viernes, 16 de febrero de 2018

Julio L. Martínez: La cultura del encuentro. Por Xavier Alonso Calderón

Martínez, Julio L.: La cultura del encuentro. Desafío e interpelación para Europa. Sal Terrae, Santander, 2017. 272 páginas. Comentario realizado por Xavier Alonso Calderón (Policy Adviser. Responsable de inmigración, asilo, seguridad y justicia; Generalitat de Catalunya–Delegación del Gobierno ante la UE. Bruselas).

De lo concreto y lo cotidiano de la vida, a la reforma de Europa. “El tiempo es superior al espacio” es una afirmación de la encíclica Lumen Fidei, que fue escrita a cuatro manos, porque tiene algo de dos papas. Estaba ya parcialmente redactada, cuando en 2013 Benedicto XVI renunció al papado, pero fue divulgada ya recién iniciado el de Francisco. Poco después se publicó la exhortación Evangelii Gaudium, que cuando se refiere a la dimensión social de la evangelización, vuelve a utilizar la afirmación del tiempo y del espacio. En el capítulo más “político” o, si se quiere, más social de la exhortación (cap. IV, 3), Francisco ofrece cuatro criterios de la propia acción (“el tiempo es superior al espacio”, “la unidad prevalece sobre el conflicto”, “la realidad es más importante que la idea”, “el todo es superior a la parte”), criterios sobre los que Julio Martínez organiza su propia reflexión —en cuatro capítulos más uno introductorio—. Si Evangelii Gaudium da claves del anuncio del Evangelio al mundo actual, nuestro autor reflexiona “civilmente”, más desde lo laico —pese a fundarse constantemente en documentos del magisterio de la Iglesia y hablar como sacerdote jesuita—, y para los europeos. Es un texto con un amplio elenco de propuestas operativas, pero elaborado dialógicamente y a través de lenguajes accesibles. No es un mensaje de cómo evangelizar, sino cómo actuar en la sociedad y en la política. El autor quiere hacer una elaboración desde la cultura del encuentro, una proposición fundamental del papa Francisco, que la nombró expresamente por primera vez en 1999 y en ella sigue insistiendo en la actualidad.

Para la cultura del encuentro es crucial generar —privilegiando antes el tiempo necesario para que las cosas ocurran— espacios o relaciones en donde acertemos con las transformaciones que necesitamos, con el foco puesto en todo lo que está ocurriendo dentro y fuera de Europa, es decir, una serie de respuestas a los grandes problemas de los europeos. Parece que nuestro gran problema sea la inmigración y el refugio, si nos guiamos por la imagen de la portada del libro, en que aparece un hombre de espaldas supuestamente europeo, ante otro, quizás inmigrante marroquí, con el trasfondo de una bandera europea algo velada. Pero el libro ahonda además en muchas otras cuestiones: la cultura de lo virtual, la no implicación de los jóvenes, la democracia participativa, la educación, la relación entre religiones, la diversidad, la crítica al paradigma tecnocrático, la relación ciencia y fe, la verdad en la política, el bien común, la autorreferencialidad, la familia, la solidaridad, la religión utilizada contra el pluralismo, entre otros aspectos.

El texto recurre, repetidamente, a una voz de alarma: el proyecto europeo puede desintegrarse pues padecemos una ambivalencia que nos conduce a la ausencia de respuestas políticas conjuntas ante situaciones indignas. Los políticos, al no estar a la altura, han dejado el campo abierto a los populismos de corte nacionalista y xenófobo (Brexit, Le Pen, Wilders, por ejemplo). Cuando la política responda, puede ser tarde. Según Guardini, Europa es, ante todo, una disposición de ánimo, pero que puede perder su hora, y ante esta especie de desesperanza, desmoralización o pérdida de ganas de Europa, el autor recoge la apelación a un nuevo magis, a un nuevo “más”: Europa, necesitas un “suplemento de alma” (Schuman); Europa, vuelve a encontrarte a ti misma, sal de ti para encontrarte.

En ese salir a encontrarnos, en esa cultura del encuentro que el libro analiza, hay una constante llamada a lo concreto, a actuar, a dejarse herir por el rayo del ser del otro, al impulso de las relaciones interpersonales, porque la realidad es más importante que la idea, porque hay que salir del propio amor e ir a las fronteras existenciales, porque es necesaria una presencia fuerte y sencilla, una misericordia que consuele. Sea cual sea el alcance de nuestra tarea, ya sea un desafío concreto y cotidiano, o cualesquiera de los grandes desafíos de la humanidad, nunca dejemos de inspirarnos en los rostros sufrientes: “La inclusión o exclusión del herido al borde del camino define todo proyecto económico, político, social, religioso”. Hemos de salir para reconciliar, alumbrar consensos, abrir caminos de diálogo; que nos exigirán paciencia, ascesis y generosidad.

El autor es un institucionalista, alguien convencido del valor de las instituciones (“necesitamos instrumentos eficaces para una gobernanza global”, “instituciones capaces de dar respuestas a la altura de las circunstancias“), empezando por las que le son más propias (diversos autores jesuitas citados, la Universidad de la que es rector, la Conferencia Episcopal Española, la Conferencia de Rectores de las Universidades de España). Entre sus propuestas honra, al relacionarlas, diversas realidades españolas próximas o contemporáneas. Es así como interpreto la mención en un libro sobre Europa de cardenales y arzobispos españoles (Tarancón, Romero Pose, Blázquez, Osoro, Omella), a Juan Carlos I y Felipe VI, a políticos (Suárez, Abril Martorell, Ana de Palacio,) a épocas varias veces citadas (la Transición, la Constitución, la integración en la UE).

Las últimas páginas revelan, a mi modo de ver, el gran motor del libro. Se trata de una conversión que Julio Martínez explica haber tenido, y que transforma al libro en algo diferente, en el testimonio íntimo de una evolución personal. “A la vez que iba escribiendo este libro, me iba dando cuenta de cuántas pequeñas oportunidades se ofrecen cada día para ser mediadores del encuentro o de todo lo contrario […].” Y añade: “También ha crecido en mí el valor de ‘hacer memoria’ de lo mejor de nuestra historia, valorándolo como mejor para afrontar el futuro”. Finalmente, en pleno ejercicio de la memoria y de la amistad, el libro contiene un capítulo entero a José María Martín Patino, quien dedicó una buena parte de su vida a la reconciliación y, entre otras muchas cosas, fundó la Fundación Encuentro en los años 80. Más tarde, a finales de los 90, Francisco insistiría en la categoría “encuentro”.

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