martes, 29 de mayo de 2018

Angus Deaton: El gran escape. Por Gonzalo Fanjul

Deaton, Angus: El gran escape. Salud, riqueza y los orígenes de la desigualdad. FCE, México, 2015. 403 páginas. Traducción de Ignacio Perrotini. Rev. de la traducción de Fausto José Trejo. Comentario realizado por Gonzalo Fanjul (Director de Análisis del Instituto de Salud Global de Barcelona).


Una historia esperanzadora y mal rematada. Así rezaría el título de esta reseña. La desigualdad está de moda. Desde que la Gran Recesión abriese en buena parte de los países más desarrollados una brecha social y económica de la que no será fácil recuperarse, los economistas de la desigualdad se han convertido en las nuevas estrellas del debate público. Solo de este modo se explica que el francés Thomas Piketty haya vendido centenares de miles de copias de su Capital en el siglo XXI, un volumen de 700 páginas que pocos tendrán en la mesilla de noche. Junto a Piketty, menudean las publicaciones y apariciones públicas de Milanovic, Stiglitz o Krugman alertando sobre un asunto que resulta dolorosamente familiar para cualquier estudioso de la pobreza: la inequidad no solo supone una condena injusta para el que la padece, sino también un problema para el conjunto de intereses de la sociedad, que ve cómo las diferencias excesivas lastran sus perspectivas económicas, debilitan el sentimiento de mutua responsabilidad y erosionan la credibilidad de las instituciones.

Precisamente este argumento es el que desarrolla de manera convincente Angus Deaton. El profesor de Princeton y último premio Nobel de Economía desenmaraña de forma pedagógica y convincente la hipótesis central de este debate: en materia de salud y bienestar globales, el último siglo es un éxito sin paliativos que deja al mundo muy por encima de cualquier otra época de la historia; sin embargo, para una parte sustancial (aunque decreciente) del planeta, el lugar en el que uno nace determina todavía de por vida sus oportunidades y sus derechos más fundamentales.

El libro se estructura de forma sencilla. En su primera parte, el autor aborda la evolución revolucionaria de los indicadores de salud y la esperanza de vida a lo largo de la historia reciente. Primero dentro de los propios países industrializados y, a partir del último cuarto del siglo XX, en buena parte del resto del planeta, la introducción de vacunas y antibióticos, la universalización de los servicios de salud o la mejora de los sistemas de agua y saneamiento transforma las sociedades “hasta el punto (aparentemente imposible) de que la esperanza de vida aumentase varios años por cada año transcurrido”. Pero las diferencias persisten, sea por el estancamiento de los niveles de mortalidad infantil en el África Subsahariana y regiones de Asia, sea porque los mayores de los países ricos están rompiendo el techo establecido durante buena parte del siglo pasado.

El segundo bloque se centra en el análisis del bienestar y de la pobreza. Es interesante que Deaton haya decidido comenzar con el caso de Estados Unidos, un país que creció de manera continuada hasta los años setenta al tiempo que redujo las brechas de desigualdad entre razas, grupos de ingreso y franjas de edad. Desde entonces el crecimiento ha sido desigual, pero la capacidad de redistribución del Estado ha sufrido de forma desproporcionada, generando la sociedad dual en la que están atrapados ahora. En cierto modo, esa ha sido también la historia del conjunto del planeta desde finales de los 80, con países en desarrollo creciendo de manera acelerada, los niveles de pobreza reduciéndose incluso en regiones tan vulnerables como África y el conjunto de países disponiéndose de forma más continuada en la curva general de progreso. La posibilidad de que el planeta entre en una fase prolongada de ralentización intermitente del crecimiento con desigualdad —como sugieren algunos analistas alarmados por la crisis de las materias primas— debería ser motivo de preocupación.

Si las dos primeras partes son un empaquetado inteligente y didáctico de algunas lecciones del desarrollo ampliamente aceptadas, la sección dedicada a las soluciones es sin duda la más polémica ya que se centra en un ataque a la ayuda internacional: “Cuando las ‘condiciones para el desarrollo’ son las adecuadas, la ayuda es innecesaria; cuando las condiciones locales son hostiles al desarrollo, la ayuda no es útil e incluso hará más mal que bien si perpetúa esas condiciones”. No hace falta decir que este argumento —ilustrado con diferentes ejemplos— no sentó nada bien a los campeones de la ayuda, con Bill Gates a la cabeza. En su crítica, “Un libro excelente con un gran defecto”, el filántropo acusa a Deaton de ignorar el papel fundamental de la ayuda en el desarrollo de innovaciones que trasforman sectores claves del bienestar humano, como la salud y la agricultura.

El ensañamiento del autor contra la ayuda es peculiar, por decirlo de forma suave. En primer lugar, los recursos de la cooperación son ya una parte menor de los flujos de financiación del desarrollo, donde las remesas o la inversión directa y en cartera juegan un papel mucho más relevante. Por otro, lo que él cuenta ya estaba dicho en gran medida por autores serios como William Easterly (La carga del hombre blanco) y otros más prejuiciados como Dambisa Moyo (Ayuda muerta). En tercer lugar, el espacio que Deaton destina a criticar la ayuda lo desperdicia no hablando de otros factores extremadamente relevantes —como el comercio o las migraciones— a los que dedica, literalmente, una página y media.

Es una verdadera lástima, porque El gran escape ofrece un enfoque al mismo tiempo histórico y modernísimo que se alinea con una nueva estrategia global del desarrollo (los Objetivos de Desarrollo Sostenible) en donde la equidad se ha convertido con la sostenibilidad en un hilo conductor de las acciones de la comunidad internacional. Es una pena que esta consistencia flaquee en el capítulo de las recomendaciones. Si se trataba de dar su opinión sobre la ayuda, Angus Deaton debería haber escrito dos libros, en vez de uno.

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