martes, 20 de febrero de 2018

Isabel Gómez Villalba: Educar la inteligencia espiritual. Por Iván Pérez del Río

Gómez Villalba, Isabel: Educar la inteligencia espiritual. Recursos para la clase de religión. Khaf, Madrid, 2014. 272 páginas. Comentario realizado por Iván Pérez del Río.

Educar la inteligencia espiritual es uno los retos modernos que han asumido muchos centros educativos católicos. Desde que Gardner desarrolló la teoría de las inteligencias múltiples, en los itinerarios académicos se ha tratado de integrar los aportes de esta novedosa teoría. Supone aceptar que el hombre está dotado de diferentes dimensiones y que su educación, para que sea completa, ha de ser integral.

Pero, ¿hasta qué punto la inteligencia espiritual es una dimensión más? La autora considera que esta inteligencia no se puede segmentar como si fuera una competencia más o un área del ser humano. Es algo que subyace a todo. Potenciar lo espiritual en el niño, en el ámbito escolar, supone capacitarle para la libertad (poner distancia de las creencias recibidas, hacer sus propias elecciones), para trascender, para conocerse mejor a sí mismo, para valorar éticamente sus acciones, para vivir la experiencia estética. Hoy en día son muchos los ruidos que nos invaden, las campañas publicitarias, las incitaciones al consumo, las llamadas a alcanzar una imagen concreta. Por ese motivo parece más necesario que nunca educar en alcanzar esa inteligencia espiritual.

Educar lo espiritual no supone catequizar, sino despertar en el ser humano, en el niño, esa sed de infinito que todos tenemos. En ese sentido, el educador ha de tener activa y desarrollada su propia espiritualidad. Porque, como señala Isabel Gómez, la educación de lo espiritual no se puede comparar con la transmisión de un saber, de un técnica, sino que debe considerarse como una serie de actividades que suscitan y despiertan el sentir espiritual.

Entre los procesos que estimulan esta inteligencia, Isabel desarrolla tres: el silencio, la contemplación y la atención plena. En algunos medios se critican estos métodos. Sin embargo, planteados como herramientas y no como fines, pueden ser muy útiles para el fin que se pretende. No cabe duda de que nuestra sociedad, los niños y nosotros mismos, estamos muy necesitados de las tres y que éstas ayudan a tener una verdadera experiencia espiritual. San Ignacio y los grandes maestros de la espiritualidad son muy meticulosos con los previos, con las disposiciones, hace falta disponernos para lo espiritual, para trascender.

Además de la rica reflexión y del aporte teórico, la obra de Isabel aporta un valioso último bloque de herramientas, de actividades para el aula que pueden ser gran utilidad para el docente, para el pastoralista, para el catequista.

Educar la inteligencia espiritual es un reto y una urgencia actual. Esto, a mi modo de ver, ha de ser previo a la transmisión de una serie de contenidos catequéticos, para que la palabra sembrada caiga en tierra fértil en la que la semilla germine.

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