lunes, 26 de noviembre de 2018

María Antonia García de León: No hay señal. Por Víctor Herrero de Miguel

García de León, María Antonia: No hay señal. Sial Ediciones, Madrid, 2017. 126 páginas. Comentario realizado por Víctor Herrero de Miguel (Escuela Superior de Estudios Franciscanos, Madrid).

Cuando, hace poco más de un lustro, María Antonia García de León nos sorprendió con la publicación de su primer poemario (Poemas al ritmo de las estaciones, de los días y del amor), pudimos ver que tras la contrastada socióloga y la brillante ensayista habitaba una poeta verdadera. Se cumple en ella la profecía de Alfonso Canales (1923-2010) quien, en un poema bellísimo titulado Los años, sosteniendo su voz en un verso de Virgilio, escribe: 
“Feliz aquél que puede las causas de las cosas
adivinar temprano,
mas el que se retarda
adrede, no queriendo que nada se le esconda,
llega más lejos: día
tras día desenvuelve
un camino que otros ya encontrarán pisado
y transitable”. 

En este momento en que la instantaneidad de la comunicación tecnológica ha dejado de ser puente para convertirse en dique, se agradece que alguien haya esperado a la madurez más plena para decir las cosas importantes. No hay señal se abre con un verso que funciona a modo de emblema o de divisa —Soy un arquitecto in pectore— y que da pie a un poema en el que una referencia explícita (Montaigne) y una alusión vedada (Plotino) conducen a un mismo lugar: la edificación del yo real, el hallazgo de la propia esencia. Todo el poemario, una especie de confesiones poéticas, gravita en torno a esta composición inicial, alternándose en unos y otros poemas la presencia de lo público con lo que atañe a la intimidad: sobre ambas piedras se levanta la humanitas, ese concepto que engloba al ser humano íntegro, al individuo en todas sus relaciones concretas, magníficamente explicado por Ludwig Bieler:
“La debida presentación y cultura vital, sostenida en un justo medio entre la indigencia y el lujo; el gusto por las bellezas de la naturaleza y el arte; la valoración comprensiva de toda actividad espiritual como específicamente humana; la consideración por los demás hombres y el interés por todo lo que les concierne; el sentido con que percibir lo que es connatural al hombre; la conciencia de encontrarse entre sus semejantes y en el mundo como un ser limitado”.

En este tratado poético acerca de la humanitas, destacan los poemas en los que la autora contempla el tránsito de su rostro frente al cristal del tiempo; encontramos aquí versos de muy bella factura, donde la poeta describe su pasado (aquel volcán que fui / de eros y rebeldía), se desnuda (en la oscuridad vivía / allí llevaba mis carlancas sobre traje de seda), labra su propia mitología (soy Ulises, amarrado al mástil de la vida) y cifra su vocación poética (minera, soy la que trae el oro / arrancado a este pedernal, a este desierto). Hay también en el poemario una mirada profunda al mundo, al barrendero que recoge las jacarandas azules / con un esfuerzo absurdo y que, en su labor marginal, desvela un centro; a los árboles, un auditorio / verde, escalonado, de los cuales, como en las Geórgicas, se catalogan sus dones; a nuestra sociedad de la cantidad, estos tiempos de hordas, tiempos de masas. Hidras maléficas multiplicadas, / comen y chillan, plástico y humo.

El poema titulado Alma tecnológica, como un compendio de esta sociología poética diseminada en la obra, se construye una mirada sinóptica sobre dos maneras de habitar el mundo: en un lado del díptico, esos hombres serios, silenciosos, solitarios, / con sus ternos oscuros y corbatas de seda, que al amanecer, planean / la ganancia que van a obtener, / el competidor al que van a batir, / el empleado que despedirán, / la prostituta que pagarán; en la tabla opuesta, en el mismo hotel, vemos que en el vestíbulo, / las limpiadoras están alegres, / bromean entre ellas, / frotan las lunas, / en una danza alada. En la opaca gravedad de unos y en la ligereza transparente de las otras el mundo, respectivamente, se autodestruye y se salva.

Si damos por cierta la preciosa manera en la que el poeta ruso Yevgueni Yevtushenko define a la poesía (la educación de la delicadeza en la percepción del mundo), hemos entonces de reconocer que María Antonia García de León, profesora emérita en la Universidad Complutense, es docente activa en el aulario de la poesía. Hay, en el libro, algunas lecciones magistrales que educan nuestra delicadeza para percibir el mundo. Pienso en poemas como El huevo de la serpiente, que culmina con un espléndido dístico (Habito en la tensión del espíritu. / Arquera, apunto a la diana), o Mística y misteriosa, en donde se dice que la llanura es lo parco como asilo, / lo recio como pan, / la lejanía como una madre. En algunas piezas, la empatía —“una categoría estética actualmente pasada de moda..., la ternura para con el mundo, la comprensión para con los actores del cosmos grandes y pequeños”, Zagajewski dixit— ilumina la realidad con una blancura que, velándola, la protege —en palabras de la poeta— contra la peste de lo obvio. Destaco dos poemas: Todo está claro y Tiempos oscuros / Tiempos sin nombre. En ellos, y de una manera que recuerda a ciertas páginas de Valente, la poesía se convierte en peana que muestra y en cofre que custodia la presencia del misterio.

Hemos de celebrar la aparición de No hay señal porque en el interior de esta obra habitan muchas de las razones con que la palabra poética apuntala la mansión de la felicidad: esa casa exquisitamente pobre –pobre como un sagrario, como la tierra, como la mano de un niño– donde, al decir de Rilke, lo eterno se transforma en alimento y donde, en los anocheceres, la poesía es en ella todo y de ella vienen todos los astros. Es ella la señal.

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