miércoles, 11 de agosto de 2021

Jean-Luc Nancy: Banalidad de Heidegger. Por Olga Belmonte García

Nancy, Jean-Luc: Banalidad de Heidegger. Editorial Trotta, Madrid, 2019. 93 páginas. Traducción de Jordi Massó Castilla. Comentario realizado por Olga Belmonte García.

En el contexto de la publicación en los últimos años de los Cuadernos negros de Heidegger, Nancy introduce una reflexión que intenta evitar las censuras precipitadas dirigidas a un filósofo clave para el pensamiento contemporáneo. El objetivo de este libro no es relativizar el antisemitismo de Heidegger, sino ahondar en sus raíces y descubrir qué le llevó a banalizar el sentimiento antisemita. En la “Coda” del libro que nos ocupa, Nancy sostiene que hay que denunciar el antisemitismo de Heidegger, pero sin dejar de leerlo, porque forma parte de nuestra historia: su pensamiento no surge de la nada, sino de un contexto, que es la cultura Occidental. Leer a Heidegger es descubrir también una parte de nosotros mismos.

Nancy utiliza en este libro el concepto de banalidad, recordando a Hannah Arendt, para nombrar el modo en que el antisemitismo quedó impregnado en la mentalidad pública, hasta el punto de convertirse en un hábito mental y de comportamiento. Eichmann se consideraba a sí mismo un ciudadano cumplidor de la ley. Esto pudo darse porque previamente se banalizó el sentido de las leyes y la maquinaria del tercer Reich. Para que se dé la banalización, hay por un lado una consolidación de un sentimiento y, por otro, una eufemización del lenguaje.

Nancy considera que Heidegger contribuyó a esta banalización con su pensamiento fundacional y escatológico (destinal). Para el pensador alemán, hubo un primer comienzo, el natural, que vendrá seguido de un segundo comienzo: la apertura a la verdad. El despliegue natural del primer comienzo se concreta en el mero producir, el desarrollo técnico… El segundo comienzo exige recomenzar, para que no haya mera producción, sino acción y pensamiento. Este segundo comienzo se dará en la historia de la mano de un pueblo, no de una raza. Para Heidegger, la raza despliega lo natural; el pueblo, lo espiritual. La raza nace por naturaleza; el pueblo, por la relación con la divinidad, es fruto de un encuentro con Dios en el que la humanidad decide “fundar la esencia de la verdad” (p. 22). Esta era, según él, la tarea del pueblo alemán, que se traicionó a sí mismo al no lograrlo.

El antisemitismo de Heidegger no es racial, según esto, sino historial. Nancy quiere con este análisis indagar en las razones profundas para condenar al pensador alemán, con independencia de que se emita un juicio moral. Considera que comprender a Heidegger nos ayudará a comprender la deriva del mundo moderno, entendido como un modo de configurar la acción y la búsqueda de sentido. Renunciar al estudio de su obra supone cometer un doble error: creer que el nazismo (o el fascismo) no plantea problemas filosóficos, sino que únicamente pide una condena moral; y considerar que Heidegger era un mero nazi, cuando no fue así, pues despreció el nazismo por basarse en el concepto de raza.

¿Cómo entender entonces el antisemitismo o “archifascismo” de Heidegger? Para el filósofo alemán, el pueblo judío representa la vulgaridad y la banalización del mundo: su desarraigo le permite poner lo que le rodea a su servicio (a través del cálculo, la técnica…). El pueblo judío reclama para sí un principio racial naturalista y de este modo contribuye al “desarraigo del ser” en el que está sumido Occidente. Olvidar el ser es olvidar la herencia, el origen griego. En Roma se dio este olvido y la mezcolanza de los pueblos (marca el inicio de la confusión de la humanidad). Para Heidegger, el lugar de la humanidad no alienada es la historia: “el acaecer de los acontecimientos en cuanto que pueden hacer posible el decidir(se) respecto al «ser»” (p. 30).

Cada existencia debe abrirse a la cuestión del ser en un sentido propio. Pero la figura judía deja al mundo sin tierra ni suelo: queda al margen de la historia, impidiendo así la historialidad de Occidente (no son el “ser-en-el-mundo” que define a la existencia propia, según Heidegger). Destruir el judaísmo es destruir Occidente (en su versión desarraigada), para que pueda recomenzar. ¿Qué tipo de sacrificio se les pide a los judíos para que llegue esta novedad? Este podía ir desde la conversión al cristianismo (como sugería el antisemitismo de Kant, a modo de eutanasia), hasta la (auto)aniquilación.

Como señala Nancy en el comentario final (III. “Añadido a Banalidad de Heidegger”), para Heidegger el cristianismo debió haber resistido a la decadencia de Occidente, pero se pervirtió cuando entró en el cálculo de las posibilidades de dominación. El cristianismo terminó culpando al judaísmo de todo lo que amenazaba su identidad. Occidente necesitaba, para definirse a sí mismo, señalar como enemigo todo lo demás. El pensamiento de Heidegger es en el fondo una defensa de la necesidad del antisemitismo en Occidente (del sacrificio del pueblo carente de suelo y de historia).

No es fácil determinar si es el antisemitismo el que configura este pensamiento o si es este pensamiento el que lleva a justificar el antisemitismo. A pesar de ser un pensador, Heidegger no se preguntó por las razones y los orígenes del antisemitismo -cuestionó el racial, pero naturalizó el historial-. No hizo público su antisemitismo historial, para que los nazis no lo identificaran con su antisemitismo racial. Como afirma Nancy, “se dejó arrastrar y entontecerse por la peor de las más odiosas banalidades”: la obsesión por lo inicial y el odio de Occidente a sí mismo por haberlo olvidado (p. 58).

Autores como Lévinas, Foucault o Derrida, pensadores de la alteridad y la multiplicidad, partieron de la crítica de Heidegger a la visión progresiva de la historia, pero se alejaron de su antisemitismo. Reconocieron la lucidez del pensador alemán en la descripción de la decadencia de Occidente y el olvido del ser, pero se alejaron de sus propuestas. Estos autores lograron introducir en la tradición griega el concepto judío de alteridad, desarrollado por filósofos contemporáneos de Heidegger como Cohen, Rosenzweig, Buber o Benjamin.

Nancy reconoce que el antisemitismo sigue estando presente y que está agravándose. Por ello cree que “no basta con condenar la ignominia del antisemitismo: hay que arrojar luz sobre sus raíces” (p. 74), y eso pasa por analizar el corazón de nuestra cultura. Tampoco es suficiente con denunciar la violencia ejercida contra otros pueblos o grupos sociales, hay que buscar cuál es la fuente sacrificial que la inspira.

Occidente debe aprender a existir sin quedar encerrado en una única noción de ser o de destino. En este sentido, frente al concepto monolítico de destino del nazismo y de Heidegger, Derrida introdujo un nuevo concepto: la “destinerrancia”, para referirse a un destino sin lugar, expresado en el continuo errar. Se trata, según Nancy, de una posibilidad para la humanidad mucho más abierta, plural y dinámica, que cabe explorar y recorrer.


No hay comentarios:

Publicar un comentario