miércoles, 14 de febrero de 2018

Richard Holloway: Una pequeña historia de la religión. Por Santiago García Mourelo

Holloway, Richard: Una pequeña historia de la religión. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017. 256 páginas. Traducción de Ana Bustelo Tortella. Comentario realizado por Santiago García Mourelo (Universidad Pontificia de Comillas, Madrid).

La editorial Galaxia de Gutenberg, desde hace cuatro años, está haciendo accesible al público de habla hispana la colección A little history, de la editorial británica Yale University Press. En octubre de 2017, después de otras “pequeñas historias”, como la de la ciencia o de la filosofía, llegó a nuestras librerías la pequeña historia de la religión de Holloway, por lo que son esperables otros títulos sobre arqueología, economía o literatura. Antes de entrar en el contenido de la «pequeña historia de la religión», quisiera hacer dos observaciones. Sobre su estilo, que nadie se engañe. Está publicada en la “Serie Ensayo”. Esto significa que no es un estudio académico, ni una investigación exhaustiva. Ni siquiera una pequeña guía o manual. Los ensayos se caracterizan por tener una estructura abierta, con un estilo subjetivo, de libertad en el tono de la exposición y en su valoración. Más que desarrollar los temas, en los ensayos se manifiesta la visión y estimaciones del autor al hilo de los temas; pudiendo tener mayor o menor rigor histórico o científico. Desde aquí surge la pregunta por la persona que nos va a exponer su valoración sobre la historia de la religión. Su autor, Richard Holloway (1933-), clérigo de la Comunión Anglicana, fue elegido Primus de la Iglesia Episcopal Escocesa en 1992, cargo al que renunció en el año 2000. Siempre controvertido por su postura en cuestiones éticas —sobre sexualidad o bioética—, se encaminó hacia una posición agnóstica, postulándose como un creyente «más allá de la religión». Actualmente, junto a su dedicación literaria, es el anfitrión del programa sobre reseñas bibliográficas Cover Stories, de la BBC radio de Escocia.

El ensayo que recensionamos está compuesto por cuarenta breves capítulos, en los que se presentan las principales religiones y confesiones cristianas. En su exposición, el autor ha optado por el desarrollo cronológico, aunque, en ocasiones, se introducen pequeños «compases de espera» temáticos o saltos geográficos.

Los dos primeros capítulos nos dan una orientación de su perspectiva. El primero se centra en el aspecto antropológico cultural de la religión, polarizado por los hallazgos arqueológicos de naturaleza funeraria. La religión, según dice el autor, surge como respuesta ante la pregunta que lanza la muerte a la existencia humana. No solo es un hecho humano, sino generado por él ante lo incomprensible. Así, en el segundo capítulo, esboza una teoría de inspiración psicoanalítica que sitúa la religión como una proyección, desde el subconsciente, de nuestros miedos y anhelos, o como un encuentro con una realidad llamada dios, que dirige su voz al nivel subconsciente de nuestra mente. En cualquiera de los dos casos, las respuestas pueden ser variadas: no creer, creer, creer críticamente o mantener en suspenso la decisión.

Pese a ser una perspectiva legítima, considero que es insuficiente y, en sí misma, reductiva y reductora de la complejidad del hecho religioso, pudiendo ser completada desde la filosofía o la teología, para mostrar su auténtica significación. Con todo, no deja de expresar una compresión generalizada de la religión con la que es necesario dialogar, bien para asumir las críticas que pueda realizar, o bien para corregir los reduccionismos que pueda generar. Desde aquí, Holloway inicia un recorrido con el siguiente itinerario: hinduismo, budismo, jainismo y judaísmo, desde las figuras de Abraham, Moisés y el profetismo, hasta llegar a los relatos apocalípticos del libro de Daniel. Prosigue con el zoroastrismo, el confucianismo, el taoísmo, el sintoísmo y los cultos mistéricos greco-romanos de Eleusis y Mitra.

A partir de ahí (capítulo 18), se centra en el cristianismo, con inclusiones sobre el islam (tres capítulos), el sijismo y el bahaísmo. El cristianismo se desarrolla a lo largo de quince capítulos, teniendo una especial atención en las iglesias protestantes, exceptuando el calvinismo, el metodismo y la iglesia baptista. Así, dedica sendos capítulos a los mormones, adventistas, testigos de Jehová, la cienciología o la Sociedad de Amigos de G. Fox.

En su desarrollo, buena parte de las exposiciones son recreadas coloquialmente por el autor. Manifiesta, aun sin erudición, un conocimiento amplio y profundo de la mayoría de las religiones, aunque suele recrear y ejemplificar novelescamente no pocos episodios y, por desgracia, obviar o disimular algunos acontecimientos importantes, cuando no, ofrecer alguna lectura sesgada. Quizá, se podría haber sido más fiel a la historia con las primeras comunidades budistas femeninas biksuni, omitidas en el ensayo; la figura de Pedro, en el llamado «primer concilio de Jerusalén» (pp. 124-125); la organización de las primeras comunidades cristianas —más allá de ser «un montaje eficaz» (p. 130)—, o la figura de Enrique VIII (pp. 182-184); entre otros acontecimientos y personas, dignos de una valoración más equilibrada.

Este es uno de los elementos que se echan en falta en el discurso de fondo del ensayo: el equilibrio. El autor, sin negar la valoración de los acontecimientos que describe, se centra en la imbricación de lo religioso con lo político, presentando la religión como generadora de «desacuerdos violentos» (p. 80), con una especial capacidad de «hacer que la gente acepte las normas y los reglamentos que impone la sociedad» (p. 104), desde un elemento común que «podría resumirse en la palabra “obligatorio”» (p. 170). Esta perspectiva tiene sus consecuencias. El autor omite, o pasa de soslayo —quién sabe por qué—, muchos movimientos y personas, especialmente del cristianismo, que lo muestran con un rostro más amable y humanizador, como la lucha por la dignidad, la promoción de la cultura, los místicos y los reformadores de base. Quizá por eso abogue por la abolición de la religión: «Resulta que la religión puede ser un enemigo mayor de dios que el ateísmo. El ateísmo dice que dios no existe. Si dios existe, lo más seguro es que le divierta la impudicia del ateo, no que le indigne. ¡El ateo ya aprenderá! Pero si dios no es un monstruo, entonces es poco probable que le diviertan los maestros religiosos que le hacen parecerlo. Así llegamos a la conclusión de que, aunque la religión pretende revelar la verdadera naturaleza de dios al mundo, muchas veces lo que hace realmente es esconder a dios tras la espesa niebla de su propia crueldad» (pp. 238-239).

Palabras provocadoras que, si bien, no siempre y no en todos los casos faltan a la verdad, son incompletas y requieren ser equilibradas para no caricaturizar la religión como una excrecencia del subconsciente y una amenaza a la sociedad.

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