García de León, María Antonia: No hay señal. Sial Ediciones, Madrid, 2017. 126 páginas. Comentario realizado por Víctor Herrero de Miguel (Escuela Superior de Estudios Franciscanos, Madrid).
Cuando, hace poco más de un lustro, María Antonia García de León nos sorprendió con la publicación de su primer poemario (Poemas al ritmo de las estaciones, de los días y del amor), pudimos ver que tras la contrastada socióloga y la brillante ensayista habitaba una poeta verdadera. Se cumple en ella la profecía de Alfonso Canales (1923-2010) quien, en un poema bellísimo titulado Los años, sosteniendo su voz en un verso de Virgilio, escribe:
“Feliz aquél que puede las causas de las cosas
adivinar temprano,
mas el que se retarda
adrede, no queriendo que nada se le esconda,
llega más lejos: día
tras día desenvuelve
un camino que otros ya encontrarán pisado
y transitable”.
En este momento en que la instantaneidad de la comunicación tecnológica ha dejado de ser puente para convertirse en dique, se agradece que alguien haya esperado a la madurez más plena para decir las cosas importantes. No hay señal se abre con un verso que funciona a modo de emblema o de divisa —Soy un arquitecto in pectore— y que da pie a un poema en el que una referencia explícita (Montaigne) y una alusión vedada (Plotino) conducen a un mismo lugar: la edificación del yo real, el hallazgo de la propia esencia. Todo el poemario, una especie de confesiones poéticas, gravita en torno a esta composición inicial, alternándose en unos y otros poemas la presencia de lo público con lo que atañe a la intimidad: sobre ambas piedras se levanta la humanitas, ese concepto que engloba al ser humano íntegro, al individuo en todas sus relaciones concretas, magníficamente explicado por Ludwig Bieler:
