miércoles, 17 de junio de 2026

Luis A. Aranguren Gonzalo, Joaquín García Roca y Francisco Javier Vitoria Comenzana: Indignación. Por Rosario Paniagua Fernández

Aranguren Gonzalo, Luis A.; García Roca, Joaquín; y Vitoria Comenzana, Francisco Javier: Indignación. Caminos de transgresión y esperanza. PPC, Madrid, 2014. 108 páginas. Comentario realizado por Rosario Paniagua Fernández,

¿Cuáles son las raíces de una indignación que nos catapulte a ser mejores personas y a construir los fundamentos de una nueva civilización? (De la contraportada del libro) 

A partir de mayo de 2012, un nuevo término se introduce en el vocabulario de nuestra vida social: «los indignados». Para unos, una necesaria resurrección ante la injusticia; para otros, una escenificación de rabia nostálgica sin sentido. En todo caso, conviene no quedarnos en los sucesos para reflexionar sobre los acontecimientos que se suscitan tras los hechos. 

Tras los sucesos de los indignados se escondían muchas, demasiadas cosas: sentimientos de rabia, de impotencia, ante la pérdida de derechos en campos como la vivienda, la sanidad o la educación; la desafección ante la política, que se ve reducida a gestora de la economía financiera; peligroso desapego de mucha gente respecto de la democracia como sistema político que muestra excesivas insuficiencias; desazón y, en ocasiones, desesperación de no pocos jóvenes por habitar en un presente desprovisto de un futuro razonable en su propio país. 

Pero también, tras esos sucesos, podemos adivinar la explosión de una conciencia social y colectiva que procedía de un largo letargo; o la creatividad de muchos pequeños colectivos proponiendo múltiples y pequeñas alternativas de cambio a escala humana; o la incorporación de un valor moral como el de la indignación, capaz de acondicionar a la persona y a los grupos que la viven en la línea de la humanización de nuestro mundo. Y en el caso de muchos cristianos ha supuesto reencontrarse con una dimensión de la identidad cristiana casi olvidada. El trabajo por la justicia y no pasar de largo ante el sufrimiento evitable se ha colocado de nuevo en el corazón del quehacer cristiano, de la mano de multitud de testigos y de la autoridad moral del papa Francisco. 

Este libro nace como necesidad de profundizar en unos acontecimientos históricos que siguen dando de sí, que precisan ser reflexionados. La intención de los autores es ayudar a digerir el tiempo presente desde el valor constructivo de la indignación, como necesidad de construir algo nuevo. La actual crisis denota un cambio de civilización: el viejo mundo moderno se está desmoronando, y hay que colaborar a tejer lo nuevo. Una de las armas de paz más potentes es la indignación, ante la que no se puede callar por injusta, por lo que denigra al ser humano y lo convierte en mercancía. 

Pero la sola indignación no lo puede todo: en ella convergen grupos muy diferentes con distintas sensibilidades religiosas, políticas y sociales; la indignación se vincula a la defensa de las personas como tesoros que no pueden ser maltratados; los que están indignados claman por una dignidad que ha sido herida, situación que ofende porque puede ser evitada. 

En el primer capítulo se nos muestran los rasgos más destacados de la indignación y se trazan las líneas básicas de su fundamento antropológico y moral. En el segundo capítulo nos encontramos con una reflexión sobre la dimensión política de la indignación, y ahí es donde aparecen con más detalles las luces y las sombras del tiempo convulso en que vivimos. En el tercer capítulo se ofrece una reflexión teológica básica sobre la dimensión cristiana de la indignación. 

Los autores de esta obra quieren evitar dos reduccionismos: de un lado, la indignación vista desde una marginalidad agresiva y violenta que trata de desbaratar la paz social y busca solo el enfrentamiento con el poder político; de otro lado, la exaltación de la indignación como un nuevo tesoro que produce efectos mágicos con solo poner en marcha el voluntarismo, que todo lo puede. 

Ni queja ni elixir; la indignación nos introduce en un largo proceso de cambio personal y social que parte del despertar de una conciencia dormida, para tratar de reflotar la idea de dignidad de nuestro mundo con la aportación y el esfuerzo de cuantos más, mejor. De ahí que la indignación deba hacer una llamada a la convergencia, y no como fragmentación de grupos y asociaciones que trabajan por la justicia. 

Los autores destacan como precedentes de «indignados» a Mahatma Gandhi, Martín Luther King, Óscar Romero, Nelson Mandela, auténticos maestros de indignación que no se anclaron en el resentimiento, antes bien, en todos ellos hay un punto de civismo, buena educación y consideración para con todos, incluso para con sus propios enemigos; fue la suya una indignación que acrecienta la fe en el ser humano. 

Para los cristianos y para tanta gente de buena voluntad, la persona y el mensaje de Jesús de Nazaret muestran el rigor de una indignación transgresora y esperanzada que señala con vigor a quien causa sufrimiento injusto, al tiempo que muestra caminos de humanización. 

Se trasluce en los autores un claro propósito de descubrir las raíces de una indignación que nos haga mejores personas y construir los fundamentos de una nueva civilización. La vocación de la indignación es salir a la luz y levantar a los que están atrapados; hay esperanza de salir, esperanza de llegar todos y a tiempo. Estamos viviendo en el horizonte de la indignación, pero de una indignación esperanzada. Oscurece; por tanto, amanecerá. 

Una entrega muy oportuna, bien pensada, claramente expresada y que puede ayudar a muchos a comprender las raíces de la indignación y el descontento surgidos tras décadas de crisis de modelos sociopolíticos mal gestionados que no han dado la solución a los problemas que aquejan a los hombres y mujeres de aquí y ahora. Merece la pena adentrarse en sus páginas. Lo recomendamos sinceramente.


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