jueves, 15 de febrero de 2018

Izaskun Sáez de la Fuente Aldama (coord.): Misivas del terror. Por Alfredo Crespo Alcázar

Sáez de la Fuente Aldama, Izaskun (coord.): Misivas del terror. Análisis ético-político de la extorsión y la violencia de ETA contra el mundo empresarial. Marcial Pons, Madrid, 2017. 420 páginas. Comentario realizado por Alfredo Crespo Alcázar (Profesor de Filosofía del Derecho. ESERP Business School Madrid. Vicepresidente 2º de ADESyD -Asociación de Diplomados Españoles en Seguridad y Defensa-).

Una obra valiente, necesaria y comprometida. Nos encontramos ante una obra colosal y mayúscula que pone en valor a las víctimas de ETA, refiriéndose a ellas y a la organización terrorista sin caer en subterfugios léxicos. Desde un punto de vista formal, se estructura en cuatro capítulos a los que cabe sumar la introducción y las conclusiones generales. Destaca, asimismo, el ingente apartado dedicado a bibliografía y anexos el cual aporta pruebas sobre cómo se gestaba la extorsión, reproduciendo algunas de las cartas que recibieron las víctimas en las cuales observamos con nitidez la manipulación del lenguaje empleada por ETA con la que en ningún caso podía ocultar su finalidad liberticida. Los autores, coordinados por la doctora Sáez de la Fuente, aunque acotan su objeto de estudio a la extorsión sufrida por la comunidad empresarial, lo insertan dentro de un escenario más amplio como es el terror que ETA (y sus cómplices políticos y sociales) generaron entre la población vasca y española durante más de cincuenta años. Además, son muchos los empresarios que participaron en esta obra ofreciendo sus testimonios para «evitar que la historia no se tergiverse porque hay que pasar página, pero leyendo todo el libro» (p. 68).

De esta premisa general los autores extraen una de carácter particular que permea el libro de manera transversal. Si ETA pudo mantenerse operativa durante décadas, tal hecho obedeció principalmente a que contó con el respaldo de amplios sectores de la población vasca. En consecuencia,
«la sociedad vasca mantuvo, durante décadas, una actitud de indiferencia, de temor e incluso de silencio cómplice, que dio lugar a una especie de espiral. Si bien en teoría reprobaba mayoritariamente los asesinatos, en la praxis conservaba actitudes de ambigüedad o de comprensión tácita y asistía como espectadora silenciosa a la consolidación de un microcosmos social rupturista que legitimaba el uso de la violencia para la consecución de objetivos políticos» (p.36).
Así, aunque la democracia española ya había empezado a caminar a partir de 1978, aquellos sectores vinculados a ETA asignaron la responsabilidad de la perpetuación de la violencia en el País Vasco al Estado central, a la extrema derecha o a los vestigios del franquismo. Estos argumentos los empleó para adjudicarse de manera unilateral la “liberación” del pueblo vasco:
«Aducir que la opresión del Estado español –y de la burguesía– es de tal intensidad y naturaleza que fuerza al uso de la violencia como en la legítima defensa, e interpretar de este modo la violencia ejercida, implica una grave deformación de la realidad» (p. 226).
Junto a ello, sobresale el compromiso ético por parte de Sáez de la Fuente, característica extensible al resto de autores que participan en la obra, reflejado en que todos coinciden en rechazar el olvido:
«Tras décadas de terrorismo y de chantaje, en buena parte de Euskadi se ha instalado la tentación de pasar página sin dedicar tiempo a reflexionar sobre qué (nos) ha ocurrido y por qué se ha producido […] Cualquier posición contraria es sistemáticamente acusada de querer mantener viva la llama del odio y de no favorecer la convivencia y la reconciliación» (p. 20).
En este sentido, el libro rezuma evidentes dosis de “incorrección política”, observables en que los autores no se conforman con aceptar el escenario actual sin violencia de ETA sino que exigen justicia para las víctimas de aquella o en el análisis que hacen de la actitud del Partido Nacionalista Vasco. Al respecto, sobre esta última formación precisan lo siguiente:
«el PNV denunció la extorsión como un atentado contra la vida de las personas y un perjuicio para la economía, pero tendió a ubicar el chantaje y la violencia de ETA en la persistencia, dentro del mundo radical, de imaginarios fundados en el ‘continuismo del franquismo sin Franco’ [...] Por tanto, en su discurso, pacificación y autogobierno eran dos variables íntimamente unidas, vínculo fruto del convencimiento de que para resolver el problema de la violencia y de la extorsión había que solucionar el conflicto político derivado, a su juicio, de la no satisfacción de las aspiraciones nacionales del pueblo vasco en el marco del Estado español» (p. 164).
La extorsión a la comunidad empresarial generó unos efectos perversos, el principal de ellos la inversión de los roles, de tal modo que quien la sufría (la víctima) se convertía en victimario, mientras que éste y su “causa” parecían estar amparados por una pátina de legalidad. Asimismo, la extorsión (cuyo buque insignia fue el “impuesto revolucionario”) también tenía características distintivas, como por ejemplo mantenerse activa durante los periodos en los que ETA declaraba treguas, lo que permitía la financiación y el consecuente rearme de la banda terrorista, un círculo que se cerraba con la comisión de nuevos atentados, secuestros y amenazas. En este sentido, supone un acierto dar la palabra a quienes la sufrieron ya que nadie mejor que ellos para acercarnos el proceso por el que resultaban “elegidos” o la forma en que reaccionaba su entorno más cercano cuando tenían conocimiento de tal situación. Con respecto al primer punto se acusaba al inminente extorsionado de estar al servicio del Estado opresor (es decir, de España), de ser cómplice de un conflicto (con España), de no sintonizar con la causa de la independencia (vasca) y de explotar a la clase trabajadora (vasca). La suma de estos “delitos” generaba la deshumanización de la víctima que, a su vez, iniciaba un complejo debate interno, asignándose ingentes cuotas de culpabilidad al juzgar que ponía en peligro a su círculo familiar y social, sin olvidar las secuelas posteriores. Cuando llegaba la misiva, la víctima se preguntaba por las razones de ser elegido:
«Una pregunta especialmente clave para el empresariado nacionalista, ya que parecía que con la "carta" la organización terrorista ponía en entredicho su compromiso con la ‘causa vasca’; semejante razonamiento difuminaba hasta minimizar lo que la extorsión implicaba en términos de violación de la dignidad, fuese cual fuese la víctima, y diferenciaba perversamente entre quienes era ‘lógico’ que sufriesen el chantaje y los que no tenía sentido que fuesen extorsionados» (p. 281).
No obstante, cabe señalar que en general los extorsionados que pagaron lo hicieron para proteger a su familia, no porque compartieran las ideas de ETA, subrayan los autores. Por su parte, quienes publicitaron su negativa a acceder al chantaje sufrieron más por ello que por el hecho de no pagar.

En definitiva, una obra que debe no solo leerse sino interiorizar y aplicar el mensaje que transmite si realmente se quieren sentar las bases para una convivencia futura. El método elegido por los autores, esto es, rechazar el buenismo y la equidistancia, debe marcar el modus operandi tanto de la clase política como de la sociedad en su conjunto.

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