunca tendrá fin.

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