miércoles, 17 de enero de 2018

Antonio Fernández-Rañada: Los científicos y Dios. Por Miguel Lorente Páramo

Fernández-Rañada, Antonio: Los científicos y Dios. Trotta, Madrid, 2008. 285 páginas. Comentario realizado por Miguel Lorente Páramo.

La fe de los científicos

Estamos ante la segunda edición del libro Los científicos y Dios que el autor publicó en 1994 en la Editorial Nobel de Oviedo. Además de su larga carrera científica, Antonio Fernández–Rañada ha escrito varias obras sobre temas humanistas: Los muchos rostros de la Ciencia (1995), De la agresión a la guerra nuclear (1996) con J. Martín Ramírez, y ha recibido premios a su labor divulgadora: Premio Internacional de Ensayos Jovellanos (1995), Medalla de Plata del Principado de Asturias (1999), etc. 

El libro que publica ahora Trotta mejora sustancialmente la primera edición en su objetivo de «poner de manifiesto la notoria falsedad del estereotipo de que los científicos se oponen radicalmente a la experiencia religiosa». Este enfoque ha sido reforzado por el interés creciente en la cultura actual por temas religiosos —afirma el autor en la introducción— por la insatisfacción que produce en círculos científicos el reduccionismo a ultranza, y por el auge del posmodernismo en el dominio de lo no racional; por estas y otras muchas razones el tema se ha desplazado, sin moverse, al centro del interés bibliográfico.

La segunda edición del libro ha sido mejorada con aporte de bibliografía reciente, posterior a 1994, con párrafos sustancialmente nuevos como son: 
1) Las encuestas entre los científicos, que confirma el número de ellos pertenecientes a diversas especialidades que son creyentes y practican algún tipo de religión, y que han superado los pronósticos negativos ante el avance de las ciencias. 
2) El llamamiento de Martin Rees en 2007, semejante al de Carl Sagan en 1991 para el acercamiento entre las comunidades científicas y religiosas con el objetivo de preservar el ambiente. 
3) La polémica del diseño inteligente como salida menos agresiva que el creacionismo científico, y que ha invadido las aulas los últimos años en Estados Unidos como una postura científica antagónica a la teoría de la evolución de Darwin. Y algunas sugerencias para mejorar el texto. 

El capítulo 3 sobre las pruebas de la existencia de Dios es crucial para abordar otros temas como consecuencia lógica de la realidad fundamental de que Dios existe. En el capítulo 3 se han presentado con claridad las cinco vías y su valoración física y metafísica. Ante la imposibilidad de llegar a una prueba convincente, se acude al argumento moral, que según Kant pertenece a la Razón Práctica. Según Hans Küng en su obra ¿Existe Dios?, el argumento moral puede expresarse así: «Lo incondicional de la exigencia ética, la incondicionalidad del deber, tiene únicamente su fundamento en algo incondicional, en algo Absoluto, que es capaz de producir un sentido trascendente, y que no puede ser el hombre como algo particular, como naturaleza humana, o como comunidad humana, sino que únicamente es Dios mismo». 

Otro aspecto que convendría resaltar más en las disputas entre científicos y teólogos es el papel que juega la filosofía en el diálogo entre unos y otros; por eso es necesario saber de antemano qué clase de principios filosóficos se están suponiendo. Por ejemplo, en la disputa sobre el diseño inteligente, los defensores de la evolución por azar y por selección natural admiten solamente una filosofía reduccionista, en la que no tiene sentido una intervención divina; en cambio, los que son teístas admiten la causalidad final capaz de explicar la complejidad irreducible de los seres vivos para desarrollarse según un plan establecido. El mismo planteamiento epistemológico se debe emplear en la disputa sobre el principio antrópico. Si no se acepta la finalidad ontológica, no es posible hablar de un cosmos dirigido a la existencia de seres inteligentes. Si se acepta, entonces se puede argumentar que las condiciones del universo —constantes, elementos, fuerzas— exigen o están creadas con una finalidad extrínseca o intrínseca para el hombre.

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