miércoles, 27 de julio de 2022

Kazuo Ishiguro: Klara y el Sol. Por Luis Ignacio Martín Montón

Ishiguro, Kazuo: Klara y el Sol. Anagrama, Barcelona, 2021. 384 páginas. Traducción de Mauricio Bach. Comentario realizado por Luis Ignacio Martín Montón.

En Klara y el Sol —su primera novela tras recibir el Premio Nobel de Literatura en 2017— el escritor británico Kazuo Ishiguro vuelve a servirse de la ciencia ficción como vehículo para reflexionar y preguntarse por acaso lo más real que puede existir: la condición humana. 

Sin atreverme a calificarla de fábula ni de metáfora, Ishiguro construye un futuro (¿no tan lejano?) en el que resulta relativamente habitual que los humanos dispongan de “Amigos Artificiales”, androides a su servicio, principalmente destinados al cuidado de los más pequeños de la casa, en parte niñeros, en parte criados, en parte compañeros de juegos y confidencias. Es una de ellas, Klara, la protagonista y narradora de esta historia, a quien vamos conociendo poco a poco, descubriendo su ingenuidad, sus ganas de aprender del mundo que hay más allá del escaparate de la tienda donde está ubicada al inicio de la novela. Y dentro de ese mundo, en especial, a las criaturas que lo habitan -los seres humanos-, similares externamente a ellos pero llenos de incógnitas en su proceder y en su sentir; seres que son sus “dueños” y que representan su razón de existir, pues esta no es otra que estar a su servicio. 

Con una apariencia de normalidad, pese a lo extraordinario, el autor nos presenta un futuro sobre el que da pistas y algún detalle, pero no una visión global ni general, quizá para que el lector lo construya, lo imagine y rellene los espacios en blanco —no sabemos con detalle qué ha ocurrido para que haya diferencias entre nuestro presente y ese futuro, y no parece que se trata solamente de mero progreso—. La pormenorización no es importante y hasta se agradece que no lo sea. 

A través de la observación que hace Klara de las personas más cercanas, la novela nos ofrece un doble análisis del ser humano: el más obvio, el que realiza ese ser cercano pero extraño, y otro más encubierto, el que se puede hacer sobre la propia Klara pues, de algún modo, podemos ver al ser humano reflejado en ella misma. La novela no habla de ellos sino de nosotros, ya que, al fin y al cabo, ellos no existen (aún). Acaso parece haber en ocasiones un deseo por parte del autor de que la verdadera persona sea Klara, que ciertos rasgos de su personalidad sean más habituales en los caracteres de los humanos, tales como la ingenuidad —por ejemplo, simplemente a la hora de narrar lo que sucede—, la capacidad de asombro ante los hechos más cotidianos pero maravillosos al mismo tiempo, y, probablemente, por encima de todos, la empatía, el dolor ante el dolor ajeno, aunque apenas entienda de qué se trata y a qué se debe. Atributos que se nos suponen, pero que ciertamente es imperioso recuperar. 

Todo esto y mucho más conforma una novela que sorprende, pues pocos podrían adivinar que lo que parece iniciarse como una narración de ciencia ficción futurista resulta una obra que versa sobre sentimientos —puros y complejos—, sobre relaciones humanas —no exentas de dificultades— y sobre el sentido de la existencia —nada más y nada menos—.


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