jueves, 9 de febrero de 2017

Roy A. Rappaport: Ritual y religión en la formación de la humanidad. Por Carlos Blanco Pérez

Rappaport, Roy A.: Ritual y religión en la formación de la humanidad. Akal, Madrid, 2016. 560 páginas. Comentario realizado por Carlos Blanco Pérez (Profesor de Filosofía, Universidad Pontificia Comillas, Madrid).

Dentro de las antropologías ecológicas, el estadounidense Roy Abraham Rappaport (1926-1997) ocupa un lugar destacado. Esta tendencia se caracteriza por conceder una importancia decisiva al medio ambiente y a la capacidad humana de adaptación al entorno a la hora de explicar el desarrollo de una cultura. Su libro Cerdos para los antepasados: el ritual en la ecología de un pueblo de Nueva Guinea (1968), en el que examinaba prolijamente el sacrificio de cerdos entre los tsembaga como sistema de intercambio para saldar deudas contraídas con la esfera sobrenatural, puso de relieve la fecundidad de esta perspectiva para la antropología cultural.

La obra que tenemos ante nosotros representa una de las mayores aportaciones recientes a la antropología de las religiones. Publicada póstumamente por Cambridge University Press; en ella, Rappaport, fiel a su enfoque más definitorio, propone analizar el papel de la religión en la forja de lazos adaptativamente provechosos entre el hombre y la naturaleza. La religión emerge así no como un subproducto de la evolución de la psique humana, sino como un elemento constitutivo de la propia naturaleza del Homo sapiens.

Asombra la notable erudición filosófica y teológica que exhibe Rappaport, amén de su constante voluntad de mostrar conexiones entre su metodología y las reflexiones de egregios pensadores como William James, Rudolf Otto y Émile Durkheim, con quienes entabla un interesante y aleccionador diálogo.

Para nuestro autor, el verdadero origen de la religión radica en la necesidad de crear rituales que restituyan el esquivo equilibrio entre una población humana y el medio a cuyas condiciones se afana en adaptarse de la manera más eficiente posible. Ahora bien, ¿qué es la adaptación?, ¿cómo entenderla sin caer en tautologías panglossianas como las que tan agudamente denunció Stephen Jay Gould? A juicio de Rappaport, la adaptación de una cultura se relaciona con el mantenimiento de la verdad, con el esfuerzo humano para autorregularse mediante la búsqueda de invariantes que disipen las tenaces sombras de lo fugaz y mudable. Para ello, y dada la ineluctabilidad del cambio, el hombre debe inventar significados que pretenden reconstruir el hipotético orden primigenio.

El ritual y su rol mediador entre el hombre y el medio nos suministran la fuente de la que dimana, en último término, el fondo religioso ubicuo en prácticamente todas las culturas, cuyos vestigios más antiguos proceden del Paleolítico superior. Dimensiones más complejas, como lo sagrado, lo oculto y lo divino, brotan de ese suelo ritualístico del que nacen todas las religiones, sustentado sobre el imperativo de alcanzar una homeostasis entre el hombre y la naturaleza circundante.

El ritual propicia una unión entre lo lógico y lo afectivo, una fusión de razón y experiencia. Su objeto es lo santo, síntesis de lo sagrado y de lo luminoso, y en él «las concepciones más abstractas están ligadas a las experiencias más inmediatas y sustanciales» (p. 465). En el ritual, inexhausto manantial de símbolos, la religión fabrica la Palabra. No es de extrañar que gran parte de la obra discurra en torno a las funciones que adopta el ritual (cuestión sobre la que versan los capítulos tercero, cuarto y quinto), fenómeno que Rappaport interpreta como la tentativa de elaborar una ontología del significado.

Semejante deseo no remite a leyes objetivas, al descubrimiento de normas decretadas por la naturaleza, sino a la deslumbrante creatividad humana, al intento desesperado de encontrar certezas en un mundo evanescente. Como ilustrativamente sentencia Rappaport,
«conocida la cantidad de energía, sangre, tiempo y riqueza gastada en la construcción de templos, en el mantenimiento de los sacerdotes, en los sacrificios a los dioses y en matar infieles, es difícil imaginar que la religión, tan extraña como puedan hacerla parecer algunas de sus manifestaciones, no sea de algún modo indispensable para la especie» (p. 18). 
Esta afirmación quizás no sea cierta para nuestro tiempo, pues las evidencias sociales indican que el ser humano puede vivir perfectamente sin religión. Aunque el antropólogo no deje de percibir cómo aspectos básicos de las religiones mutan y resurgen a través de expresiones distintas, el compromiso ritualístico que nuestro autor elucida con perspicacia ya no resulta imprescindible para el hombre contemporáneo, libre y racional.

Rappaport se cuida mucho de advertir que no es su intención reducir la religión a su valor utilitario para la preservación de los equilibrios entre el hombre y el medio ambiente. Dicha función adaptativa no agota su significado más profundo, pero sí permite revelar los universales humanos que laten en la religión más allá de las religiones. La pregunta sobre las reivindicaciones de “verdad” que esgrimen muchas tradiciones teológicas es objeto, de hecho, de un hondo y sugerente tratamiento a lo largo de cinco capítulos (caps. 10-14). El undécimo es particularmente inspirador por las conexiones que esclarece entre conceptos como el Lógos griego, la Maat egipcia, la noción zoroastriana de Asha y el Rta védico, evocaciones de un orden cósmico primordial e inalterable cuyas manifestaciones han de presidir también la acción del hombre, para plasmarse en los más variopintos rituales religiosos. La teología se alza entonces como el desvelamiento de un Lógos, de un orden cósmico que el hombre anhela trasladar a su vida social.

El hombre, en suma, encarna la autoconciencia de ese Lógos universal impreso en las entrañas más íntimas e insondables del cosmos, por lo que Rappaport concluye su brillante investigación con una exhortación a la responsabilidad que ha de asumir nuestra especie:
«Dados los poderes de la humanidad para construir y destruir su posición de dominio en los ecosistemas que ella misma puede desestabilizar, su responsabilidad […] no puede ser únicamente para consigo misma, sino para el mundo en su totalidad» (pp. 526-527).
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