miércoles, 10 de noviembre de 2021

Antonio Scurati: M. Por Jorge Sanz Barajas

Scurati, Antonio: M. El hombre de la providencia. Alfaguara, 2021, 587 páginas. Traducción de Carlos Gumpert. Comentario realizado por Jorge Sanz Barajas (Colaborador del Centro Pignatelli, Área de Cultura, Zaragoza. E-mail: jsanzbarajas@gmail.com).

Luces sobre las sombras de Mussolini

El escritor italiano Antonio Scurati entrega el segundo volumen de la monumental ficción documental que inició en 2019 con M. El hijo del siglo, novela de más de 800 páginas que fue galardonada con el premio Strega. Si en la primera entrega analizaba en profundidad los orígenes del acceso de Mussolini al poder hasta el asesinato del líder socialista Giacomo Matteotti en junio de 1924, en esta ocasión se ocupa del periodo comprendido entre 1925 y 1932, desde que M. sufre la úlcera gastroduodenal hasta la traumática ruptura con su amante Margherita Sarfatti y el simbólico desfile de tullidos de la gran guerra que inaugura la Via dell’Impero (hoy Via dei Fori Imperiali). Lo que en un principio estaba previsto que fuera trilogía, acabará siendo tetralogía a juzgar por las palabras de Scurati, que entiende necesario un último volumen donde ocuparse de la caída del Duce.

La primera virtud que se adivina en este libro es la pasión que genera su lectura. Es adictivo a pesar de su volumen. Ya lo era el primero, a pesar de tener doscientas páginas más. El secreto estriba en una prosa ágil y ordenada, desapasionada y directa; también en una estructura en ocho partes a modo de anuario, donde ensambla breves capítulos encabezados por un documento policial, carta, artículo de prensa, informe de servicio secreto o testimonio con capacidad para desatar el contenido. Cada escena es discontinua, pero breve e intensa, con un evidente orden cronológico que no cercena un cierto gusto por el plano secuencia muy elaborado, cuyas costuras no son evidentes.

La segunda es la elección de la voz narrativa: Scurati opta por el estilo indirecto libre y un narrador omnisciente que cuenta en presente lo que ve y lo que oye, pero también lo que sienten los personajes. Este detalle es crucial, porque consigue que el lector se sumerja en la narración sin dudar de la veracidad de lo que está leyendo cuando en realidad hay un amplio margen de ficción que convierte la veracidad en verosimilitud. Este es un detalle importante a la hora de afrontar su lectura y conviene no descuidarlo porque de otro modo, el lector estaría entrando en la trampa del desencanto: no estamos ante una biografía, sino ante una ficción documental.

La ficción documental es un género que se nutre de la historia y, sobre todo, de la documentación histórica. Se alimenta de archivos, memorias, documentos policiales, cartas, prensa… Todo aquello que pueda fundamentar la verosimilitud de la materia narrada. Sin embargo, si la actitud de un historiador ante los hechos consiste en ceñirse a la documentación y formular hipótesis sobre los vacíos documentales, el narrador de ficción documental llenará los “ángulos ciegos” (aquellos rincones sobre los que el historiador haya formulado una hipótesis o los que haya descartado por considerarlos irrelevantes) con la reconstrucción probable de los hechos, sin excluir una cierta desinhibición creativa que incremente la subjetividad de la materia narrada. La ficción documental puede estirar la historia solo hasta los límites de lo documentado, pero es capaz de alcanzar territorios vedados para el historiador, como los estados anímicos de los personajes, sus motivaciones íntimas, los detalles relativos a su privacidad, sus filias y sus fobias, precisamente todo aquello que construye al personaje. Scurati es un verdadero maestro en emplear el testimonio como constructor de escenas: las frases documentadas de las personas que rodearon a Mussolini o del propio líder fascista encuentran en el relato un sentido que obedece en buena medida a su contexto, con la salvedad de que la mirada del autor no recoge el sentido histórico, sino que lo experimenta.

Cada uno de los elementos documentales que Scurati incorpora al principio de cada secuencia se carga de nueva realidad. Estamos ante una nueva forma de narrar la historia. No se trata de novela histórica sino de un género que se reapropia de la historia para conferirle nuevo sentido, un género que mira a la historia desde el presente, la interpela y la obliga a hablar de nuevo. Estamos ante una re-traducción del material histórico que hidrata el documento y lo coloca ante el lector con ánimo interpelador.

Scurati ahonda en los entresijos del partido fascista y sus mezquindades y no nos ahorra un ápice de miseria. El relato no es en absoluto tendencioso: ¿Cómo abordar la realidad circundante al líder? Si somos objetivos, eran un puñado de delincuentes, exconvictos y criminales que hizo de la iniquidad y la impunidad su modo de vida, que auparon a su líder al poder tras el secuestro y asesinato de Giacomo Matteotti, materia narrada en el primer volumen, y perpetraron la famosa cacería de antifascistas en Florencia la noche del 3 de octubre de 1925. Solamente la hagiografía fascista podría ser piadosa con Roberto Farinacci, Italo Balbo, Amerigo Dumini o el general Emilio de Bono. Por el relato aparecen numerosos personajes detallados por su grado de proximidad a M., su hermano Arnaldo, el secretario del Partido Fascista Augusto Turati, el ayudante de cámara Quinto Navarra, las amantes de M., entre todas ellas Margherita Sarfatti, la constructora del mito del Duce, la díscola Edda, hija de M., el general Graziani quien gobernó con mano implacable y criminal la expansión en Libia, el papa Ratti, Pio XI, y los entresijos del Pacto de Letrán, etc. Es interesante observar cómo en las biografías de los dictadores se suele buscar la exculpación de los actos de violencia atribuyéndolos a maniobras de facciones exaltadas que operaban fuera del control de los dirigentes, sin embargo, en M. aparece la voluntad de poder, la nueva moral fascista sostenida sobre el principio absoluto de la utilidad al mando único y las molestias que generaban algunos crímenes, no por el hecho de serlo sino por la inoportunidad del momento de su ejecución. Scurati revela que la maquinaria criminal del fascismo carece de otra moral que la de su propio interés en perpetuarse.

Scurati zarandea con vigor el papel de los intelectuales ante el ascenso del fascismo al poder, todo un aviso a navegantes: M. alardea de no haber leído una sola página de Benedetto Croce, ignora a Gabrielle D’Annunzio, convoca la potencia de acción del escuadrista y desprecia la impotencia del catedrático, promueve olvidar lo aprendido en la universidad y anuncia la llegada de un nuevo hombre, el hombre fascista, cuya tarea es desfilar, trabajar, tener hijos (en 1925 castiga con severos impuestos la castidad y los matrimonios infértiles) y golpear sin cuestionamiento alguno allí donde el líder pone la fuerza de su palabra.

M. El hombre de la providencia (así lo definió Pío XI tras la firma del Pacto de Letrán, así lo ratificó el Rey Vittorio Emmanuelle con su abrazo a M. tras la matanza de Florencia) ofrece una lectura para el presente: la maquinaria fascista se engrasa en 1924 con algunos elementos que no pueden resultarnos ajenos: el desgaste de la libertad de prensa, el impulso a la nación étnica, la depuración de la administración, el adelgazamiento de la ayuda social, la infantilización del discurso político, el populismo, el antiintelectualismo, el valor político de la amenaza y la polarización, el señalamiento social del divergente y el abuso de las estrategias de seducción hasta reducir al electorado a simple masa uniforme. No hay democracia que soporte esta avalancha. No la hubo en 1925 ni la habrá hoy si Salvini, Trump, Orban o nuestros propios especímenes llegan al poder. Scurati no duda de la victoria de Salvini -con o contra la ultraderechista Giorgia Meloni- con el apoyo de Berlusconi en las próximas elecciones italianas. La vuelta de Trump es probable. El dique español a la ultraderecha ya es historia pasada. Atengámonos a las consecuencias de esta deriva. Antonio Scurati ha escrito un gran libro que enlaza pasado y presente con las finas cuerdas de la historia y el pesado yugo de la realidad.


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