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miércoles, 9 de septiembre de 2015

Andrés Torres Queiruga: Diálogo de las religiones. Por Juan Antonio Irazabal

Torres Queiruga, Andrés: Diálogo de las religiones y antocomprensión cristiana. Sal Terrae, Santander, 2005, 151 páginas. Comentario realizado por Juan Antonio Irazabal.

¿Para amar a Jacob, tiene Dios que odiar a Esaú?

En lugar de los cuatro mil que le suponía la tradición bíblica, la humanidad tiene tras de sí un millón de años y ocupa no sólo las riberas del Mediterráneo sino los cinco continentes. Estos dos datos obligan a todo creyente a preguntarse por la relación de Dios —y la suya propia— con las demás religiones. Por ello, y a juzgar por el título de esta obra, parecería que el diálogo de religiones se impone por el hecho mismo de su pluralidad y que de este diálogo tiene que brotar una nueva comprensión del cristianismo. Nos encontraríamos, pues, ante una especie de teología inductiva. Pero no es así. El contenido real y la lógica profunda de esta interesante reflexión del conocido teólogo gallego van exactamente en el sentido opuesto: la auténtica comprensión de la revelación cristiana nos orienta necesariamente hacia el encuentro con las demás experiencias religiosas. 

Su punto de partida es el conocido texto de la primera carta a Timoteo: «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen a conocer la verdad» (2, 4), por una parte, en contra de todo exclusivismo. Y, por otra, el carácter necesariamente concreto e histórico de toda revelación. Concebirla como una especie de «dictado divino» ajeno a las circunstancias concretas de cada creyente y de cada religión no concuerda con la tradición bíblica. Toda experiencia humana está situada en el tiempo y en el espacio. Más aún: sólo desde la particularidad es posible alcanzar la universalidad. Pero de ahí no se ha de sacar la conclusión de que todas las religiones son iguales (a la manera del «pluralismo» de John Hick). De todas maneras, Dios trata siempre con un tú concreto que se siente elegido por Él. Todos son elegidos. En Dios no hay acepción de personas. Por ello, no puede hablarse de elección en sentido exclusivo. Para amar a Jacob, Dios no necesita odiar a Esaú (Mal 1, 2-3). Semejante exclusivismo es un antropomorfismo más de los muchos que hemos atribuido a Dios.