Müller, Gerhard L.: Iglesia pobre y para los pobres. San Pablo, Madrid, 2014. 246 páginas. Con escritos de Gustavo Gutiérrez y Josef Sayer. Comentario realizado por Lázaro Sanz Velázquez.
Este libro del cardenal Gerhard L. Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, reúne unos textos suyos junto a otros de Gustavo Gutiérrez, considerado el padre de la Teología de la Liberación, y de Josef Sayer, director durante muchos años de Misereor y miembro del Consejo Pontificio Cor Unum.
El volumen contiene una presentación del papa Francisco y tres grandes partes, que llevan por título La misión liberadora de la Iglesia (I), La misión evangelizadora de la Iglesia (II), De América latina a la Iglesia universal (III).
En la presentación el Papa aborda los temas de la pobreza, de la riqueza y de la solidaridad. Se pregunta: «¿Quién de nosotros no se siente incómodo incluso frente a la sola palabra “pobreza”?». Al recordar que hay muchas formas de pobreza (físicas, económicas, espirituales, sociales y morales), nos dice que el mundo occidental identifica la pobreza ante todo con la ausencia de poder económico. Sin embargo, cuando el hombre es educado para reconocer la solidaridad fundamental, sabe que lo que niega a los demás y tiene para sí se volverá contra él antes o después. Cuando los bienes de los que se dispone se difunden, entonces se multiplican y dan con frecuencia un fruto inesperado.
En la primera parte, el cardenal Müller presenta el sentido de sus textos. Hace referencia a su experiencia entre los pobres de Perú y a su amistad con representantes de la Teología de la liberación, en particular con Gustavo Gutiérrez, llegando a afirmar que para él «la Iglesia pobre para los pobres tiene también el rostro de Gustavo Gutiérrez» (p. 13). Habla también de Josef Sayer, vinculado a seminarios sobre la Teología de la Liberación en el Instituto «Bartolomé de las Casas», en Lima (Perú), y de Diego Irarrázabal y de los campesinos de su parroquia, cerca del lago Titicaca. El sentido de la Iglesia se inspira en la narración del samaritano; se asume la fuerza histórica de los pobres (G. Gutiérrez) y se entiende como Iglesia para los otros, en la línea de la teología de Bonhoeffer, donde la historia es el escenario del ejercicio de la libertad. Distingue el cardenal los presupuestos de la teología de la liberación de los principios marxistas y del ejercicio del comunismo. Busca justificar los vínculos de la teología de la liberación con la Doctrina Social de la Iglesia. No deja de lado las dos «Instrucciones» a propósito de la Teología de la Liberación (Libertatis nuntius [1984] y Libertatis conscientia [1986]), firmadas en su momento por el entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger.
Más que sistematizar el tema de la misión (parte II del libro), en cuanto actividad esencial de la Iglesia, lo que Müller propone es el sistema de correlaciones que, en un contexto eclesial, se dan entre la fe, la esperanza y la caridad. Para el cardenal la fe no está desvinculada de la realidad misma del mundo, que, en su globalidad y a través de experiencias particularmente significativas, se ofrece a la inteligencia y a la voluntad del hombre como lugar de revelación («epifanía de Dios», p. 77) de los significados, desde el más pequeño hasta el más grande, y de provocación a la búsqueda de aquello que más lo atrae. El movimiento de la razón, que va de los fragmentos de realidad que conoce hacia un sentido que les es inherente, los trasciende. Este paso de la superficie de las cosas a su profundidad, hasta la raíz que las constituye y de la cual brotan, está inscrito en el conocimiento propio del acto de fe. La fe reconoce la realidad del mundo como un signo, como un fenómeno que remite a una profundidad en la que él mismo está de alguna manera anclado y de la cual depende en su raíz. Esta fe se hace operativa en la caridad (fides quae per caritatem operatur) y adquiere una forma escatológica en la esperanza (fides, caritate et spe formata). Para salir al paso de la crisis antropológica que vive el hombre contemporáneo, se propone una vivencia de la fe que supone una necesaria dimensión eclesial, vista como mundus reconciliatus (San Agustín) y como mundus reconcilians mundum (Pablo VI). De modo que la fe en perspectiva eclesial supone una doble tensión: la de descubrir cómo Dios ha reconciliado ya consigo lo humano que vive en la Iglesia y la tensión a reconocer cómo esta reconciliación se ofrece hoy a lo humano que vive a nuestro alrededor. La recomendación es poner en práctica los mecanismos de participación que suponen tanto el sensus fidei como el sensus fidelium in Ecclesia, puesto que no hay Iglesia sin fe apostólica, y no hay fe apostólica fuera de los lugares que «hacen» la Iglesia (p. 133).
La tercera parte contiene dos artículos de Gustavo Gutiérrez y uno de Josef Sayer. En el primero (La opción preferencial por los pobres en Aparecida) G. Gutiérrez no pretende comentar el conjunto del Documento, sino simplemente uno de sus ejes –central, eso sí–, que da estructura al texto y nos proporciona un criterio fundamental de lectura del texto y del acontecimiento de Aparecida: la opción preferencial por el pobre. En el segundo (La espiritualidad del acontecimiento conciliar) hace una interpretación de la espiritualidad del Concilio Vaticano II. El artículo de J. Sayer se refiere a la pobreza como desafío para la fe. Mientras G. Gutiérrez se mantiene en las líneas que caracterizan su teología al leer tanto Aparecida como el Concilio Vaticano II, J. Sayer, en cambio, pone de manifiesto cómo el contexto de pobreza ha permitido construir la amistad entre G. Gutiérrez y G. Müller.
El papa, además de agradecer al cardenal Müller que haya querido llamar la atención sobre este tema, manifiesta su seguridad de que cualquiera que lea estas páginas «se dejará tocar de alguna manera el corazón y sentirá surgir en su interior la exigencia de una renovación de la vida».


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